22 de julio 2026

    22.Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.1 Co.13:2

    Una forma sutil del auto justificación, es tratar de alcanzar el cielo por medio del amor y sus manifestaciones. Esto es lamentable.

    Pero también tenemos que lamentar lo contrario. Vemos a cristianos que aprendieron la gran verdad principal, que son justificados sin mérito alguno de su parte, sólo por la fe en Jesucristo, y que por medio de esta fe reciben el amor de Dios, pero después de algún tiempo se vuelven tan fríos, apáticos y negligentes en el amor y en sus manifestaciones, que parecen vivir sólo para sí mismos. Y son rápidos para excusarse por esta falta, diciendo que somos salvos sólo por gracia, por la fe solamente, como si una fe sin amor nos podría salvar…

    Contra este lamentable engaño debemos pensar frecuente y seriamente en lo que la Palabra de Dios nos enseña al respecto. Es cierto que somos justificados ante Dios por medio de la fe, por pura gracia; solamente por el amor de Dios, que nos entregó a su Hijo por Salvador, y no por nuestro amor. Pero no es cierto que somos justificados por una fe sin amor. ¡No! “Es tan imposible que exista una fe viva sin amor, como que exista fuego sin calor” (Lutero).

    Cuando las Escrituras enseñan que somos justificados sólo por fe, significa que somos justificados solamente por la obra de Cristo; y la fe en Cristo produce normalmente una respuesta de amor a Él.

    Nuestro Señor Jesucristo dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn.13:35). Y en su primera epístola San Juan repite muchas veces que sólo por causa del amor sabemos “que somos de la verdad” y que “somos de Dios”, y “nacidos de Dios” (1 Jn.3:19; 5:19; 4:7).

    Una vez que llegamos a la fe, nuestros corazones también conocen este nuevo y ardiente amor, no sólo hacia el piadoso Dios que nos perdona todos nuestros pecados, sino también hacia nuestros semejantes. Por un lado sentimos ese “afecto fraternal” hacia todos los que, según nuestra opinión, creen en Jesucristo y lo aman. Y por el otro, también sentimos piedad por los infieles, de modo que pensamos con entrañable “caridad” en la salvación y eterna bienaventuranza de todos los seres humanos.

    Si este sagrado amor se apaga, ¿qué pasa con nuestra fe? Por serena y robusta que sea nuestra confianza, y por más brillante que sea nuestra luz espiritual, nuestra fe no es nada más que una imagen muerta de lo que fue antes, siendo que ya no produce ningún amor.

    Notemos las grandes y sublimes virtudes que nuestro Señor Jesucristo encontró en el ángel de la Iglesia de Éfeso, aún después de que éste había abandonado su primer amor (Ap.2:1-7). Según la declaración del Señor esa falta de amor era una “caída” tan grave, que si no se producía un sincero arrepentimiento, el candelero sería quitado de su lugar (v.5).

    “Conozco tus obras -dijo el Señor- y tu arduo trabajo, y tu paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi Nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (Ap.2:2-5).

    Aquí vemos que el amor es una virtud muy especial en el corazón, y algo que se puede perder, a pesar de actitudes tan virtuosas y de hazañas cristianas tan valiosas como las que Jesús menciona aquí (Ap.2:2ss). Eso sucede cuando las personas ya no se arrojan a los pies de Jesús en busca de perdón, pues se creen buenas en sí mismas. En consecuencia, tampoco pueden seguir amando a los hermanos.

    El apóstol muestra que este amor puede faltar a pesar de las más espléndidas apariencias de piedad, cuando dice: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes, para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Co.13:1-3).

    Esto ciertamente debe inducirnos a reconsiderar, -en presencia de nuestro Señor-, cómo llegar a tener ese verdadero amor. De las palabras de nuestro Señor Jesucristo, y de las de Pablo, deducimos que, independientemente de lo que somos, creemos o hacemos, mientras no poseamos este verdadero amor en nuestros corazones, engendrado allí psólo por gracia, por la fe en Jesús, todo es falso; y las palabras son mentirosas, por hermosas y cristianas que parezcan.

    ¡Recordémoslo durante toda nuestra vida!

    Publicado por editorial El Sembrador