22 de marzo 2026

    22.Porque convenía a Aquel, por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos.He.2:10

    Cristo fue perfeccionado como autor de nuestra salvación, mediante dos ejercicios muy extraños para el Hijo de Dios: La obediencia y el sufrimiento. “Convenía que perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos”. Y en He.5:8: “Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia”.

    Nótese esto: ¡El Hijo de Dios aprendió obediencia! Era algo realmente nuevo para Él. Siendo el Señor y Legislador de todas las criaturas, se humilló a sí mismo y fue un obediente siervo, sumiso a la Ley que Él mismo nos había dado. Como si Él mismo estuviese maravillado, en el Salmo declara proféticamente: “Has aumentado, oh Jehová, Dios mío, tus maravillas y tus pensamientos para con nosotros… Sacrificio y ofrenda no te agrada. Has abierto mis oídos… Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí. El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal.40:5ss).

    Las palabras “has abierto mis oídos” indican que Cristo nació “bajo la Ley” (Gá.4:4), obligado a obedecerla, porque ese es el deber de un siervo: oír y obedecer. Y como era un ejercicio totalmente nuevo para el Hijo de Dios, entendemos por qué el apóstol dice que “aprendió obediencia”. Pero aprender obediencia, ejercitarse en la obediencia a la Ley que Dios nos dio a los seres humanos, y hacerlo con verdadera vocación, era algo que el Hijo de Dios jamás necesitó para sí mismo. Lo hizo sólo como capitán o autor de nuestra salvación. Lo hizo como el segundo Adán, para aprobar en lugar de toda la humanidad la prueba de la obediencia, la misma prueba en la que fracasó el primer Adán. “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro.5:19).

    Nuestra gran pecaminosidad consiste básicamente en la desobediencia a los Mandamientos de Dios. Somos culpables de cometer innumerables transgresiones y faltas todos los días. Así, pues, qué glorioso consuelo es saber que Dios nos ha dado un Salvador, ¡que efectuó en nuestro lugar perfecta y completa obediencia a su santa voluntad!

    “Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos”, dice la Biblia, y se refiere a la obediencia de Cristo, que ha cumplido verdaderamente la Ley. A los que creemos en Jesús como nuestro Salvador, Dios nos adjudica y otorga la Justicia, los méritos y la santidad de su Hijo. Con esa Justicia podemos presentarnos confiados ante Dios, porque es la justicia que la Ley nos exigía a nosotros, pero que nunca pudimos alcanzar.

    Como dice San Pablo: “Porque lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne, lo hizo Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado” (Ro.8:3).

    No fue suficiente que Cristo borrase nuestros pecados con el derramamiento de su sangre. También debió cumplir la Ley. Y agradó al piadoso Padre darnos un Sustituto, el “nuevo Adán”, que habría de superar la prueba. Uno por todos, y todos por Uno. Por eso, si bien era el Hijo de Dios, no obstante “aprendió obediencia”. Y siendo “perfeccionado”, “vino a ser Autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (He.5:9). Así, mediante su sufrimiento y obediencia, llegó a ser el autor de nuestra salvación. Siendo un niño en el pesebre, todavía no había sido “perfeccionado” como autor de nuestra salvación. Si hubiese regresado inmediatamente del pesebre al cielo, su venida de las alturas no habría servido para nuestra bienaventuranza.

    Primero debió ser preparado, para luego llegar a ser el Redentor, el “autor de nuestra salvación”. Fue absolutamente necesario que primero, a través de pruebas y tribulaciones, cumpliese toda justicia por nosotros y en nuestro lugar (Mt.3:15). O sea, que cumpliese nuestras obligaciones. Fue inevitablemente necesario que Él sufriese toda la maldición que nos correspondía a nosotros. Más aún: que Él fuese “hecho maldición por nosotros” (Gá.3:13).

    Él debió luchar, sufrir, ser herido y abandonado por Dios. Debió morir como la persona más repudiada por Dios. Debió atravesar todos esos abismos, para llegar a ser nuestro “perfecto” Salvador.

    Y esto no fue todo lo que le habría de sobrevenir, para lograr su gran objetivo.También tendría que alzarse de la muerte y levantarse como el Príncipe de la vida, ascender al cielo con nuestra sangre y carne, y sentarse “a la diestra del trono de la Majestad en los cielos”(He.8:1), para poder enviarnos de ahí su Espíritu, y preparar para Sí un pueblo fiel en la tierra.

    Solamente después de atravesar las tenebrosas profundidades del infierno, beber la copa de la ira de Dios, arrojarse al abismo de la maldita muerte, romper el sello del sepulcro, ascender al cielo y sentarse en el trono de Dios… llegó a ser nuestra “sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Co.1:30). Recién después de obedecer y sufrir todo lo que la Ley nos exigía a nosotros, Jesucristo se presentó ante Dios y ante el mundo como el “Perfecto” Salvador y Sumo Sacerdote de todos los pecadores.

    Publicado por editorial El Sembrador