24.De Éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su Nombre.Hch.10:43
¿Qué debo saber y creer acerca de este perdón? Basándome en las eternas promesas de Dios, diría que no importa lo grave que fueren tus pecados, ni que fuesen “rojos como el carmesí”. El perdón que ofrece Cristo es mayor.
Ningún pecado podrá reducirlo, perturbarlo, ni anularlo. El pecado no es suficientemente fuerte como para contrarrestar la Justicia y la mediación de nuestro maravilloso Salvador. El pecado podrá causar desigualdad entre las personas aquí en este mundo, en cuanto a nuestra justicia civil. Pero no alcanza al cielo ni incide en nuestra justicia ante Dios. El rey David dice: “Como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció (Jehová) su misericordia sobre los que le temen” (Sal.103:11). ¿Qué es más fuerte: Nuestro pecado, o el mérito de Cristo? San Pablo afirma: “Si por la transgresión de aquel uno (Adán) murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo” (Ro.5:15-19).
La gracia es más poderosa que el pecado. Comparados con el Señor Jesucristo, confesamos que somos criaturas pequeñas y débiles. Nuestra obra, el pecado, jamás puede superar la suya, la gracia y el perdón. Si yo, que creo en Cristo, puedo obtener su favor con ser piadoso, y perderlo con pecar y olvidarme de mis obligaciones, el Reino de Cristo sería un reino del mérito humano dominando sobre la gracia divina. Ya no sería el Reino de la Gracia en Cristo Jesús, dominando sobre el reino del mérito humano. Pero ¿de qué nos aprovecharía Cristo entonces? Si puedo obtener el favor de Dios el momento en que soy piadoso, pero no en otro momento, nuestra justificación ciertamente dependería de nuestros méritos, y Cristo habría muerto en vano. Sin embargo, Cristo no se hizo hombre, ni derramó su sangre para concedernos una bendición inestable, sino una gracia completamente segura y firme; como bien dice Pablo: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro.8:1). Y Juan: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Y Él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Jn.2:1-2).
La razón por la cual la Palabra de Dios habla de nuestros pecados y obligaciones en forma tan severa y amenazante, es sólo porque quiere despertar y asustar a las almas confiadas, que se quedan tranquilas sin arrepentirse. Y de esa manera llevarlas a Cristo. Y también quiere conservar despiertos y activos a los creyentes. Pero Dios no piensa revocar su gracia, puesto que en tal caso entraría en conflicto con sus promesas.
Todos los que creen en Cristo están libres para siempre de toda la maldición de la Ley, y ahora viven en la “ciudad de refugio” (Nm.35:11; Sal.9:9).
Ningún pecado los puede alcanzar, ni ser imputado. Como está escrito: “¡Bienaventurado el hombre, a quien Jehová no culpa de iniquidad!” (Sal.32:2). Recordemos esto: “¡No culpa de iniquidad!” ¡Este es el Reino de Cristo, el Reino del eterno, constante, e incesante perdón! De este Reino el propio Señor declara solemnemente: “Al pueblo que more en ella (en Sion, la iglesia Cristiana) le será perdonada la iniquidad” (Is.33:24). Entonces, no importa lo que siento y veo dentro de mí: Maldad, frialdad, pereza, o cobardía y temor ante los hombres, o impaciencia e ira, o deseos impuros y cualquier otro pecado, (que por supuesto merece ser castigado, y de los que tengo de arrepentirme, y contra los que tengo que orar y luchar). Sin embargo, mis pecados no podrán revocar ni en lo más mínimo la gracia o el perdón ¡No! Eso lo retendremos incesantemente, por los méritos de Cristo, en tanto que permanezcamos unidos a Él por la fe.
Perseverando en esta fe, me disciplino a mí mismo; desisto de la maldad y obedezco al Espíritu. Renuncio y combato al pecado dentro de mí, y mejoro mi vida en serio.
Sin embargo, en cuanto a mi conciencia y a mi relación con Dios debo vivir en plena libertad, como si no tuviese ningún pecado, como si tampoco existiese Ley, ni Mandamientos, y como si ya estuviese en el cielo. Porque tal es efectivamente mi condición ante Dios. Pues cuando Dios habla del perdón de pecados, de no imputar los pecados etc., no es un juego de palabras. ¡No! Es una verdad divina, dicha con toda seriedad.
La libertad para la cual Cristo nos ha redimido, no debe entenderse como si ya no hubiese pecado en la vida del cristiano. Más bien, el cristiano se encuentra ahora en un Reino en el que, por los méritos de Cristo, ya no se le imputa más su pecado. El creyente cree en Cristo, que llevó sobre sí toda la culpa del pecador. El cristiano está ahora en el Reino en que la Ley perdió su poder condenatorio. Es cierto que la Ley todavía puede preocuparnos y molestarnos, pero no puede condenarnos ¡Alabada sea la misericordia de Dios!
Lutero dijo: “Mientras vivimos aquí en este mundo, llevamos el pecado constantemente adherido a nuestra carne, y no podemos erradicar ni evitar las faltas y ofensas. Por eso es necesario que tengamos decretado un perdón eterno contra las mismas, a fin de que por nuestras culpas no caigamos bajo la ira de Dios, y podamos vivir bajo su aprobación, gracias al perdón. Miren: Este es el pacto eterno que Dios hace con nosotros en Cristo Jesús. Es tan firme, que no flaquea ante nuestra imperfección, y así nuestros corazones pueden descansar seguros de que el pecado no nos condena más”.