23 de marzo 2026

    23.Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí.Éx.20:2

    Esta es la introducción que Dios mismo hace a su santa Ley. Aquí el Señor nos da a entender quién es Él, -el que habla-, y con qué autoridad demanda, ordena y juzga. “Yo soy Jehová”: Esta presentación es el fundamento del valor y del poder eternamente obligatorio de su santa Ley. “Soy Jehová”, el Señor, el que es y sigue siendo la fuente original de todo poder sobre todas sus criaturas.

    Pensemos en los siguientes hechos: ¿De dónde procede el ser humano, quién debe obedecer esa Ley? ¿Qué es el hombre? Sin duda es obra de las manos de Dios, ¡una criatura suya! Y entonces, ¿no tiene Dios el poder y el derecho de ordenarle lo que quiere, de limitar su libertad, y de imponerle sus leyes? Esto es lo primero que Él nos recuerda en la introducción a sus Mandamientos.

    ¡Meditémoslo profundamente! Porque es seguro que la fuente de toda desobediencia y de todo desprecio a la Ley de Dios, proviene de no tener en cuenta quién es el Señor que nos dio la Ley, y qué somos nosotros ante Él. Pues si pudiésemos ver o entender quién es el que nos habla en su santa Ley, sin duda preferiríamos desmayarnos y morir antes que hacer algo en contra de su voluntad.

    No quiere decir que con eso obtenemos poder para resistir al pecado. No; desde la caída de Adán no nos resulta posible hacer lo debido por el simple hecho de que se nos ordena hacerlo. Al contrario, desmayaríamos y caeríamos en la desesperación, si Dios no tendría piedad de nosotros y no nos salvaría.

    Sin la Ley de Dios, permaneceríamos cómodos y despreocupados con todos nuestros pecados. Pero, pensemos qué significa que Dios en ha dado a los seres humanos una Ley. Él, el gran Creador del cielo y de la tierra, el que al principio lo creó todo de la nada; el que creó el sol, la luna y las estrellas; la tierra con todo lo que en ella hay; el que creó al hombre a su imagen, para ser su hijo y heredero, dotado para oír y entender su voluntad; Él, el “excelso sobre toda la tierra.., y muy exaltado sobre todos los dioses” (Sal.97:9), nos dio a nosotros, los seres humanos, Mandamientos y leyes. ¿Podríamos entonces tomarnos la libertad de desafiarlo y despreciarlo? ¡Qué horrenda depravación la de nuestro ser, que no puede tomar en cuenta ni siquiera esto!

    Sin duda debemos reflexionar también en que Dios podría aplastarnos en cualquier momento, como se mata a una mosca. Estamos tan enteramente en sus manos, que toda nuestra vida y salud en el tiempo y en la eternidad dependen de Él. Nosotros no podemos prolongar nuestro hálito ni siquiera por un sólo minuto, y Dios posee innumerables medios para castigar a los que provocan su ira. Es algo que podemos ver en cualquier lado, cómo Dios le envía a uno una desgracia, como ser muerte repentina; a otro una horrible enfermedad; a un tercero una plaga; a un cuarto una locura o fatuidad que lo llevan a pecar y lo hunden en vergüenza. Es cierto lo que dice Lutero: “Dios tiene por todas partes trampas y tropezaderos para los que lo desprecian, de modo que no pueden escapar de Él en ningún lugar”.

    Y finalmente, Él es el que también puede destruir cuerpo y alma en el infierno (Mt.10:28). Si no quiere auxiliar nuestras pobres almas cuando morimos, y llevarlas al cielo, estamos eternamente perdidos. ¡No obstante el hombre lo desobedece y desafía!

    Por otra parte, pensemos también en todo el bien que Dios puede hacernos, si tiene piedad de nosotros. ¡Cuánta bondad y bendición en este tiempo, y cuánta felicidad y bienaventuranza durante toda la eternidad les dará a sus amados! ¡Sin embargo, el hombre lo desprecia y lo enfrenta! ¡Piensa en lo que sería de ti, si te quitase su Espíritu Santo y te entregase a las tinieblas de tu torpe razón, a las pasiones de tu carne, y al poder del diablo!

    Por lo tanto, roguemos que esta verdad quede grabada en nuestras almas: “¡Yo soy Jehová, tu Dios!” ¡Qué estas palabras queden claramente impresas en nuestra memoria, para tenerlas presente todos los días de nuestra vida!

    Y hay aún algo más que aprender del Nombre con el que Dios se presenta aquí a la humanidad. “Jehová” significa, “el que es eternamente”, el Ser eterno e inmutable. Con este Nombre, nos da a entender que el tiempo no borrará ni una letra o tilde de su Ley (Mt.5:18). El verdadero fundamento de la santa Ley de Dios no es un antojo pasajero de Dios, sino por el contrario, es precisamente el carácter de su propio ser.

    Al que pregunta: “Por qué hemos de ser santos?” Dios responde: “¡Sed santos, porque Yo soy santo!” (1 P.1:16). No dice: “Porque Yo quiero que sean santos”, sino:”Porque Yo soy santo”. Y siendo que la razón para su santa Ley reside en el propio santo ser de Dios, comprendemos por qué jamás puede cambiar. Si pudiese cambiar la Ley, tendría que cambiar Dios mismo. Por eso jamás, ni en el tiempo ni en la eternidad, puede llegar a ser lícito hacer lo que Dios prohíbe en su Ley. Por ejemplo, hacerse otros dioses, tomar el Nombre de Dios en vano, menospreciar su Palabra, o despreciar al prójimo, tenerle envidia, odiar o difamarlo. Tales cosas nunca pueden llegar a ser inocentes o lícitas, ni siquiera ocasional o circunstancialmente. Por ninguna razón, ni siquiera por la debilidad de nuestra naturaleza caída. Siempre desagradarán a Dios. Su Ley nos dice que son obras contrarias a su santa voluntad, a una voluntad que jamás puede cambiar.

    Esto es algo más en lo que debemos pensar, cuando leemos las palabras:”¡Yo soy Jehová, tu Dios!”

    Publicado por editorial El Sembrador