22 de diciembre 2026

    22.He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado.Ro.9:33

    ¿Cómo sucede eso? ¿Cómo puede Cristo convertirse en un medio de perdición para nosotros?

    Podemos verlo claramente en el caso de los judíos. En primer lugar, ellos se escandalizaron por su apariencia humilde y por su muerte vergonzosa. En segundo lugar, por la doctrina y los juicios de Cristo, tan diferentes a los suyos.

    Lo mismo sucede en la actualidad. El mundo ciego se escandaliza ante la Persona y el Evangelio de Cristo. La gente piensa que es una tontería. El hecho que el Hijo de Dios asumiera la naturaleza humana y fuese degradado a tal extremo, es una locura para nuestra razón. Y lo mismo pensamos de la doctrina de la reconciliación por medio de su muerte y los sacramentos.

    Si miramos el contexto en el que se encuentran las palabras del apóstol, veremos que el “tropiezo” es la doctrina de que Cristo perdona a los indignos pecadores, pero condena a los que se consideran justos a sí mismos. Esta es la “roca de caída”. E incluso hoy la gente sigue diciendo: “Este recibe a los pecadores” (Lc.15:2). “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora” (Lc.7:39). Y así por el estilo.

    Este “tropiezo” u ofensa, se produce en todos los lugares donde el evangelio es predicado en Espíritu y en verdad. Y no sólo con la gente superficial y frívola, sino también con muchos que “tienen celo de Dios” y “siguen una ley de justicia” (Ro.10:2; 9:31).

    Sucede también con muchos que son considerados piadosos e iluminados cristianos, pero cayeron en confusión y comenzaron a rechazar el Evangelio, que no es otra cosa que la gracia de Dios en Cristo. Lo consideran como una enseñanza extraña, peligrosa para la santificación, y así se oponen a él. Es como dice el profeta: “Muchos tropezarán… y caerán” (Is.8:15). Porque si Cristo no hubiese venido a sus ciudades con su Evangelio, habrían seguido confiando tranquilamente en su propia justicia. Pero ahora han sido sorprendidos y se han revelado como enemigos del Evangelio, que con su luz y poder los ha desenmascarado.

    “Y el que creyere en él, no será avergonzado”. ¡Alabado sea el nombre del Señor! Por más que muchos en Israel y en la cristiandad tropiecen en esta roca y caigan, hay sin embargo otros para quienes Él es “piedra preciosa” (Is.28:16) y roca de salvación. Sobre él, muchos basan toda su esperanza y consolación, en la vida y en la muerte. Y para ellos vale esta promesa: “El que creyere en él, no será avergonzado”. No ser avergonzado significa que la esperanza en él no será defraudada.

    Pero, también somos conscientes que los cristianos a menudo son acosados por temores y dudas, preguntándose, por ejemplo: “¿Puedo estar seguro de que esta promesa también es para mí?” Dudas como esa han atormentado a muchos santos, de todos los tiempos. Y las experimentamos en nuestras vidas. Así es en nuestra estrecha relación con Dios.

    Son muchos nuestros errores y debilidades. Tan opaca y débil es nuestra fe, que a menudo no sabemos si realmente somos salvos, aunque creemos en Jesucristo.

    Entonces, nuestro Padre eterno viene a nosotros y nos asegura: “Deposita toda tu esperanza tranquilamente sobre la roca que he puesto en Sión. Él nunca te defraudará. El que creyere en él, no será avergonzado”. Prestemos atención, pues, a las palabras: “El que en él creyere, no será avergonzado”. No hay diferencia. Nadie está excluido. Cualquiera que creyere en Él: Cualquier persona caída en desgracia por culpa de sus pecados y que se refugia en Él; cualquiera que desespera de su propia justicia y de sus intentos por salvarse a sí mismo y oye el Evangelio, y confía en Cristo como su Salvador; cualquiera que acude a Él y le sigue, (como lo hicieron los pobres pecadores cuando Cristo estuvo en este mundo); cualquiera que por la fe en Él es adoptado como hijo de Dios y recibe nueva vida… ¡Cualquiera que creyere en Él de esa manera, no será defraudado! No puede ni debe ser avergonzado.

    No, sino que tendrá vida eterna, tan cierto como que Dios es fiel y veraz, y no puede defraudar a los suyos.

    Publicado por editorial El Sembrador