21.No heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre.Gá.4:30
Muchas personas que en general están bien instruidas, no saben cuáles son los dos reinos espirituales (totalmente diferentes entre sí), que existen en el mundo religioso.
Por un lado está el reino de la Ley. En este reino, cada persona recibe todo de acuerdo a sus méritos, conforme a las palabras del apóstol: “Pero al que obra (al que pretende justificarse con sus propias obras), no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda” (Ro.4:4).
El propio Señor Jesucristo quiso enseñar esto en la parábola de los obreros de la viña, cuando dijo que los que habían trabajado todo el día, soportando el calor de la jornada, no recibieron un solo centavo por gracia, sino sólo lo que habían merecido: El denario convenido por su trabajo. La Escritura llama a tales personas “siervos”, “esclavos”, “hijos de la esclava”, a aquellos que sólo reciben lo que se merecen (Mt.20:1-16).
En segundo lugar está el Reino de la Gracia, donde nada tiene que ver el mérito. ¡No! Quienes pertenecen a este Reino disfrutan de una perpetua gracia, porque Jesucristo les obtuvo la gracia de no ser juzgados más de acuerdo a la Ley. Por eso no se les cuentan más sus pecados. Como dice en Romanos 4:5: “Mas al que no obra, sino cree en aquel, que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”. Y también el rey David: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad” (a quien Jehová justifica sin obras meritorias propias) (Sal.32:1-2). La Escritura llama a estas personas “hijos”, “hijos de la libre”, que se quedan en la casa para siempre, y reciben la herencia (Jn.8:35).
Con estas palabras respecto a los esclavos e hijos en la casa, San Pablo recalca un punto que muchos todavía no observaron. Dios nos dio un impactante cuadro con nuestras familias, para ilustrar sus instituciones de gracia. ¿Acaso no es cierto que los queridos hijos viven en la casa de sus padres, bajo la gracia de ellos, de manera que nunca se endeudan, por más que disfrutan la bondad de sus padres? Obtienen todo lo que necesitan gratuitamente, sin costo. Reciben su comida y bebida, su ropa, su cuidado, su cama, su educación, etc., aunque posiblemente todavía no ganen absolutamente nada de dinero. Sólo consumen, pero nunca se endeudan por ello. No, por el contrario: Después de muchos años de disfrutar todas estas ventajas, incluso reciben su herencia.
Por otro lado, los empleados o peones trabajan duramente en la casa, y tal vez produzcan toda la riqueza de la que vive la familia. Pero con ellos se hacen las cuentas. Si durante el año cobraron o gastaron más del salario que les corresponde, quedan debiendo.
Se les cuenta la deuda. Y está fuera de toda discusión la posibilidad de que hereden algo de la casa. Lo repito una vez más: Los hijos no quedan debiendo lo que recibieron de sus padres, aunque no se lo hayan ganado ni merecido en lo más mínimo.
Y ¿cuál es la razón por la que los hijos nunca quedan debiendo nada? Es que los padres nunca contabilizan los servicios que les prestan. “¿Y por qué habrían de hacerlo? ¿Acaso no son sus hijos?” -preguntará alguien-. “¿A quién se le ocurriría cobrar servicios prestados a sus propios hijos, en tanto que viven bajo la custodia de sus padres, o en calidad de menores de edad?” Pues bien: ¡Ese es también el secreto del Reino de Dios! Con sus hijos Dios jamás lleva cuentas. Que tengamos una deuda con Dios o que no la tengamos, depende sólo de nuestra condición: si somos esclavos o hijos; si somos “hijos de la esclava” o “hijos de la libre”. En nuestro propio círculo familiar tenemos un cuadro fiel del Reino de Gracia, el cuadro que la Biblia nos pinta tantas veces. Como es con nuestros hijos, es también con los que están “en Cristo” y son hijos de Dios. No se lleva contabilidad con ellos. Son personas, a las que Dios ya no les imputa ningún pecado más. Viven en el clima de la bondad inmerecida del Padre celestial, solamente gracias a los méritos de su Hermano primogénito, Jesucristo. Gracias a Él se encuentran en la perpetua gracia de adopción.
¡Ah! ¿Será cierto? ¿Es posible que exista semejante Reino de Gracia en la tierra? ¡Sí, es cierto! Las Escrituras no pueden fallar, aun cuando nuestros cobardes corazones, impregnados de legalismo, se nieguen a aceptar esta bendita y consoladora enseñanza.
Pero, tan seguro como que la Escritura no puede mentir, esto es lo que sucede con todos los creyentes: Dios no les cuenta ningún pecado para condenación. Son sus amados hijos. Disfrutan de la misma gracia de Dios en sus peores momentos, tanto como en sus mejores momentos; tanto cuando se regocijan por el poder que tienen para hacer lo bueno, como cuando se alarman por sus pecados, y por su insensatez, de modo que “gimen a causa de la conmoción de su corazón” (Sal.38:8). Disfrutan de la misma gracia cuando gustan la dulzura del Señor, y también como cuando deben probar la hiel de la amargura, durante una prolongada sequía.
Si no fuese así, si le agradásemos más a Dios sólo en los momentos en que disfrutamos su ayuda para ser más piadosos y santos, entonces nuestra justificación sería resultado de nuestras obras, y Cristo habría muerto en vano. Entonces estaríamos en un reino de obras meritorias, habiendo dejado de lado la gracia; no estaríamos más en el Reino de Gracia, en el que dejamos de lado las obras meritorias.
No niego que a nuestra razón esto le parece una gran insensatez. Todo dentro de nosotros -nuestros sentimientos, razón, conciencia- está tan impregnado de legalismo, que todo el tiempo nos tira para abajo en nuestra imaginación. Pero ¿acaso podemos tomar en serio lo que nuestra naturaleza siente? ¿Es acertado que basemos nuestra confianza y esperanza de salvación en nuestros sentimientos e impresiones? ¿Acaso eso no equivaldría a apartarse de la fe?
¡Gracias sean dadas eternamente a Dios, por su don inefable! (2 Co.9:15).