22 de junio 2026

    22.En descanso y reposo seréis salvos.Is.30:15

    ¡Qué lamentable que haya tanta gente que no conozca las bendiciones que Cristo les ofrece y lo que Él nos obtuvo con su muerte! La mayoría, espiritualmente confiada y dormida, desprecia con ligereza la gracia de Dios. Si persisten en esa actitud, lamentablemente serán condenados, sin remedio. Un día verán, al que “traspasaron” y despreciaron (Zac.12:10). Pero los que reconocemos nuestro pecado y la justa condenación que nos pronuncia la Ley; y queremos volver a Dios, pero nos sentimos incapaces y no nos atrevemos a presentarnos ante Él, -por culpa de nuestras grandes deficiencias-, debemos recordar que: ¡No es nada extraño que la Ley y nuestra conciencia nos condenen! En nuestra vida ciertamente no faltan pecados. No logramos hacer todo el bien que debiéramos hacer. Ni siquiera podemos arrepentirnos como corresponde. No somos capaces de adorar, amar y luchar como debiéramos hacerlo. ¡No! Todo lo que la Ley demanda de nosotros, nos falta; y lo que la Ley prohíbe, nos sobra. ¡Pero escuchemos! Nuestro Señor Jesucristo cargó toda esta miserable, indefendible y condenable perversión sobre si mismo, “porque a Cristo, que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Co.5:21). “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, hecho maldición por nosotros” (Gá.3:13).

    ¿Qué más puede hacer Cristo para salvarte? ¿No alcanza con esto? ¡Hombre! ¿Quién puede condenarte todavía? Dios ya no te condena, porque está totalmente satisfecho con lo que Cristo ha hecho por ti. Por eso ahora Él te invita a recibir su gracia. Tu Salvador tampoco te condena, al contrario, dio su sangre y su vida por salvarte y ahora llama piadosamente: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados ¡Y yo os haré descansar!” Ni te condena el Espíritu Santo, porque se dedica a revelar a tu alma quién es Cristo y te llama e invita cariñosamente a las Bodas celestiales (Mt.22:4). ¿Quién o qué nos condena entonces aún? Sólo la incredulidad nos condena. Y son el diablo y nuestro propio malvado corazón quienes nos inspiran la incredulidad y nos condenan. Nos dicen que lo que Cristo ha hecho por nosotros no alcanza.

    ¡Asustémonos de nuestra incredulidad! Jesucristo nos invita, más aún, nos ordena creer en Él (Jn.12:36; 14:1). Y nos advierte que si no creemos en Él, no veremos la vida y estaremos bajo la ira de Dios (Jn.3:36). Por eso, pidámosle a Dios que nos dé el don de la fe, ¡Y no desistamos hasta que no estemos seguros de que Cristo hizo por nosotros todo lo necesario! ¡Que el sacrificio de Cristo es suficiente, eternamente suficiente, para nuestra salvación! Quien en su desgracia pone toda su confianza únicamente en Cristo, es salvo. Tiene la fe salvadora. Es un cristiano. Conoce a Jesucristo, cree en Él y tiene la vida eterna.

    “Bien”-dicen algunos- “sabemos todo eso acerca de Jesús. También creemos que es cierto. Sin embargo eso no nos da el poder, ni la paz, ni la felicidad…” Más de uno se lamenta así. Y es verdad. La fe es un don que no todos recibieron.

    Muchos poseen lo que podría llamarse una “fe histórica”. Tienen cierto conocimiento de Cristo, pero jamás gustaron la dulzura y el vigor que la fe viva y santificadora trae consigo. Otros solamente desean sentir y experimentar la dulzura de la gracia, del amor y de la presencia del Salvador. Tienen una fe verdadera: Cristo es su único Salvador y el mejor Amigo. En Él depositan toda su confianza.

    Pero al recordar sus dulces experiencias del principio, las extrañan y quisieran sentirlas de nuevo. Estos creyentes deben prestar atención al hecho de que la Escritura sólo habla de fe, de fe en Cristo y en su Palabra, y no de los sentimientos que experimentamos. La Escritura requiere fe en la sola Palabra, tal cual la leemos o escuchamos. Jesús habla de guardarla, de aferrarse a la misma como una planta echa sus raíces en la tierra. No importa si nuestros sentimientos son dulces o amargos; en cualquier situación debemos conformarnos con la voluntad de nuestro buen Salvador, y creer en su presencia, aun cuando Él parezca ocultarse por momentos para probar nuestra fe, como hizo con la mujer cananea (Mt.15:21ss). Recordemos cuánto le agradó la perseverancia de esa mujer. Sumamente complacido por la fe de esa mujer, Jesús finalmente exclamó: “¡Oh mujer, grande es tu fe! ¡Hágase contigo como quieres!” (v.28). Luego el Señor también le hizo gustar y comprobar su maravillosa ayuda. ¡Démosle esa satisfacción a nuestro Salvador también nosotros! Su mayor deleite, en su relación con nosotros, es ver que creemos en Él. Pero es necesario creer realmente. En nuestras preocupaciones espirituales, en nuestras angustias y tribulaciones por causa del pecado, podemos encontrar verdadero alivio, paz y salvación. Podemos recibir por la fe en Cristo el auxilio y la justificación que necesitamos. Para recibir el don de una fe viva y verdadera, y obtener estos beneficios de la Palabra de Dios, es muy conveniente que prestemos atención a algún párrafo de la Biblia, quietamente, como dice nuestro texto. Es muy provechoso meditar a fondo en un claro pasaje del evangelio, o en una frase de Jesús que nos resulte especialmente llamativa. Analizarla con seriedad y tranquilidad, porque “la fe viene por el oír” (Ro.10:17).

    Muchos pierden la gracia de Dios, por saltar todo el tiempo con sus pensamientos de un tema al otro, sin mirar si se trata de asuntos espirituales o materiales, naturales o divinos, y no pueden mantener su atención fija ni por un momento en Cristo crucificado. No quieren creer lo que la Escritura declara en todas partes, que la fe en Jesús resolvería todo, absolutamente todo. Por eso siguen afligidos con tantas ansiedades y la Palabra nunca llega a anclar en sus corazones, para producir la vida y el poder de la fe. Los calurosos rayos del sol no entibian al mar agitado, pero la quieta superficie de un lago recibe su luz y calor fácilmente. Lo mismo ocurre con el corazón humano.

    Publicado por editorial El Sembrador