22 de agosto 2026

    22.Haré nuevo pacto con la casa de Israel: Daré mi Ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y Yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.Jer.31:31-33

    Llama la atención que el Señor diga: “Vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel”, y que agregue expresamente: “No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto”. Notemos que dice que hará otro pacto, no como el que hizo con ellos en el monte Sinaí, el pacto de la Ley. No obstante, ¡Ningún ser humano quiere creerlo! ¡Qué extraño que a casi nadie le interesa otra cosa que el pacto de la Ley!

    El Señor aclara categóricamente cuáles serían las diferencias entre los dos pactos, señalando tres características especiales. La primera es que en el primer pacto se escribió la Ley en tablas de piedra, mientras que los corazones permanecieron rebeldes, de modo que el Señor debió “obligarlos”. Pero ahora escribiría la Ley en el corazón y en la mente del pueblo. O sea, nos daría (por obra del Espíritu Santo), el sincero deleite en lo bueno y el amor al bien, lo que llegaría a ser una Ley interior y viviente en nosotros.

    En segundo lugar, sabemos que persona podía pasarle a otra las leyes del primer pacto, porque el código moral está en la misma naturaleza del hombre, inclusive en los paganos, (si bien en forma no clara). Sin embargo el nuevo pacto sería tal, que nadie podría entrar al mismo por más enseñanza que un hermano le diera al otro. No, sino que sería como explica Jesús: “Todos me conocerán”. Serían instruidos por Dios mismo, iluminados por su Espíritu. Es lo que Jesús dijo repetidas veces: “Nadie puede venir a Mí, si el Padre que me envió no lo trajere” (Jn.6:44). “Ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”(Mt.11:27b).

    La tercera diferencia es la siguiente: Según el primer pacto, el pecador siempre debía responder por su pecado. Y siempre debía ser castigado en conformidad con su delito. En cambio, en el nuevo pacto sería perdonado y su pecado olvidado. No le sería imputado “porque perdonaré la maldad de ellos”(Jer.31:34). El perdón es el fundamento y la razón para las dos declaraciones precedentes. Y así es. La Escritura y nuestra experiencia nos enseñan que ningún ser humano conoce a Dios de otro modo, ni llega a tener la Ley escrita en su corazón ni a deleitarse profundamente en la misma, si no es por el medio dispuesto por el Señor: El evangelio. Por este medio Dios perdona todos los pecados y reconforta las almas.

    El apóstol recalca enfáticamente esto contra los que -ya en su tiemposostenían que la predicación de la justificación por la fe, tan llena de consuelo, invalidaría la Ley. Y creían que la Ley, por el contrario, promovería la santificación. Les dice: “Oh gálatas insensatos… esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu (de la gracia) por las obras de la Ley, o por oír (el evangelio de Jesús) por fe?” (Gá. 3:1-2). De la misma manera habla también a los romanos: “Luego ¿por la fe invalidamos la Ley? En ninguna manera, ¡Sino que confirmamos la Ley!” (Ro.3:31).

    Lo mismo dice el Señor Dios aquí: “Escribiré mi Ley en sus corazones y en sus mentes…” “porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”. En Hechos 10:43 se enseña lo mismo: En el mismo momento en que Pedro pronunciaba las palabras: “De Éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados en su Nombre”… entonces, “mientras Pedro aún hablaba estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso”.

    Hemos de rechazar la opinión que, aparte de la predicación de la justificación por la fe en Jesús, existe otra predicación por la que recibimos al Espíritu Santo y la santificación ¡No! Es sólo la predicación de la justificación por la fe la que confiere al Espíritu Santo. Nadie cree en Jesucristo y queda justificado en Él, sin la obra del Espíritu Santo. Y dondequiera que habita el Espíritu Santo, Éste obra la santificación.

    Toda piedad que no procede de la gracia de Dios en Cristo Jesús, y de la fe en Él, es un fruto de la carne, y ante Dios son “obras muertas” (He.6:1). Ésta es una conducta forzada, obligatoria. Son “las obras de la Ley” (Ro.3:20). Y todos los que practican la religión de esa manera, permanecen bajo la maldición de la Ley.

    Por eso el Apóstol también declara abiertamente: “Yo por la Ley soy muerto para la Ley, a fin de vivir para Dios” (Gá.2:19). Y otra vez: “Pero ahora estamos libres de la Ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu, y no bajo el régimen viejo de la letra” (Ro.7:6). A eso se refiere el Señor cuando dice en Jeremías 31:33-34: “Daré mi Ley en su mente, y la escribiré en su corazón… porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”.

    La doctrina de la santificación obrada por Dios, nunca excluye el uso de la amonestación benigna y constructiva, ni la necesaria poda de las ramas, por parte del fiel Labrador. Pero revela lo inútil que es podar las ramas muertas, porque después de todo, serán quemadas, no importa lo bien podadas que estén. Sin embargo la vida interior, el amor al bien y el deleite en el mismo, surge sólo por la generosa gracia derramada sobre un agobiado pecador; la gracia de Jesucristo que derrite el corazón e infunde el Espíritu Santo. Así hemos de entender las palabras del Señor: “Daré mi Ley en su mente, y la escribiré en su corazón… porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”.

    Publicado por editorial El Sembrador