22.Andad como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor.Ef.4:1-2
Tú que eres un hijo de Dios, condúcete como es digno de tu noble vocación, aunque veas a otros, incluso a algunos que pretenden ser cristianos, entregados a cosas vanas e inútiles. Tú que fuiste llamado a la bendita comunión con tu Salvador, y que tienes al Espíritu Santo en tu corazón, has de hacer lo contrario, ocupándote de lo que le agrada a tu sublime compañía, a tu Dios. “No contristéis al Espíritu Santo de Dios”, dice el apóstol (Ef.4:30). Y también: “El templo de Dios… ¡santo es!” (1 Co.3:17). Hemos de guardar el templo de nuestro corazón, y no dejar entrar ninguna inmundicia mundana.
Muchos zambullen sus preciosas almas en grandes proyectos, para ganar mucho dinero y construirse un Paraíso en la tierra. Pero nosotros fuimos llamados a una gloria mayor: Al Reino de Dios; y tenemos nuestro tesoro y Paraíso en el cielo. Por eso, hemos de “poner nuestra mira en las cosas de arriba” (Col.3:2); y ocuparnos de las cosas terrenales sólo por la voluntad y los Mandamientos del Señor. Nuestro corazón ha de depositar su afecto en las cosas que no se pueden ver (2 Co.4:18).
Otros quieren ser cristianos, pero todavía viven “para sí mismos” (2 Co.5:15). No ven a sus semejantes que van por el camino de la perdición, en las tinieblas de la incredulidad y del pecado, y difícilmente alguna vez les advierten del peligro que corren, ni siquiera con una palabra. Se dejan anular por su deseo de agradar a los hombres; por su pereza y apego a la comodidad. Por el contrario, los que tenemos vida y salvación en Cristo, hemos de tener presente que “Cristo por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co.5;15), y que también “nos hizo reyes y sacerdotes ante Dios” (Ap.1:6; 1 P.2:9), para que nos ocupemos seriamente en juntar almas con Él y para Él, por medio de la oración y dando testimonio del Evangelio.
Al servir a Cristo, sigamos los consejos que el apóstol nos da aquí: “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Ef.4:2). Como amados hijos de Dios, que ya no andan más como los que viven en la vanidad de sus pensamientos, aquellos que pretenden ser cristianos, pero tienen un comportamiento arrogante y egoísta, queriendo ser siempre los primeros, los más inteligentes y los más fuertes. Hemos de recordar que, por el contrario, fuimos llamados a un Reino donde “El mayor ha de ser como el más joven, y el que dirige, como el que sirve”, como lo declaró expresamente el Señor (Lc.22:26). Quienes se consideran y quieren ser considerados como los principales, serán los últimos y los siervos de todos. En efecto, no nos olvidemos que entre todos los malos hábitos que Jesucristo censuró en sus discípulos y que mayormente los previno -con advertencias durísimas- fue contra el orgullo. Contra este pecado los exhortó muchas veces, al menor indicio del mismo.
En cierta ocasión, cuando le preguntaron quién era el mayor en el Reino de los cielos, Jesús cortó todas esas pretensiones en los términos más tajantes, advirtiéndoles que ni siquiera entrarían al Reino de los cielos, si no se convertían de esas presunciones y se volvían como pequeños niños (Mt.18:1ss).
En otra ocasión, cuando los discípulos se regocijaron por haber podido expulsar espíritus malignos, el Señor les dijo: “No os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc.10:20). Tan delicado es este tema. Es muy peligroso sentirse superior, pensando que uno tiene privilegios o distinciones en el Reino de los cielos. Pero que nuestros nombres, por la gracia de Dios, están escritos en el cielo, ese sí es un privilegio que compartimos aun con los más débiles hijos de la gracia. Por ello sí podemos alegrarnos. Cuando Pedro le dijo a Jesús: “Aunque todos se escandalicen de Ti, yo nunca me escandalizaré”, (Mt.26:33), Satanás inmediatamente pudo zarandearlo como trigo. Más tarde, el mismo Pedro escribió: “Todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 P.5:5).
Finalmente, algunos quieren ser cristianos, y efectivamente pueden ser respetuosos y amables con extraños. Sin embargo, en sus propios hogares son tiranos. Y son pendencieros y tercos con sus hermanos. Nuevamente, recordemos nuestra vocación e imitemos a nuestro Salvador, que fue “manso y humilde de corazón” (Mt.11:29). Ejercitémonos seriamente en la verdadera misericordia, en la bondad y la humildad, y no le dejemos las riendas sueltas a nuestra naturaleza carnal. Y si no logramos reprimir todos los accesos del temperamento irascible, no obstante hemos de diferenciarnos de los impíos, en que sentimos y confesamos nuestras faltas, nos mostramos conciliadores, y no dejamos que se ponga el sol sobre nuestro enojo (Ef.4:26).
Si tenemos a nuestro lado personas realmente difíciles, recordemos que nuestra vocación de cristianos es “vencer el mal con el bien” (Ro.12:21), y “lavarle los pies a los otros” (Jn.13:14). Como dice el apóstol aquí: “Soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor”. Al respecto, Lutero escribe: “Aunque tu cónyuge, tu patrón, o tu empleado realmente tengan un lamentable defecto, sopórtalos y usa aún mas gracia para servirlos, hasta que se conviertan. Ten presente que has sido llamado para llevar las cargas de tu prójimo, y que seguramente también hay faltas en ti, que los demás deben soportar”.
En los servicios que fuimos llamados a hacer, tengamos en cuenta nuestra elevada y sublime vocación de cristianos e hijos de Dios, y comportémonos como es digno de esa vocación. ¡Dios nos conceda su gracia, para vivir cada vez mejor de esa manera!