23 de agosto 2026

    23.No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada… ni cosa alguna de tu prójimo.Éx.20:17

    Dios quiere que seamos totalmente puros y santos, inclusive en nuestros deseos, así como Él es santo. Él prohíbe la mera existencia de los deseos pecaminosos en nuestro corazón.

    Es cierto que también tenemos deseos legítimos. En primer lugar, los puramente naturales, como los deseos de alimento, bebida, descanso, etc., siempre y cuando se los conserve dentro de los límites razonables. En segundo lugar, están los deseos espirituales, como el deseo de estar en paz con Dios y en armonía con todo lo bueno. El rey David habla muchas veces de esto. Por ejemplo, en el Salmo 84:2: “Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová”. O: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por Ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (42:1-2).

    Pero todos los deseos del corazón que están en conflicto con los Mandamientos de Dios, son pecaminosos. Por ejemplo los deseos que el Señor menciona aquí: Codiciar la mujer del prójimo (o cualquier placer impuro), codiciar el siervo del prójimo (o abrigar cualquier deseo egoísta), codiciar sus medios de vida (dejarse dominar por la avaricia), o cosa alguna del prójimo. Todas las cosas que Dios no nos concedió a nosotros, sino a nuestro prójimo; no importa si se trata de bienes materiales, fama, honores, o cualquier otro bien. No hemos de envidiar al prójimo. En fin: el deseo es pecaminoso tan pronto como no nos conformamos con la voluntad de Dios. En ese caso el deseo es pecaminoso, aun cuando el objeto codiciado fuere inocente en sí.

    En el desierto los hijos de Israel “codiciaron lo malo”, si bien en sí mismos los objetos codiciados eran inocentes: Carne, pescado, pepinos, melones, puerros, cebollas y ajo. Pero los israelitas no se conformaron con la voluntad y las ordenanzas de Dios respecto a su vida en el desierto. Codiciaban las comidas que tuvieron en Egipto, y no quisieron oír la voluntad del Señor (Nm.11:5-6). En eso consistió la maldad de ellos, y por eso atrajeron sobre sí la ira de Dios, de modo que el lugar hasta el día de hoy se llama “Kibroth Hataavah”, que significa: “sepulcros de los codiciosos”, porque allí sepultaron al pueblo codicioso (1 Co.10:5-6).

    Como hijos fieles, no hemos de desear más de lo que a Dios le place concedernos. Si Dios quiere concedernos alimento, bebida, ropa, amigos, honores y estima, podemos disfrutarlos para nuestro beneficio, y agradecerle al Señor en tanto que los concede. Pero si a Dios le agrada privarnos de esos beneficios, hemos de contentarnos como cuando nos los da, puesto que todavía lo tenemos a Él y su favor, que deben ser los únicos bienes realmente necesarios para nosotros.

    Este Mandamiento es el último de los Diez, pero ensambla perfectamente con el Primer Mandamiento, cerrando un ciclo. Los dos Mandamientos demandan que el Señor Dios sea el único Dueño de nuestro corazón, el principal objeto de nuestros deseos, de nuestro amor, nuestra sed espiritual y nuestros anhelos. Ésta fue la intención de la Santa Trinidad cuando creó al hombre a su imagen. La finalidad fue que el hombre, al ver todas las cosas, reconociese a Dios y viviese en comunión con Él, como lo más natural.

    La imagen de Dios y la vida verdadera consistía en que Dios moraba en su corazón, y el ser humano era incapaz de vivir separado de Dios. Tenía un corazón sediento de Dios y que se nutría de Él, como el niño que se nutre de la leche de la madre. En efecto, el Creador implantó esta sed por Él tan profundamente en el alma humana cuando la creó, que nuestro corazón está inquieto, sin descanso y sin paz mientras no se comunica con Dios, el Dios viviente, y se deleita y contenta plenamente sólo en Él.

    Ninguna delicia o alegría terrenal, ninguna fortuna de oro o dinero, ningún arte y ninguna ciencia, ninguna gloria y ningún poder ni el cielo ni la tierra pueden satisfacer los más íntimos anhelos y deseos del corazón humano.

    Aun poseyendo todos los bienes mencionados, el corazón humano es y se siente pobre y miserable sin Dios, sin el Dios viviente, el Bien supremo. El ser humano debe considerar todo lo demás, -no interesa cómo se llame-, indigno de sus deseos. Todo el mundo, con todo lo que es y tiene, no puede dar a nuestro corazón sediento verdadera satisfacción. Sentimos sed de algo mayor y más sublime; de lo infinito y eterno: De Él, nuestro Dios y Señor. Sólo Él nos alienta, nos da descanso y verdadera satisfacción. Ésta fue la voluntad de Dios cuando creó al hombre a su propia imagen. Por eso puso en nuestro corazón un infinito anhelo y deseo: ¡Él mismo es el objeto de ese anhelo!

    La voluntad y finalidad de Dios siguen siendo las mismas aun hoy ¡Claro que sí! Su primer y su último Mandamiento son hoy todavía los mismos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mr.12:30).

    Publicado por editorial El Sembrador