23.Con Cristo estoy juntamente crucificado.Gá.2:20
En la unión con Cristo, todo lo carnal en nosotros no solamente fue sentenciado a muerte, sino que también fue efectivamente crucificado. Pero hay quien dice estar convertido y ser fiel; y en ciertos aspectos efectivamente comenzó otra vida: Escucha la Palabra y lleva a cabo ciertas obras de caridad. Pero sigue adicto a ciertas tendencias carnales, a la avaricia, soberbia, sensualidad, odio, o algo por el estilo. Sabe bien que es pecado, pero se jacta de su libertad, y cede a su pecado favorito; hasta lo defiende y le promete lealtad. Esa persona se engaña a sí misma y le miente a su propia alma, cuando habla de su fe y paz en Cristo. Si alguien se volvió verdaderamente cristiano, y realmente comenzó a vivir según el Espíritu, pero luego dejó de amar a Dios, y no sigue crucificando su carne, sino que da libertad a sus pasiones y nuevamente aprueba y defiende el pecado, entonces recayó en la carne. La fe cristiana, la paz con Dios y una buena conciencia no pueden coexistir ni siquiera con un sólo pecado que se practica y es consentido libremente. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro.8:13). Con estas palabras el apóstol pronuncia una sentencia definitiva, mostrando que la mortificación de la carne no es algo de poca importancia. No tenemos la libertad de elegir si queremos practicarla, o no. Si deseamos conservar nuestra vida y no perdernos para siempre, necesaria y definitivamente debemos mortificar nuestra carne.
Sí, tan pronto como hemos llegado a creer en el Evangelio, debemos abandonar sin demora la antigua vida de impiedad; comenzar una vida nueva en Cristo, y no volver nunca más al servicio del pecado.
Es realmente notable ver cómo el cristiano demuestra que el “viejo hombre” en él, está crucificado con Cristo. El “viejo hombre” debe permanecer mortificado, mientras el Espíritu Santo mora y obra en él, no importa lo que le pase durante su vida diaria, o que le vaya mejor o peor. Mientras Pedro seguía fielmente a su Maestro, el “viejo Adán” en él estaba herido a muerte todos los días. Pedro se iba distanciando de su propia manera de ser, para parecerse más y más a su Señor Jesucristo. Pero el día en que se infló de arrogancia, se expuso a ser zarandeado por Satanás, entonces cayó y negó a su Señor (Lc.22:31).
Luego lloró amargamente, como un niño cuando es corregido, y su presunción y soberbia fueron mortificadas. Más tarde, frente al concilio de Jerusalén, permaneció firme en la verdad, confesó a Cristo y fue azotado (Hech.5:40).
Ese día murió para el mundo, y dio muerte a su propia naturaleza carnal. Pero luego, en Antioquía, nuevamente flaqueó y cayó en la hipocresía. Entonces, Pablo lo reprendió severamente (Gá.2:11-14). Nuevamente Pedro debió ser disciplinado. Así, el cristiano honesto y que sigue a su Salvador, debe mortificar su naturaleza carnal. Su pecado personal es lo que le causa mayor sufrimiento.
Si soy rico y me veo tentado a construir mi Paraíso en la tierra, halagar mi carne y llevar una vida mundana, el Espíritu me propinará fuertes azotes. Las riquezas y una vida lujuriosa me asustarán. Sufriré más con sólo pensar en perderme por amor al dinero, de lo que sufriría siendo pobre. Si por otro lado comienzo a amar y complacer mi naturaleza carnal, y paso mis días cultivando la sensualidad, el resultado será la muerte espiritual. Si en cambio soy pobre y sufro necesidad material, pero no reniego de Dios, sino sigo fiel a Jesús, entonces cada día mortifico mi carne y muero para el mundo. Si soy activo y talentoso en cuestiones espirituales; tengo años de experiencia en la gracia, y más conocimiento y firmeza que otros hermanos, y por eso deseo disfrutar gloria y fama en la iglesia… ¡cuidado! ¡Eso también es veneno para el alma! Y el espíritu lo siente, y se asusta como ante el mismo infierno. O si soy fiel, velo en oración, lucho contra el pecado, y deseo renunciar tanto a la maldad como a la vanagloria, pero sin embargo íntimamente deseo ser el primero, y secretamente siento una gran satisfacción con esa enfermiza ambición… ¡cuidado! ¡Eso es verdaderamente diabólico! Debo asustarme con sólo pensar en ello.
Si practicando el bien llego a envanecerme; dejo de velar, orar y servir, y le doy libertad a mi naturaleza carnal, ¡saltaré de la sartén al fuego! Con toda seguridad me sentiré culpable y seré justamente reprendido. Pero si por causa del castigo me vuelvo rebelde contra el Evangelio, y rechazo todo el consuelo que me ofrece, diciendo: “Ya no soy cristiano; no puedo volver a tener la gracia de Dios”, entonces la incredulidad está rugiendo otra vez en mi carne.
Y no tendré paz, mientras no me deje reprender y me humille para recibir la gracia. Vemos así que la naturaleza carnal del cristiano debe ser mortificada, cualquiera que fuese la situación en que éste se encuentre. Eso es lo que significa “ser crucificado juntamente con Cristo”.
Tú dirás: “¿Qué oigo? ¿Acaso debo dejarme reprender y castigar todo el tiempo? ¿Cómo voy a vivir así? ¿Dios nunca va dejarme tranquilo y en paz?” Sí, pero sólo de una manera: “¡En el Señor!” Como dice 1 Co.1:31: “El que se gloría, gloríese en el Señor”. Quien quiera tener paz y gozo, debe buscarlos “en el Señor”; en Su justicia, bondad y fidelidad. En fin, en el propio Señor.
El Espíritu y la Palabra de Dios reprenden cualquier otra jactancia. También condenan la satisfacción o el placer que proviene de algo contrario a la voluntad de Dios. “Bien” -dirás- “en ese caso, ¡preferiría morir ya!”. Y sí… precisamente eso es lo que ocurre cuando alguien es “crucificado”. Eso es lo que significa “crucificar” la antigua manera de vivir. Quien se queda quieto en la cruz, sufre y muere. Pero quien no se queda quieto, sino que se mueve y retuerce, sufre más. De modo que haríamos mejor en quedarnos quietos, someternos al Espíritu, mirar a Jesús y buscar “las cosas de arriba” ¡Quiera el Señor capacitarnos para eso! Amén.