23 de julio 2026

    23.Sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.Ro.14:8

    Toda la vida de los cristianos, su existencia y aun su muerte pertenecen al Señor. Este es el secreto y la grandeza de la vida de los creyentes en este mundo. No son dueños de sí mismos. Pertenecen al que los creó, redimió y santificó. Porque ningún cristiano vive su propia vida, sino la vida de Cristo.

    Los que están espiritualmente muertos, viven de acuerdo a sus pasiones, “libres acerca de la justicia” (Ro.6:20). Pero los cristianos viven la nueva vida que han recibido del Señor, porque su nuevo nacimiento y vida espiritual no son solamente ideas o teorías de su imaginación, sino una gloriosa realidad, que jamás hallarán en su propia naturaleza. Y lo característico de la nueva vida, es que depende totalmente del poder de Jesucristo y sus dones espirituales.

    El supremo y más preciado objetivo de nuestras vidas es la causa, la gloria y el agrado del Señor, a pesar de las imperfecciones que tengamos. Ahora ya vivimos la vida de Jesucristo, no sólo de acuerdo a la alianza con Él, sino también de acuerdo a nuestro espíritu, a nuestro más íntimo deseo.

    Si no vivimos en Él, y comenzamos a vivir en algún aspecto para nosotros mismos, esto sería una desviación de nuestra más íntima voluntad.

    El cristiano no es dueño de su propia muerte. También en su muerte es

    “del Señor”, y es sumiso a Él.

    El cristiano no tiene ni el derecho ni la voluntad de disponer de su vida a su antojo, como ser, para su propia gloria. Más bien debe arriesgar o sacrificar su vida, y esto debe ocurrir de acuerdo al Mandamiento y a la orden de Dios. “No sois vuestros. Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co.6:19-20).

    Sólo si la gloria y voluntad de Dios, sus Mandamientos y su orden lo requieren, hemos de estar dispuestos a sacrificar nuestras vidas. Y en tal caso, ha de ser en la forma y a la hora que le agraden a Dios. Un fiel creyente no debe desear vivir ni morir en la forma y el tiempo que a él mismo le plazca. Siempre debe decir: “Si Dios quiere que me quede más tiempo en este mundo, también yo lo quiero. Y si Dios quiere llevarme, ya no quiero seguir viviendo aquí”. Algunas veces erramos, deseando seguir viviendo; otras veces, deseando egoístamente morir. Todo lo que somos y tenemos -incluso nuestra vida- pertenece al Señor y se lo debemos someter a Él.

    Si vivimos, para el Señor vivimos. Vivir “para el Señor” significa considerar nuestra vida, toda nuestra existencia, como propiedad del Señor, y por consiguiente conducirnos siempre como sus servidores. Es tener en cuenta su voluntad en todo, como regla para todo lo que hacemos o emprendemos.

    Significa que su honor y agrado sea nuestro único objetivo. También significa que en todo lo que experimentamos en esta vida, en el placer y en el dolor, cuando el Señor nos da o cuando nos quita sus beneficios, nos encomendemos a las manos de Dios, reconociendo que todos nuestros dones y talentos están a su servicio.

    Y si morimos, para el Señor morimos. Como toda nuestra vida le pertenece al Señor y le fue consagrada a Él, así le encomendamos también nuestra muerte.

    Si sufrimos una muerte “natural”, esto ocurre consciente del hecho de que somos del Señor. Queremos conformarnos cualquiera fuese el momento y la forma en que Él nos llame. Sin embargo, en ciertos casos nuestra muerte también depende de nosotros mismos. Por ejemplo, durante una sangrienta persecución el mártir puede escapar a la muerte, si reniega del Evangelio. O un misionero puede evitar una empresa arriesgada para la divulgación del Evangelio y la salvación de muchas almas, que lo expusiera a la muerte. O el soldado que de acuerdo a la voluntad de Dios, debe arriesgar su vida por la patria, puede “salvarla” huyendo…En todos estos casos el cristiano se siente obligado, y de acuerdo al Espíritu, también dispuesto a entregar su vida, antes de negarle lealtad a su Señor, o de vivir sólo para sí mismo. Y cuando así sacrifica su vida por amor de Jesús, también es obvio que “muere para el Señor”.

    Tanto en la vida como en la muerte somos de su propiedad y sus servidores.

    Sólo los creyentes tienen el consuelo y privilegio de ser “del Señor”, no importa el lugar ni el tiempo que vivan: En la vida, en la muerte y aún después de la muerte son propiedad del Señor, y son destinatarios de todo su amor y cuidado leal.

    Siempre están en las manos del que dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt.28:18). En este mundo los siervos de Cristo disfrutamos su compañía de manera invisible. Pero cuando debamos abandonar esta vida, “estaremos presentes con el Señor” (2 Co.5:8), para verle por siempre “como Él es” (1 Jn.3:2). Aquí le pertenecemos al Señor principalmente por la fe y la conciencia, y también por el amor y servicio. Y cuando morimos, también somos la propiedad del Señor. Tanto nuestro cuerpo como nuestra alma, permanecen a su cuidado.

    Nuestro cuerpo quedará a su misterioso pero seguro cuidado, desintegrado hasta el día de su resurrección. Entonces será restaurado incorruptible para la vida eterna. Y nuestra alma estará en el Paraíso celestial, con Cristo y los santos hasta aquel gran día, en que será revestida con “un cuerpo espiritual”, que será semejante al cuerpo glorificado de Cristo. Podemos tener la seguridad de que quien le pertenece al Señor en el presente, también le pertenece en la muerte y en la eternidad. Es el estado más feliz que podamos imaginar, el que, “sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos”.

    Publicado por editorial El Sembrador