22 de enero 2026

    22.¿Porque qué le aprovecha al hombre si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?Lc.9:25

    Con buena conciencia, el creyente puede tener una propiedad, un terreno o una familia. Sin embargo, cuando Cristo habló de los obstáculos que impiden a muchas personas entrar al Reino de Dios, mencionó precisamente esas cosas (Lc. 14:18-24). Amar al padre o a la madre no sólo es lícito, sino que además es algo ordenado por Dios. Pero Jesús también dijo: “El que ama a padre o madre más que a Mí, no es digno de Mí… no puede ser mi discípulo… y no puede entrar al Reino de Dios” (Mt.10:37; Lc.14:27).

    Los que tienen una vida despreocupada y cómoda ni siquiera imaginan que es posible pecar al desear cosas tan inocentes y lícitas como propiedades o negocios o que se puede estar pecando al amar al padre, a la madre o algún otro miembro de la familia. Es que sólo tienen en cuenta el ser u objeto amado y piensan: “No está mal lo que quiero. Hasta los más fieles cristianos también tienen -o tratan de tener propiedades, trabajo y familia. ¿Por qué no se me debería permitir a mí procurar esos bienes?” Lo malo es que su deseo o amor se volvió idolátrico, apasionado y egoísta; la codicia dominó su corazón y su alma a tal punto que Dios, su gracia y su voluntad quedaron totalmente postergados; ya no tienen tanta importancia como para satisfacer y contentar sus almas. Se han vuelto materialistas y por eso no le dan la debida atención a Dios. Pero no son suficientemente honestos consigo mismos como para reconocer su desvarío.

    Aun percatándose de que están subyugados por ídolos y apasionados por sus intereses, no pueden resistirse. Ni siquiera quieren librarse de ese amor perverso. Viviendo así, corren un serio peligro.

    Pero el diablo no sólo se vale de las riquezas materiales, de la sensualidad o de los deseos carnales para atrapar las almas de los cristianos (1 Jn.1:15-16). Se vale también de los “hijos de este mundo” (Jn.8:23; 1 Jn.5:19), que son sus dóciles servidores; a veces para asustar y desanimar a los creyentes por medio de enemistad, persecución y amenazas; otras veces para engañarlos y seducirlos con toda clase de promesas, adulaciones y demostraciones de amistad. ¡Cuántos ejemplos lamentables existen de esto! Pensemos en el profesional al que la gracia de Dios llamó a la fe, lo iluminó y le concedió el perdón, por lo que se apartó de la injusticia, vanidad y corrupción del mundo, y comenzó a buscar “las cosas de arriba” (Col.3:1). Pero después de algún tiempo notó que sus conocidos y amigos ya no solicitaban sus servicios. Sus ingresos se achicaron y no pudo soportarlo más ni esperar que el Señor le ayude y cedió a la idea de reconquistar la amistad del mundo. Por eso comenzó a ocultar su cristianismo, a comportarse nuevamente como los impíos, a distanciarse de los despreciados creyentes y a preferir la compañía de la gente que el mundo respeta y elogia; es decir, los ricos y famosos. Actúa de forma que la gente no sospeche que él podría ser diferente a ellos, que podría reprenderles, porque viven alejados de Dios. Para agradarles, comienza a consentir en pequeñas cosas, a participar en círculos sociales y a divertirse con los encantadores placeres mundanos. Entonces la gente mundana se pone contenta por haberlo reconquistado y pronto lo seducen a hacer lo que quieren. Pronto se lo puede ver emborrachándose y divirtiéndose con ellos, haciendo lo que le agrada a la carne.

    Pero no sólo los cristianos que tienen riquezas pueden caer en la red del mundo impío. Puede suceder con los creyentes de todas las clases sociales y profesiones. A un comerciante, a un ama de casa, a un estudiante, a una empleada, a un pastor…. Con personas que llegaron a la fe en Jesús, pero no soportan el desprecio, el repudio o la persecución del mundo; éstos no pueden aceptar la pérdida de su fama y sus ingresos económicos.

    Tratan por todos los medios de recuperar la amistad del mundo, acomodándose al mismo. Sin embargo no quieren que alguien desenmascare su coqueteo con el mundo. No, esa triste realidad debe quedar oculta, disimulada tras piadosas conversaciones sobre la libertad cristiana y hasta sobre el deber del cristiano de no huir del mundo, a fin de poder servirle mejor. Pero nunca llega el momento de serle útil, de prestarle ese servicio al mundo, advirtiéndole seriamente de su perdición, porque uno siente la necesidad de comportarse siempre en forma afectuosa y afable con él, ¡para no herir ni ofender a nadie! Entonces sucede al revés: Es el mundo impío el que se impone y toma control sobre el joven cristiano. Si esa pobre alma no se despierta ni se detiene a tiempo, si no “sale y llora amargamente” (Mt. 26:75), y en cambio sigue “unido en yugo con los infieles” (2 Co.6:14), se convierte cada vez más en esclavo del mundo y de la popularidad.

    El poder espiritual de la gracia se esfuma, y la amistad con Dios termina, porque “la amistad del mundo es enemistad con Dios” (Stg.4:4). También se rompe la comunión con los creyentes pues esa es una consecuencia inevitable, como lamenta San Pablo: “Demas me ha abandonado, amando este mundo” (2 Ti.4:10). Y al evitar a las personas y los libros que enjuician esa conducta, se vuelve miserable y endurece su corazón cada vez más. Así suele producirse la apostasía.

    Publicado por editorial El Sembrador