22 de febrero 2026

    22.El propósito de este Mandamiento es el amor.1 Ti.1:5

    El conocimiento superficial de la Ley convierte a las personas que se interesan por Dios y quieren apartarse del mundo, en miserables santurrones, en fariseos presumidos y enceguecidos, mucho más cerrados al Espíritu del Señor que los peores pecadores. Como lo declaró Jesús: “Los publicanos y las rameras van delante de vosotros al Reino de Dios” (Mt.21:31).

    Este fariseísmo autosuficiente, cautivante y enceguecedor surge en el corazón humano porque éste tiene un concepto muy equivocado de la santa Ley de Dios. Concentra la atención en sus obras y en la conducta externa, sin prestarle atención al amor.

    La pureza y la santidad del corazón es la primera y principal demanda de la Ley de Dios y la fuente de la que proviene toda verdadera obediencia. En lugar de eso, la persona farisaica hace un programa diario de prácticas piadosas, o se impone penitencias visibles. Por ejemplo, renuncia a ciertos malos hábitos muy visibles, y comienza a leer la Biblia y a orar. Y con eso se consuela, como si ahora habría hecho lo que debía hacer; como si la Ley de Dios no le demandara más que eso, cuando en realidad ni siquiera entendió todavía lo que demanda el Primer Mandamiento, y mucho menos lo cumplió…

    En efecto, no le importa en absoluto que Dios, ante todo, espera que lo amemos y confiemos en Él sobre todas las cosas; y que ese sea el requisito del primer y mayor Mandamiento. Pasar por alto lo más importante de la Ley, es algo totalmente perverso ante Dios: ¡Es una burla y una blasfemia contra Él!

    La persona capaz de conformarse con la mera observancia aparente y formal de la Ley de Dios, en vez de su cumplimiento íntegro y verdadero, demuestra que su piedad no tiene en cuenta a Dios, sino sólo determinadas obras de propia confección, sus grandes cualidades y su santidad personal. Y que en realidad Dios mismo y su voluntad le interesan muy poco. Se burla de los Mandamientos, y los desprecia. Pero se siente bienaventurado porque fue capaz de abandonar esta o aquella práctica pecaminosa. Si solía jurar y tomar el Nombre de Dios en vano, y ahora no lo hace más. O si solía profanar el Día de reposo con trabajos o pasatiempos mundanos, y ahora, en cambio, dedica el día a escuchar la Palabra y a orar. O si anteriormente se permitía excesos de comidas y bebidas, o se dejaba seducir por la vanidad y sensualidad, pero ahora dejó esas cosas de lado. Tal vez cultivaba un vicio, vivía en fornicación, practicaba la deshonestidad en sus negocios y trabajo, pero ahora desechó todas esas cosas…

    ¿Acaso no es todo eso una victoria tras otra? ¿Acaso no es el camino de la santificación, de un ser realmente convertido, de un verdadero cristiano? Esa persona hace más todavía: Si antes no le importaba el bienestar de los otros, ahora toma a pecho la desgracia de todo el mundo y presta su ayuda material y espiritual a mucha gente. ¿Acaso no son éstos los frutos del Espíritu? ¿No es este amor el cumplimiento de la Ley? Y ¿acaso la persona conocida por tales obras de beneficencia no tiene derecho a sentirse feliz y reclamar para sí los beneficios de Cristo?

    Sin embargo, a pesar de todas sus buenas obras no está obrando sinceramente ante Dios. No toma en cuenta el primer y mayor Mandamiento de Dios, que se dirige al corazón. No entiende lo que ese Mandamiento estipula en cuanto al amor a Dios, a la pureza de los pensamientos y deseos; en cuanto al engaño de la autoestima, de los placeres carnales, de pasiones como la envidia, el orgullo y el odio. Es un “impostor piadoso”, al que no le importan esos pecados internos, que nadie ve, ni siquiera él mismo. ¿Y por qué no los ve? Sencillamente por causa de ese grueso velo de santidad y buenas obras aparentes, que cubre su ser interior, al punto que no le deja ver la impiedad allí reinante. ¿Y acaso esto no es obrar perversamente ante la Ley Dios, queriendo ignorar esa gran verdad, de que Dios ante todo mira el corazón?

    Cada Mandamiento del Decálogo primero demanda santidad interior, y el reconocimiento de que Dios es santo y celoso y que no se deja impresionar ni engañar con relucientes obras. Él quiere que todo el ser humano se ajuste plenamente a su voluntad, por eso dice: “¡Santos seréis, porque santo soy Yo, Jehová, vuestro Dios!” (Lv.19:2).

    Por causa de la hipocresía, de esa falsa postura ante la Ley, nuestro Señor Jesucristo siempre censuró a los fariseos. Les dijo: “Limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad…Diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis (de lado) lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mt.23:25-28). ¡Ah, que todos reflexionen en el celo del Señor Jesucristo por la Ley! ¡Qué despierten y comprendan que Dios juzga nuestra relación con la Ley a la luz de ese celo!

    Publicado por editorial El Sembrador