22 de noviembre 2026

    22.Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.Ap.3:16

    ¡Estas son palabras terribles, de parte del bondadoso Salvador! Qué Dios nos ayude para que cada uno sea honesto consigo mismo; para que los que estén corriendo peligro sin saberlo, se puedan dar cuenta, ¡antes de que llegue el juicio del Señor, y no haya más remedio! Lo que más debe llamarnos la atención aquí es la palabra “tibio”; es decir, lo que Jesús quiere decirnos con esa palabra.

    En el mensaje del Señor acerca los “tibios” hay algo que todos ven y entienden, pero también algo que sólo pocos comprenden. Cuando Cristo dice: “No eres frío ni caliente”, todos entienden que no se refiere a un hombre completamente pagano, que es indiferente e ignora la vida espiritual, sino a alguien diferente a la gran mayoría, que conoce los caminos del Señor, incluso que predica la Palabra de Dios y enseña a otros. “Conozco tus obras”, dice Jesús. O sea, se refiere a alguien que ha prestado servicios concretos, y no es “frío”. Pero tampoco es “caliente”. Su corazón no es recto para con Dios; no le ama verdaderamente, ni vive en comunión con Él. Prefiere hablar de Dios, en lugar de hablar con Dios. Prefiere ocuparse de los problemas espirituales de los demás, y no de los de su propia alma. Y así por el estilo.

    Esto es no ser “ni frío ni caliente”, porque los fríos son completamente indiferentes hacia las cosas de Dios, y están totalmente entregados a las cuestiones materiales y mundanas. Y “calientes” o “fervientes” son los que constantemente tienen a Dios, a su gracia y al Salvador Jesucristo en primer lugar. Su mayor felicidad es estar en comunión y en amistad con su Salvador. Cuando hablan, cantan o escriben expresan que lo que es más importante para ellos es su Salvador. Esto está claro, y todos entienden qué significa “ser frío” o “ser caliente”.

    Pero al interpretar y aplicar este versículo a nuestras vidas, aparece una cuestión difícil y oscura: Cuando el Señor se oculta a Sí mismo, cuando la conciencia atormenta y desaparecen los dulces sentimientos de paz, los cristianos suspiran y lamentan que no pueden amar a su Salvador como quisieran. Suspiran y lamentan que no pueden orar tan fervientemente como antes, que son atacados por tentaciones; que tienen extrañas ideas pecaminosas, o que su mente se aliena, y se vuelven negligentes y desamorados.

    Cuando esto sucede, ¿qué otra cosa pueden suponer sino que son esa clase de personas que Cristo llama “tibios”? Saben que no son totalmente fríos, pero tampoco son calientes. Gracias a Dios, el Señor nos ha explicado las características de los tibios. De otra manera, todos caeríamos en desesperación frente a este texto. Leamos el versículo siguiente. Allí el Señor explica las características de los tibios: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. Esas son las características de los tibios. El Señor dice claramente cómo podemos reconocerlos. “Eres tibio… porque dices: Yo soy rico… de ninguna cosa tengo necesidad…”

    La palabra “porque” siempre indica una causa anterior. Así que Cristo llama “tibio” al que piensa que es rico, al que está muy satisfecho consigo mismo. Si fuese “caliente” no podría sentirse satisfecho consigo mismo. La expresión: “… tú dices” no debe entenderse solamente como palabras dichas. De hecho, muchos “tibios” son astutos y refinados y no lo proclaman abiertamente. No, tenemos que interpretar que esa es su opinión personal, la íntima convicción de sus corazones. Están tranquilos y secretamente satisfechos con lo que son, y no se sienten pobres ni miserables. (Como leemos en otro lugar de la Escritura: “Dices en tu corazón…”).

    Esta es una notable señal sobre el verdadero estado del alma. De esta manera se revela algo sutil y profundo, que no puede salir a la luz de otra manera. No importa cómo se muestre en otros aspectos: Cuando una persona siempre está tranquila y satisfecha consigo misma, y no se asusta ni preocupa habitualmente por su estado, entonces se ha vuelto tibio, como el líder de la iglesia de Laodicea.

    No me refiero a que, en determinadas ocasiones, el cristiano puede sentirse más satisfecho consigo mismo que en otras: Puede sentirse mejor cuando está firme en la fe, que cuando ocasionalmente es arrastrado por la tentación. Sin embargo, pronto se sentirá disgustado consigo mismo. Incluso no estará conforme consigo mismo cuando viva los mejores momentos de consuelo, en la dichosa comunión con Cristo. La disconformidad consigo mismo es algo común en la vida de los cristianos. El tibio podrá sentirse mal por una falta que haya cometido, especialmente si los demás se enteran de ello, pero estará más bien disgustado con el hecho en sí, no consigo mismo. En general, seguirá sintiéndose satisfecho, entero y orgulloso. Por eso, es necesario prestar atención a la opinión general que alguien tiene de sí mismo. Esta es la señal que el Señor describe aquí.

    Publicado por editorial El Sembrador