23 de mayo 2026

    23.Permaneced en mi…¡Permaneced en mi amor!Jn.15:4,9

    Notemos bien estas exhortaciones: “¡Permaneced en mí… Permaneced en mi Amor!” Debe haber algo muy importante en estas palabras, para que el propio Señor las repita tan a menudo. Unas diez veces, una vez tras otra, en el capítulo 15 del evangelio de San Juan, el Señor emplea la expresión “permanecer en Él”. Eso debe hacernos reflexionar a todos en la seriedad de este tema.

    El Señor desea imprimir en nosotros una exhortación sumamente importante, por eso la repite tantas veces. Por eso también es muy provechoso entender qué quiere decirnos aquí el Señor. Prestemos atención, entonces, a sus palabras.

    Notemos que no dice: -¡Permanezcan a mi servicio! Ni: -¡Permanezcan en mis virtudes! Ni: -¡Permanezcan adorándome! ¡No! Al decir: “Permaneced en mí”, y: “Si permanecéis en mí”, habla de una relación mucho más cercana. En este mundo nadie podrá comprender ni explicar en toda su profundidad esta expresión. Pero nos podemos dar cuenta de que es una relación muy estrecha con Él, como lo expresó con el ejemplo de la vid y los pámpanos (renuevos o ramas tiernas).

    Podemos deducir cómo es y cómo se produce esta unión, de las explicaciones que nos dio el propio Señor, cuando dijo: “…si mis palabras permanecen en vosotros… ¡permaneced en mi amor!” (vs.7-9).

    O sea, permanecemos en Cristo cuando guardamos su Palabra, y cuando permanecemos en su amor, no solo de boca y pensamiento, sino de corazón, dejando que Él sea nuestro verdadero consuelo.

    Nuestra permanencia en Cristo y su permanencia en nosotros, muchas veces es algo sumamente misterioso. Para saber si estamos unidos a Él, sólo necesitamos preguntarnos si vivimos por la Palabra y el amor de Cristo. Si es eso lo que nos sustenta, entonces vivimos “en” Cristo, y Cristo vive “en” nosotros.

    Y podemos saber si estamos depositando nuestra confianza en el Señor Jesucristo, de la siguiente manera: Si solemos afligirnos por nuestros pecados y por nuestra miseria espiritual, y luego hallamos consuelo y recobramos aliento únicamente en el Evangelio, o sea, en la dosctrina del amor de Cristo, en su justicia y en su sangre; o si nuestro corazón, en cambio, sigue confiando y consolándose en algún mérito propio. Examinémonos bien, para ver en qué descansa nuestra confianza: En la Palabra que oímos, o en algo que hacemos. Así podremos saber si vivimos por fe. Cuando ya no hay obra propia que pueda consolarnos, y cuando sólo el Evangelio que oímos puede reanimarnos, es evidente que nuestro consuelo y aliento provienen sólo de la fe en Jesús. Este es un tema tan importante, que el que no quiere ser engañado, necesariamente debe prestarle atención. Si tenemos un corazón que depende y vive de la Palabra de Cristo como alimento espiritual, entonces podemos decir que permanecemos en Cristo, y que Él permanece en nosotros. Entonces nuestros corazones también se sentirán sinceramente atraídos a Él, sentirán hambre y sed de Él, y obtendrán vida y consuelo sólo en Él y en su amor.

    Lo que significa “vivir del amor de Cristo” y “que Cristo vive en nosotros mediante la fe”, lo describe gloriosamente San Pablo en Gálatas 2:19: “Por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

    He ahí la verdadera vida y el verdadero poder de la santificación: “Permanecer en Cristo, permanecer en su amor”. Notemos cómo habla el apóstol: “Porque yo por la ley soy muerto para la ley… y ahora vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó…” Ahí está lo que le falta a la pobre alma que todavía es esclava del pecado, al alma que tiene motivo para asustarse, más aún, de desesperar por causa del pecado, al que sin embargo no puede detestar ni odiar, porque todavía ejerce tanto poder en todos sus miembros y sentidos.

    La falla está en que esa persona todavía no está “muerta para la ley”. Todavía no quedó libre y bendecida con el amor de Cristo. Todavía está interiormente dominada y subyugada por la ley. De esa manera, ¿cómo podría tener vida, poder y santa voluntad? ¡Imposible! “Si la ley dada pudiera vivificar, la justicia ciertamente fuera por la ley” (Gál. 3:21b). ¡No! “¡La letra -la ley- mata!” (2 Co.3:6).

    La ley sólo hace revivir el pecado y provoca “en nuestros miembros pasiones pecaminosas, llevando fruto para muerte” (Ro.7:5).

    Quien desea tener vida y poder para la santificación debe estar “muerto para la Ley” y vivir sólo por el amor de Cristo. El apóstol dijo: “Yo por la ley soy muerto para la ley”(Gá.2:19). Primero, la ley me “mató,” (Ro.7:11b), quitándome hasta el último vestigio de vida espiritual, con que podría haber hecho o imaginado algo bueno. Alentando mi rebeldía, “me engañó, y por el Mandamiento me mató… y yo morí” (Ro.7:9). Quedé espiritualmente destruido; ya no pude hacer, sentir, pensar o emprender nada que agradase a Dios. No podía mover un solo dedo para mi salvación. ¡Estaba perdido, muerto! Hasta que vino esa otra “ley”, la ley de la fe en Jesús, diciéndome: ¡Cree en el Señor Jesucristo, y en lo que Él hizo y obtuvo por todos los pecadores! El Evangelio que me anunciaba los méritos de Jesucristo, su amor y su muerte, que satisfizo todos los requisitos de la ley por nosotros. Con eso revivió mi espíritu y comencé a amar a Dios. Y entonces, separado de mi “viejo hombre”, quedé unido a mi Redentor, resucitado de los muertos. “Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí ” (Gá.2:20). Que el Hijo de Dios me haya amado, y que se haya entregado por mí, es su propia vida dentro de mi vida.

    Esto es lo que quieren decir las palabras: “¡Permaneced en mi amor!”

    Publicado por editorial El Sembrador