23.Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual…1 P.2:1-2
Es una terrible señal de nuestra profunda depravación moral, que prefiramos hablar mal de nuestro prójimo, en vez de hablar de sus buenas cualidades. Pero somos tan sensibles con nuestro propio nombre, que no podemos tolerar que alguien nos critique. ¡No! Todos queremos que los demás hablen sólo cosas buenas de nosotros. Sin embargo, nos cuesta soportar que alguien hable bien de otros.
Esas actitudes pecaminosas brotaron y se difundieron en el mundo porque “la serpiente antigua” las introdujo en los primeros seres humanos, junto con el pecado. Difícilmente se pueden juntar dos o tres personas sin que hagan comentarios faltos de amor y tacto sobre otros. Amistades y conocidos se visitan sólo para comentar y criticar a los demás. Y si encuentran algo escandaloso, lo analizan, exponen y describen en la forma más detallada posible, en vez de encarar al transgresor. Eso es lo que se llama “traicionar, calumniar y desacreditar al prójimo,” como dice el Catecismo Menor de Lutero. Es un pecado contra la sagrada Ley del amor: “Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lc.6:31).
Generalmente no sólo se relata lo ocurrido, sino que además se agregan comentarios propios, pequeños agregados y opiniones personales acerca de los motivos y de las intenciones íntimas. Así se agrava aún más el pecado. Eso se hace cada vez que se relata la historia de nuevo, porque todo el mundo tiene esa perversa inclinación a agrandar y exagerar las faltas del prójimo. Así se aumenta cada vez más la gravedad de esas faltas, al repetir la historia. Al final, apenas se puede reconocer la parte esencial de la verdad original. La versión final es casi irreconocible. Tales cosas se repiten diariamente. ¡Ojalá que todos los que aun conservan algún temor de Dios y repulsión por el pecado estén en guardia, y no participen en semejante iniquidad! Porque puede ocurrir fácilmente, que repitan algo que no es más que una mentira fabricada por venganza o antipatía.
¿O pensamos que Dios disculpará y aprobará nuestro pecado, ya sea por un malintencionado descuido, o por un secreto odio, cuando creemos y repetimos inmediatamente todo lo que dice la gente? Por su descuido, muchos se convirtieron en despreciables charlatanes, sin haber tenido en realidad esas intenciones.
Lo que es una práctica comúnmente aceptada en el mundo y entre los hipócritas, se convierte en tentación para los hijos de Dios. Eso se da también con la inclinación a pensar y hablar mal de los demás. Porque aun los que tienen un espíritu bueno y dispuesto, todavía siguen teniendo su carne depravada, y la maldad de su corazón natural.
La opinión o juicio con respecto a otro, depende mucho de la relación que se tenga con él. Si alguien es amable conmigo; si piensa y habla bien de mí, fácilmente puedo interpretar todo a favor de él, inclusive si no es una buena persona. Pero si otro -que quizás es mucho mejor personame ofendió o criticó; si hizo un comentario negativo acerca de mí, si me faltó el respeto, o me trató con aire de superioridad… entonces mi malvado corazón inmediatamente tiene la tendencia a buscar faltas en él, a exagerarlas y difundirlas por todas partes.
Ah, ¡qué abominable es el corazón del hombre caído! ¡Sólo por un comentario que hirió tu orgullo tratas de inventar y decir toda clase de maldades acerca de tu prójimo! ¿Acaso no puede ser una persona honesta y respetable, aunque te haya corregido? O si le agradó a Dios beneficiarlo con cierto don o distinción más que a ti, ¿acaso no puede ser de todos modos una persona respetable? ¿Por qué tratas de armar un problema con tu prójimo, sólo porque su tierra o comercio ha sido más prosperado que el tuyo?
Por esa razón privada y secreta dentro del malvado corazón, más de una persona comenzó a pensar y a hablar mal de otro, a quien anteriormente había amado durante años, y en el que antes había visto pura bondad. El cristiano debe estar en guardia, y reaccionar a tiempo contra la falsedad de su perverso corazón.
Tenemos constantes ejemplos mostrando que las opiniones buenas o malas dependen más de los prejuicios y de las interpretaciones subjetivas, que de los hechos objetivos. A una persona malvada cierta cosa puede parecerle muy grave. A una persona bondadosa, la misma cosa puede parecerle algo sin importancia, o quizás inocente, y más aún: loable. Tengamos esto muy presente y estemos bien en guardia contra nuestro traicionero corazón, contra las ideas y los sentimientos que nos formamos acerca de los que nos ofendieron.
Si dejas que la envidia y el odio infecten tu alma; si sientes el deseo de atacar a tu prójimo; si guardas y difundes una falsa historia sobre él… Ah, ¡Ten cuidado! Estás frente al poder de las tinieblas.