23 de septiembre 2026

    23.Yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en fuego, para que seas rico.Ap.3:18

    Notemos que el Señor dice aquí: “…que compres de mí”. Pensemos por un momento, qué significa que el Señor diga con un espíritu ferviente y en un tono alto, majestuoso, serio y amonestador: “Te aconsejo que compres de mí…”

    “De mí”. Esto es un fuerte rechazo a todas nuestras obras. Es una poderosa confirmación de que delante de Dios no hay nada que valga, sino sólo lo que proviene del Hijo. Pero, “¿comprar?” ¿Qué vamos a entender con eso? Lo explica el propio Señor en Isaías 55:1: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche”. Y otra vez en Apocalipsis 22:17: “El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”. Notemos: “¡Gratuitamente!”. Acerca de esa compra dice aquí: “Te aconsejo que compres de mí…”; o sea: “Te aconsejo que renuncies a tus propias obras, y que sólo creas en mí, y que recibas solamente de mí lo que yo te ofrezco”. Es cierto que habla medio en tono de reprimenda, en un espíritu de severa amonestación. Pero precisamente por eso es tanto más dulce. Es como si dijese: Te ordeno que no hagas ni lo mínimo por ti mismo para conquistar mi favor o congraciarte conmigo. Te ordeno que renuncies a todo tu esfuerzo propio y que solamente recibas. Te ordeno creer que lo que hice por ti es suficiente”.

    Si obtenemos la gracia de reflexionar y entender esto, y de recibir estas majestuosas palabras del Señor con fe: “Te aconsejo que de Mí compres oro refinado en fuego para que seas rico”, comprobaremos que son capaces de enardecer a un corazón tibio. Pueden calentar y animar a un alma fría y muerta, porque dicen algo grandioso y glorioso.

    Primero, un momento antes, el Señor describió en términos muy fuertes la miseria e indignidad de la persona a la que Él le ofrece tanta gracia, de manera que ni una sola alma podría retirarse, sentirse demasiado indigna y quedarse sin su parte.

    En segundo lugar, este es un consejo muy serio y una palabra maravillosa del propio sublime Señor a un indigno pecador. Frente a estos consejos y términos, todos nuestros pensamientos y sentimientos no son más que paja seca o granitos de arena comparada con una montaña grande y alta. Pero, ¿a qué se refería Cristo con el “oro” que El ofrece? Algunos entendieron que podía ser la fe. Pero es un error. No cuadra aquí para nada. La fe está simbolizada por la misma acción de “comprar”. Y esto comprende tanto pedir como creer. El oro que se debe comprar representa los grandes tesoros ofrecidos; simboliza la bendición abrazada por la fe; es decir, la preciosa sangre de Cristo, la totalidad de sus méritos, que fueron probados y purificados en el fuego de su sufrimiento. Acerca de esto dice San Pedro: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir… no con cosas corruptibles como oro y plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un Cordero sin mancha y sin contaminación” (1 P.1:18-19).

    El apóstol quiere decir: “Se necesitan plata y oro para redimir a una persona secuestrada. Pero el “oro” con el que Cristo nos redimió no es corruptible, sino incorruptible: Es su preciosa sangre”.

    La sangre -o los méritos de Cristo- es lo único que puede enriquecer a un pobre pecador. La fe en sí misma no es ningún tesoro válido ante Dios. Para quien quiere comparecer ante Dios, no es suficiente que presente su propia fe, o su arrepentimiento, su devoción, su amor, su humildad, etc., porque ni siquiera estas virtudes, obradas por el Espíritu Santo en nosotros, nos protegerán contra el fuego del Juicio. Estas virtudes siguen siendo aún imperfectas, por la fragilidad del vaso que las contiene.

    No, quien quiere permanecer de pie ante el tribunal de Dios, y llamarse “rico” en su presencia, debe tener algo más elevado y excelente que la propia piedad. Es decir: el oro probado y purificado en el juicio de Dios: Únicamente la justicia de Cristo mismo.

    Y pensemos bien en el valor que tiene ese oro, el oro que Cristo ofrece aquí, es decir, su preciosa sangre. Nosotros somos muy pobres y pecaminosos. Debemos “diez mil talentos” (Mt.18:24). ¡Hemos pecado tantas veces, tan atroz y tan nefastamente!

    Sin embargo, pongamos toda esa maldad en un platillo de la balanza, y la sangre derramada por el Hijo de Dios en el otro platillo y digamos cuál pesa más. Sin duda nuestros pecados son graves y pesados, pero cuando oímos de su propia boca: “Esto es mi sangre… derramada para remisión de los pecados” (Mt.26:28), y a su apóstol diciendo: “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Jn.1:7), entonces nuestra pobre, pecaminosa y afligida alma se llena de consuelo y valor.

    Entonces comienzo a revivir y a volverme ferviente en espíritu, pues ¿qué puede ser una propiciación más suficiente que la sangre de Cristo? ¿Qué pecado de un ser finito puede tener más importancia que la sangre del ser infinito? Y Cristo le habla aquí a una persona sumamente indigna, que había caído profundamente de la gracia (al ángel de la iglesia de Laodicea). Al cual le dice: “Te aconsejo que de Mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico”. Así declara que esa persona llegaría a ser rica -no sólo libre de culpa y cargo- sino rica, ¡sólo con ese oro!

    Publicado por editorial El Sembrador