23 de junio 2026

    23.Mas Jehová Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás tú?Gn.3:9

    Esta fue la primera vez en la historia del mundo, que Dios llamó a un pecador al arrepentimiento. Lutero comenta que la pregunta “¿Dónde estás?” era la voz de la Ley hablándole a la conciencia; era una pregunta con el propósito de convencer al pecador, de la triste situación en la que había caído. Dios no preguntaba porque necesitaba la información acerca del paradero de Adán.

    Ninguna criatura es invisible a los ojos del Señor; todo está “desnudo y abierto a sus ojos” (He.4:13). No obstante el Señor llama a Adán, diciéndole: “¿Dónde estás?” y con eso quiere decirle: “Vine para hacerte ver cómo estás. Ven y dime qué has hecho. ¿Sigues pareciéndote a mí todavía? Tienes mi imagen y semejanza aún, para ejercer dominio sobre toda la tierra? ¿Crees que no te veo? Pretendes ocultarte de mí vista, ¿Pero dónde podrías esconderte de mí?” Esos pensamientos están contenidos en la pregunta del Señor, por eso Adán desistió de su intento de ocultarse, se presentó ante Dios y comenzó a dar explicaciones.

    Todos los seres humanos, por ser pecadores, perciben la voz de Dios que le dice a cada uno: “¿Dónde estás?” Este primer caso que tuvo a Adán como protagonista, abarca a todos los demás, durante todos los períodos de la historia universal. La misma pregunta se dirige a todos los hijos de Adán.

    Puede ser un llamado paternal a los fieles, cuando se olvidan de su condición. Hasta los niños, cuando hacen algo malo, oyen esta voz en sus corazones: “¿Qué has hecho?” Mientras los oídos no se hayan cerrado, por el rugido de las vanidades y codicias del mundo, todavía puede oírse la voz del Espíritu Santo. Este contínuo llamado: “¿Dónde estás?” es una exhortación que oye cada fiel cristiano, todos los días. Por ejemplo, cuando se dejó llevar por su temperamento y se comportó agresivamente; cuando pecó olvidándose de su condición de hijo de Dios… enseguida oye el inquietante llamado: “¿Dónde estás? ¿Qué has hecho?” O cuando se mezcló con los incrédulos, y por temor o con la intención de agradarles participó en sus perversidades, negando a su Señor con palabras o hechos, enseguida siente la penetrante mirada del Señor, como cuando Jesús miró a Pedro (Lc.22:61). Una mirada con la que pregunta al corazón: “Amigo, ¿Dónde estás? ¡Fíjate lo que has hecho!” Eso es el llamado del Amigo al arrepentimiento (Ap.3:20). Y es una experiencia, que no se puede pagar con todo el oro del mundo. ¡Ay del cristiano, que no recibe más esas miradas ni esos llamados al corazón! Este también es un llamado para dar vida a los que están espiritualmente muertos, a los que viven alejados de Dios en este mundo. En medio de esa fantasía de pecados, vanidades y placeres mundanos, muchas veces resuena en sus corazones la pregunta: “¿Dónde estás…? Tus cosas no andan bien.

    Necesitas arrepentirte y ser convertido…” Efectivamente, muchos que han sido convertidos a la fe en Jesús, luego confiesan que oyeron ese llamado por mucho tiempo, cuando el Señor los buscaba. Dicen que ese llamado muchas veces perturbó su deleite en el pecado. Especialmente, “al aire de la tarde” (Gén.3:8), al refrescar el día… cuando el sucio placer llegó a su fin y los pecadores comienzan a sentir su soledad y no pueden disfrutar el descanso de la noche, porque sienten el llamado en su corazón: “¿Dónde estás? ¿Qué has hecho?” Puede que oigan esas preguntas en un sermón, en una exhortación a la confesión, o cuando se acercan a la mesa del Señor y están ahí ante Dios, frecuentemente oyen la reprensión de sus pecados, el llamado al arrepentimiento que no mostraron, y a la necesidad de la conversión. Es Dios quien te pregunta: “¿Dónde estás? ¡El tiempo de gracia se acaba! ¿Cuándo te volverás a mí?” Y el que efectivamente volvió a Dios plenamente convertido, debe saber que algún día igual tendrá que comparecer ante el trono de Dios, le guste o no le guste. Sí, tarde o temprano, en el presente o en el futuro, algún día todo ser humano oirá el llamado que penetra hasta los tuétanos: “¿Dónde estás? Qué has hecho?” Es imposible que el mortal escape al omnipotente y santo Dios. ¡Por eso, que nadie se confíe! Dios puede estar demorando silenciosamente el castigo, como si no estuviese viendo nuestros pecados en absoluto. Pero algún día oiremos su voz.

    Como hemos señalado, el caso de Adán abarca todas las épocas de la historia y a todos sus descendientes. Cada uno debe presentarse ante el Señor y arreglar su cuenta en el tiempo presente. Caso contrario, tendrá que hacerlo cuando ya sea tarde, en la eternidad. Todos somos pecadores, en eso no hay diferencia. Y si Dios nos juzgase de acuerdo a nuestros propios méritos, nadie se salvaría.

    La diferencia es que algunos se mantienen alejados de Dios para siempre. No se acercan para buscar y recibir gracia. Jesús dice: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn.3:19). Si en cambio vamos a la luz, y dejamos arreglar nuestras cuentas con Dios, todo queda efectivamente arreglado, aunque fuésemos los peores pecadores, como dice el Señor por boca del profeta: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: Si vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; y si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is.1:18). ¡Tomemos muy en serio estas palabras! Y en Mt.18:23ss. Jesús habla de un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Uno le debía diez mil talentos. Cuando lo trajeron, se postró ante el rey y le suplicó piedad. El rey le perdonó toda esa enorme deuda… El Señor quiere tratarnos de la misma manera, cuando nos llama a arreglar nuestras cuentas con Él.

    Publicado por editorial El Sembrador