22 de octubre 2026

    22.Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes… pero Dios le da el cuerpo que Él quiso.1 Co.15:36,38

    Es como si el apóstol quisiera decir: ¡Necios! ¿Cómo pueden considerar absurda e imposible la resurrección, cuando la ven ocurriendo diariamente ante sus ojos? Ven que Dios hace germinar y producir frutos de los granos muertos y secos que se echan a la tierra, aunque primero estos se descomponen ahí. Dios los hace resurgir con cuerpos nuevos, vivos y más hermosos. ¿Y no creen que Dios puede darle a nuestros cuerpos mortales y corruptibles una resurrección?

    Cada primavera contemplamos la resurrección ante nuestros ojos. En otoño se arroja la semilla bien seca a la tierra. Ahí queda como si la hubiesen tirado afuera, y allí se pudre. En el invierno quedó casi congelada, debajo de una gruesa capa de nieve y hielo. Y sobre ese manto blanco soplaron fuertes y frías tormentas. Después de largos meses y muchas oscuras noches de invierno podríamos pensar que la semilla se perdió totalmente.

    Pero, ¿qué ocurrió? Después de tanto esperar, la primavera llegó. El sol brilló nuevamente con esplendor, y con su calor el Creador disolvió el envoltorio de la semilla y ordenó a los muertos a resucitar. Ahora, surgen de la tierra miles de nuevos y vivos brotes que llegan a ser verdes plantas. Así el campesino recibe un resultado multiplicado de la semilla que sembró.

    Es Dios quien hace este milagro ante los ojos de los hombres, y no es sorprendente para nosotros, porque nos hemos acostumbrado a ello, sabiendo que se repite cada año.

    Seguramente lo habríamos considerado como algo imposible sino no nos hubiéramos acostumbrado a este suceso desde nuestra niñez. Porque cada año vemos lo mismo: la semilla seca se siembra en la tierra, pasa un tiempo y se transforma, y resucita como granos en nuevas espigas. Nosotros decimos que las plantas “crecen”, sin pensar que es una obra y un milagro extraordinario de Dios. Él es el Creador, y no existe ningún artesano en este mundo que pueda hacer algo semejante.

    La nueva planta que sale de la tierra, y que inclusive brota del asfalto, es la creación del único Dios verdadero. La semilla tiene que morir, pero luego resucita con vida. Esto es un testimonio de nuestro majestuoso y todopoderoso Dios.

    En este texto Dios nos quiere enseñar que lo mismo pasará con nuestros cuerpos mortales. Llega la muerte y nuestros cuerpos se entierran. Ahí se vuelven polvo. Pero un día vamos a resucitar, cuando haya llegado el verano eterno y nazca “…el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación…” (Mal.4:2).

    Nuestro Dios, el todopoderoso Creador, nos predica que llega el día cuando Él ordene que nuestros cuerpos mortales se levanten de las tumbas. Esto nos parece imposible e improbable. De veras, somos tontos y muy lentos para entender y creer las palabras del Señor.

    Una vez más, meditemos en esto. Observemos como una semilla insignificante puede producir: centeno, trigo y avena, ¿Y no podemos pensar que nuestros cuerpos pueden resucitar de la misma manera? ¿Acaso tenemos nosotros menos valor que las plantas? ¿No fuimos creados a la imagen de Dios? ¿Y no vino el Hijo de Dios a este mundo y se hizo hombre, con la misma naturaleza que nosotros? ¿Y no nos ha dado un gran ejemplo al resucitar de la tumba?

    El problema es que nuestra inteligencia es demasiada limitada para entender. Dios es mucho más grande que nosotros, El pobre ser humano no entiende las cosas espirituales. Por eso la Biblia nos llama “necios”. “Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo” (1 Co.15:36-38).

    Es el Dios verdadero quien nos dice esto. Todo depende de su libre voluntad. ¿Hay algo demasiado difícil para Él? ¿No tiene derecho de hacer lo que desea? Si no creemos en su Palabra, fácilmente nos volvemos tontos y necios. Pero el que pone su confianza en Dios, creyendo en todo lo que Él ha dicho, es sabio.

    En asuntos espirituales muchas veces andamos como ciegos, porque no creemos las verdades básicas de la Biblia. Inclusive los gentiles pueden darse cuenta de lo que pasa en la naturaleza, y muchos se convencen de que hay un Dios y Creador. ¡No te portes como un ciego, dudando del poder de nuestro omnipotente Dios! Debemos más bien cuidarnos de tal tontería y arrodillarnos ante Dios y rogar que no nos castigue por nuestra incredulidad.

    Dios es grande y santo. El que no se humille ante Él, a su verdad y poder, se encontrará en peligro. Ya que está escrito: “porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Ro.1:19-20).

    ¡Ah! Debemos tener cuidado del castigo y el juicio de Dios sobre los que no se someten a su verdad. La Escritura dice: “Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Ro.1:22), y “¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?” (1 Co.1:20). Dios hace lo que Él desea.

    Publicado por editorial El Sembrador