23.Porque en esperanza fuimos salvos.Ro.8:24
El apóstol dice aquí que hemos sido salvos. Eso suena demasiado bueno para ser verdad, demasiado irreal; y por cierto, esto sólo se alcanza por medio de la fe. Es algo que el Espíritu del todopoderoso Dios nos asegura en la Escritura, pero aun así, no siempre logra convencernos. No obstante, es una divina verdad lo que dice el apóstol: Que nosotros, los que hemos recibido las primicias del Espíritu, ya “fuimos salvos”, aquí y ahora. Hemos sido salvos, pero de una manera tal que no percibimos ni sentimos actualmente nada.
La palabra “salvos” significa que hemos sido librados de la condenación, y fuimos admitidos en el cielo. Para ser salvos no necesitamos sentir paz o gozo por la bienaventuranza celestial. Solamente necesitamos creer. Por eso el apóstol dice que fuimos salvos “en esperanza”.
“Salvos”, es una palabra directamente relacionada con Jesús, que, como su nombre lo indica, es “el Salvador del mundo” (1 Jn.4:14; Mt.1:21).
“Ser salvos” significa recibir todos los bienes y privilegios que Cristo ha obtenido para nosotros. Por medio de Él, tenemos perdón de nuestros pecados y amistad con Dios. Somos hijos de Dios. Nuestros nombres están escritos en el libro de la vida. Dios nos conoce, nos ama y nos espera en el cielo. Estamos en estrecha comunión con Dios. Tenemos al Espíritu Santo en nuestros corazones. Él nos ilumina, santifica y guía a toda verdad, hasta el día que seamos llamados a nuestro hogar celestial. Eso significa ser salvo y ser bendecido por Dios.
Por un lado, la Palabra de Dios nos asegura que seremos salvos y bienaventurados al momento de morir. Eso quiere decir que los creyentes en Cristo comenzarán a disfrutar de la eterna felicidad en el cielo, recién después de morir. Pero, por otro lado, en este texto se nos dice que ya fuimos salvos. O sea, para Dios los creyentes somos sus hijos y herederos de su reino ya, ahora.
Abraham no se convirtió en amigo de Dios después de morir: ya era su amigo antes, cuando vivía en sus tiendas, en este mundo. Y la misma amistad que tenía con Dios aquí en la tierra, también la tuvo en la muerte y en la eternidad.
Nadie se puede convertir en amigo de Dios después de morir, cuando el alma abandona el cuerpo. Es necesario estar reconciliado con Dios antes de morir, para continuar así en la eternidad.
El que no tiene al Hijo en este mundo, por medio de la fe, “no verá la vida” (Jn.3:36). Pero los que han recibido las primicias del Espíritu aquí, allí recibirán la plenitud. Los que estuvieron unidos a Cristo en este mundo, estarán con Él en el cielo. Por eso, ya son salvos y benditos aquí. ¿O no es una bendición ser un hijo de Dios, y tener a Dios por Padre? ¿No es una persona bendita aquella a la que Jesucristo le dice: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”? (Jn.5:24).
¿O no son benditas esas personas, de las cuales el apóstol dice: “…os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos, que están inscritos en los cielos, a Dios, el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”? (He.12:22-24).
¿No fueron benditos todos ellos? Y todavía estaban en este mundo, cuando el apóstol les escribió. Aún cargaban este cuerpo de pecado y muerte. Aún estaban rodeados de enemigos espirituales. Aún debían luchar contra su propia carne depravada, y esperar la redención definitiva. Sin embargo, el apóstol les dijo: “Os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos, que están inscritos en los cielos, a Dios, el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos”.
El apóstol veía una sola y bendita iglesia. Algunos miembros ya estaban en el cielo (“los justos hechos perfectos”); otros todavía estaban en la tierra, y aún necesitaban “la sangre rociada”. Los fieles creyentes, como hijos de Dios, somos una sola familia con los que ya están en el cielo. Es como cuando vamos a la iglesia un domingo cualquiera: Antes de empezar el culto, algunos están sentados dentro del templo; otros están parados en la entrada, y otros están en camino; pero todos formamos parte de la misma congregación.
Algo similar nos sucede a los creyentes: Nosotros todavía estamos afuera, a las puertas o en camino al cielo; pero pertenecemos a la iglesia de los que han sido salvos, y somos tan benditos como los que ya están en el cielo, aunque nosotros todavía no hayamos sido llamados a entrar. A esto se refiere el apóstol en nuestro texto, cuando dice que fuimos salvos, pero en esperanza.
Oh, cuántas bendiciones recibiríamos, si pudiésemos tener profundamente grabado en nuestros corazones esta verdad: ¡Que ya fuimos salvados! Aunque todavía estamos en este mundo, sin embargo ahora ya somos hijos de Dios y herederos de su reino. Solamente estamos esperando el bendito llamado a nuestro eterno Hogar. Esta esperanza nos consuela, y es de la fe en esta promesa de Dios, que proviene toda nuestra vida cristiana.