24 de abril 2026

    24.Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.Ap.2:4

    Ante todo, en este versículo vemos que Cristo está ansioso por tener nuestro amor. ¡Ah, qué inmensa gracia! Tanto le interesa nuestro amor, que siente ansias por el mismo. No quiere tenernos sólo como siervos, sino también como amigos. No se contenta con nuestro servicio, también quiere el amor de nuestros corazones.

    En segundo lugar, en este versículo vemos que muchas personas pueden estar externamente entre los mejores cristianos, sin embargo les puede estar faltando el corazón y la verdadera esencia del cristianismo. Es posible que muchos de los que ahora están leyendo esto, se sentencien a sí mismos. Que se encuentren en la misma situación que el “ángel” de Éfeso, que tenía todo lo que pertenece a la piedad, excepto una cosa: El primer amor. Era un creyente iluminado, un hermano entre hermanos, verdaderamente “nacido de Dios” (1 Jn.3:9; 5:1,4). El propio Jesús habla de su “primer amor”, y de cómo siguió demostrando su piedad con acciones. Sí: Llevaba una vida piadosa; hacía muchas buenas obras, y hasta sufría persecución por causa de su fe. Era tan firme y fiel, que no abandonó la lucha, sino que resistió con paciencia. Y tenía tanto discernimiento espiritual, que pudo distinguir a los apóstoles verdaderos de los falsos, repudiando las obras de los Nicolitas, como el propio Señor las repudiaba. ¿Acaso no podría pensar esa persona que todo estaba bien con ella? Sin embargo, a pesar de todos sus buenos atributos, Cristo le dice algo diferente: “Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”.

    Si este primer amor y sus manifestaciones se han extinguido en ti, tú también te encuentras en una situación sumamente peligrosa. En atención a los fieles, que generalmente son sensibles y se atemorizan fácilmente, debemos hacer una cuidadosa diferencia entre el primer amor y las primeras manifestaciones.

    Recordemos un ejemplo bíblico: Cuando el hijo pródigo regresó a la casa de su padre y éste salió a recibirlo, lo abrazó y besó, y el hijo sintió un profundo amor hacia su querido padre. Además, el padre decidió celebrar el regreso de su hijo con una gran fiesta, carneando un becerro engordado y comieron comieron, pues estaban alegres.

    Por supuesto, esa fiesta no podía durar para siempre. Seguramente, al cabo de unos días el hijo recuperado debió dedicarse al trabajo cotidiano, y comer una comida normal. Eso ilustra la manera en que Dios generalmente procede con sus hijos. Primero disfrutan un dulce período de felicidad, como cuando el apóstol Juan pudo recostar su cabeza contra el pecho de Jesús (Jn.13:23), o cuando María Magdalena lo pudo tocar y contemplar su sublime rostro (Jn.20:16-17). En tales momentos los “amigos del esposo” no pueden “ayunar”. “Más vendrán días, cuando el Esposo les será quitado; entonces, ayunarán” (Lc.5:34). Entonces San Juan no podrá seguir recostado contra el pecho de Jesús y María Magdalena no lo podrá tocar más. Todos los cristianos tienen que pasar por esto. Se verifica lo dicho por Lutero: “Cuando crece la fe, decrecen los sentimientos”. Éstos bien pueden distinguirse del primer amor.

    Pero, ¿en qué consiste entonces el amor? ¿Cuál es su esencia? De qué fuente nace y de qué factor depende? En el caso de María Magdalena, nació únicamente “porque sus muchos pecados le fueron perdonados”. Consistió en reconocer lo indispensable que era Jesús, para su angustiosa lucha contra el pecado; y en lo amable y precioso que era el Salvador, que la redimió de sus pecados. Esto es lo principal: Lo indispensable y precioso que llega ser Jesús. “Cuando abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Ro.5:20).

    Ya no se puede concebir nada más precioso -en el cielo o en la tierraque el Salvador, de quien procede toda gracia. El amor se hace tanto más fuerte, cuánto más indispensable y precioso se vuelve el Salvador, aun cuando los sentimientos sean más débiles. Recuerda esto, y podrás distinguir entre el primer amor y los primeros sentimientos. El amor es más fuerte, cuanto más precioso se torna el Salvador, a pesar de que los sentimientos se debiliten. Eso no lo entienden los que hacen depender el cristianismo de las emociones pasajeras, y no de las bendiciones reales. Sí lo entienden, los que toman realmente en serio al pecado y a la gracia del perdón.

    Cuando pensamos en el contexto en el que Cristo pronuncia sus palabras para el ángel de Éfeso, notamos lo que el Señor desea decirle: “Tus acciones, tu trabajo por amor de mi Nombre, tu sufrimiento y tu paciencia, tu inteligencia y tu capacidad de distinguir los espíritus, y aún más: el bienestar de mi Iglesia, la promoción de mi Reino, la pureza de mi doctrina… todo eso te es precioso e importante. Sólo que Yo, como tu Propiciador y Defensor, ahora valgo menos para ti. Yo y mis actos, Yo mismo, en mis ropas manchadas con la sangre de mi expiación, ya no soy tan indispensable y precioso para ti como en los primeros días de nuestra comunión. Ahora tú ya no sientes la necesidad de arrojarte más a mis pies como entonces, como un pobre pecador, implorando los favores de mi sacrificio, los méritos de mi sangre, el perdón de tus pecados. Ahora te satisfacen tus propias virtudes, tu hermoso cristianismo, tus múltiples actividades…”

    Todo esto quiso decir Cristo, cuando detalló así los méritos de esa persona, pero agregó: “Sin embargo tengo contra ti, que has abandonado tu primer amor”.

    Publicado por editorial El Sembrador