22 de septiembre 2026

    22.Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente.1 P.2:19

    En un sermón sobre esta epístola, Lutero dice: “Servir a Dios es, en general, hacer lo que Dios ordenó y no hacer lo que Él prohibió. Por eso, todo el mundo está lleno de oportunidades para servir a Dios; no sólo en la iglesia: también en el hogar, en la cocina, en el sótano, en el taller, en el campo y en la ciudad. Cada uno tiene que hacer bien lo que le corresponde. Porque Dios no sólo ordenó y desea mantener la iglesia y el gobierno civil, sino también la familia. Todos los que trabajan ahí: el padre y la madre, los hijos, los empleados y vecinos, sirven a Dios al hacer lo que Él manda y quiere. Cada cual en sus labores y penas podría estar feliz y de buen ánimo, y nada le resultaría difícil si obrase de esa forma en su ocupación y vocación. Pero el diablo combate eso con pies y manos. No quiere permitirnos esa alegría. No. Quiere que cada uno titubee en hacer lo que debe hacer y le fue ordenado. De modo que a nadie le guste servir a Dios, y Dios no reciba ningún servicio de los hombres”.

    Hace falta que cada cual tenga entendimiento espiritual y fe en la salvación que nos obsequió Jesús; un corazón agradecido y amor a Dios. De ahí procede el deleite en su Ley. Es necesario que cada cual, en el estado y en la vocación en que se encuentra, tenga ojos espirituales para ver a Dios, para ver delante de sí la gracia divina. Y luego mire sus Mandamientos, su voluntad, y no sólo el valor de la obra en sí.

    En segundo lugar, muchas veces también hace falta una paciencia infatigable, siendo que el diablo sabe amargar nuestro estado y nuestras circunstancias tanto, que nuestra vocación se nos vuelve repulsiva. ¡Ah, qué ventaja poseer entonces ese amor a Dios con el que podemos ahogar nuestro desagrado en su agrado, sufrimos con paciencia y perseveramos practicando el bien sólo por amor de su voluntad!

    San Pedro dice: “Criados, estad sujetos con todo respeto a vuestros amos, no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar. Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios sufre molestias padeciendo injustamente. Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados, porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 P.2:18-21).

    Los que son empleados e hijos, noten las palabras: “No solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar…” “A causa de la conciencia delante de Dios… sufran molestias padeciendo injustamente… esto es aprobado delante de Dios… para esto fuisteis llamados… porque también Cristo padeció por nosotros…”

    ¡Cuán digno de alabanza ante Dios es que un hijo que cree en Cristo, sufra injustamente por culpa de sus padres o hermanos y hermanas impíos, y lo soporte humilde, paciente y constantemente “a causa de la conciencia!”

    ¡Cuán elogioso es que no se alce para replicar irrespetuosamente, ni sucumba al dolor y a la tristeza, ni se vuelque al mundo impío! ¡Qué extraordinario es verlo sufrir y tener paciencia, confiando en el Señor, teniendo en Él su consuelo, y sabiendo que sólo su Salvador es su verdadero Amigo y Refugio! Esto es aprobado delante de Dios.

    Cuán digna de gratitud a Dios es la mujer verdaderamente cristiana, esposa de un marido rudo e impío, que sufre su drama con paciencia “a causa de la conciencia”, que padece injustamente, demuestra amor, y sirve a su marido con un perpetuo perdón.

    Son dignos de gratitud a Dios los padres y las madres que trabajan con infatigable firmeza, paciencia y amor en la educación de sus hijos, combatiendo la impiedad y maldad innatas. ¡Cuán admirable es el padre o la madre que amonesta, reprende, perdona, instruye y ante todo encomienda al hijo o a la hija a Dios en oración!

    ¡Que bendición hay para un fiel maestro, que trabaja con amor, y se mantiene paciente, sin desmayar a pesar del “suelo estéril” que le toca “cultivar”! ¡Es maravilloso ver que sigue trabajando con celo y amor, tanto en público como en privado, en tiempo oportuno y fuera de tiempo, reprendiendo, urgiendo y amonestando con toda humildad y sabiduría! ¡Cuán extraordinario es si sufre tranquilo la enemistad de medio mundo, hasta de algunos colegas!

    Es digno de gratitud a Dios cuando tal maestro se ejercita primeramente a sí mismo en la piedad, y conserva así su propia vida en la gracia.

    Que llena de gracia será la vida de un estudiante piadoso cuando sufre con paciencia la burla de sus malos compañeros; cuando se mantiene incontaminado del mundo, y acepta gustoso que por causa de Cristo lo tomen por tonto. Hay que alabar a Dios cuando ese estudiante le consagra contento sus dones a Dios, y estudia las materias de su carrera, pero sus temas favoritos siguen siendo los espirituales.

    Que piadosa será la vida de un trabajador cuando es honesto y fiel en su profesión “a causa de su conciencia delante de Dios”, y preferiría sufrir pobreza y necesidad en lugar de hacer las estafas y engaños con los que sus compañeros de profesión se enriquecen.

    Cada cual tiene en su propio estado pruebas y dificultades. Se necesita mucha paciencia, y ojos espirituales para ver y amar lo que agrada a Dios; y para permanecer firme, fiel y aplicado en la vocación de uno, sirviendo de esa forma al prójimo y cumpliendo la voluntad de Dios.

    Esto es agradable delante de Dios, y es la forma correcta de vivir.

    Publicado por editorial El Sembrador