21 de septiembre 2026

    21.He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír.Is.59:1

    Hay algunos cristianos que están muy decaídos por algún contratiempo que sufrieron, tan preocupados, doloridos y desorientados, como si no fuese posible arreglar su situación; como si hubiese desgracias en las que Dios ya no puede ayudar; como si Dios estuviese muerto, o hubiese quedado impotente, dando el Altísimo a sus hijos motivo para sentirse deprimidos, abandonados en la necesidad, de modo que tengan que andar afligidos. En general, estas personas parecen tener fe y suficiente conocimiento bíblico; pero, en ciertas adversidades o dificultades sienten tal temor, suspiran y se lamentan de tal manera, que pareciera que ya no creen más en su Dios y Salvador. Si se les recuerda que deben confiar en Dios contestan: “Ya sabemos que Dios es poderoso, fiel, etc., pero mi desgracia no tiene arreglo…”

    Sí, a veces ese espíritu de tristeza puede atacar a cualquier cristiano. Sin embargo son sólo las tinieblas de la incredulidad y del engaño las que le hacen pensar al cristiano, que debe sentirse infeliz, y creer que existen situaciones que no tienen arreglo. El Señor siempre nos pregunta: “¿Acaso se ha acortado mi mano para no redimir? ¿No hay en Mí poder para librar?” (Is.50:2). ¿O es que Dios puede borrar a sus hijos de su corazón? “¿Qué es de la carta de repudio de vuestra madre, con que Yo la repudié? ¿O quiénes son mis acreedores, a quienes Yo os he vendido?” (Is.50:1). Es un error pensar que existen cosas por las que un cristiano tenga que ser infeliz.

    Un hijo de Dios nunca se siente infeliz, realmente infeliz. Ante todo, porque ser un hijo de Dios ya es en sí mismo un beneficio o una dicha tan grande, que en comparación con cualquier adversidad, aun cuando esa adversidad no tuviese arreglo en esta vida, es apenas como un pequeño grano de arena comparado con toda la tierra; o como la pérdida de un centavo frente a la ganancia de un millón de pesos. Y en segundo lugar, nuestro Dios puede solucionar cualquier problema: “La diestra del Señor puede cambiarlo todo”. Y lo que el Señor no quiere hacer, o considera que no es lo mejor ni lo más conveniente, nunca debe causarle tristeza a sus hijos, porque si el contratiempo persiste es ciertamente para el bien de ellos, para darles mayor felicidad, en su debido momento. Como dice el apóstol: “Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Ro.8:28). Esa es la gran ventaja que los hijos de Dios tienen sobre la gente incrédula: Cualquier cosa que les sucede debe cooperar para el bien de ellos.

    El mundo infiel puede tener más oro y plata, más casas y campos, más alimentos y ropas, más placer y diversiones… sin embargo, jamás puede tener la dichosa certeza de que todo y cualquier cosa cooperará para su bien. Al contrario, emplea todo para su perjuicio. Y cuando logra lo mejor y está en lo más alto de sus conquistas, tienen que percatarse de que no son más que viles siervos del diablo y herederos con él del fuego eterno. Por el contrario, aunque los hijos de Dios estén en las peores tribulaciones, en los más oscuros valles de lágrimas, en sufrimientos y pruebas… en medio de todo siguen siendo la niña del ojo del Señor, la delicia de su corazón, los hijos de la justicia, la nación santa, la raza escogida que va a ser llevada finalmente por los ángeles al seno de Abraham (Lc.16:22). Como Job, cuando había rasgado sus ropas, y estaba sentado en las cenizas, y gemía mientras se raspaba las heridas; o como Jeremías cuando se hallaba en la cisterna de lodo en la que debía morir de hambre (Jer.38:6); o como Daniel en el foso de los leones (Dn.6); o el pobre Lázaro, cubierto de llagas, echado a la puerta del rico (Luc.16:20).

    Con toda seguridad los amados hijos de Dios jamás pueden sentirse infelices, siendo que aun la adversidad debe cooperar para el bien de ellos; más aún, ni siquiera el pecado, que es la desgracia mayor, los puede condenar; ni el diablo los podrá derrotar ni la muerte los podrá dañar. Por el contrario: por obra y gracia del Señor todos estos terribles enemigos, de una forma u otra, les deben servir a ellos.

    Por esto, entendemos que no existe calamidad de la que nuestro Dios no nos pudiese salvar. ¡No hay poder que nos pueda separar del “amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor! (Ro.8:39). No hay enemigo capaz de arrebatar a las ovejas de la mano de Cristo Jesús. Para que éstas se puedan perder deben separarse deliberadamente del Señor, como lo hicieron nuestros padres en el Edén; deben desobedecer conscientemente su voz (He.10:26), dejarse engañar por la serpiente y por el hechizo del pecado. Este es el fundamento para la importante verdad de que ningún cristiano se perderá mientras tema a Dios, aprecie su Palabra, la escuche y se deje amonestar por la misma. En tanto ocurra esto, ningún poder del mundo será capaz de separarlo del amor de Dios que es en Cristo Jesús. No importa lo débil que fuese, lo horrible que parezca el problema, o lo profunda que fuese la miseria que lo aflige. Todo puede ser resuelto, en tanto busque la ayuda del Señor, en la forma en que Él prometió ayudar.

    Es imposible que quien confía en el Señor y lo invoca con fe, acabe desilusionado. Miremos las Escrituras desde el principio y veamos si fue defraudado alguien que confió en el Señor y lo invocó. No. Es pura incredulidad cuando un cristiano, en cualquier dificultad, se lamenta como si no tuviese esperanza. Porque nuestro Dios puede auxiliarnos en cualquier problema. En todas las situaciones es nuestro todopoderoso y fiel Padre celestial, que tiene cuidado de sus hijos; que comparte todos sus sufrimientos, los ayuda, protege y sostiene. Por medio de su profeta Él dice: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: El que os toca, toca a la niña de su ojo” (Zac.2:8b).

    Publicado por editorial El Sembrador