21 de noviembre 2026

    21.Como Él es, así somos nosotros en este mundo.1 Jn.4:17

    Analicemos cuidadosamente estas palabras del apóstol Juan: “Como Él (Jesucristo) es, así somos nosotros en este mundo”. ¿Cómo se mostró Él en este mundo? ¿El unigénito Hijo del Padre, el resplandor de Su gloria y la imagen del Dios invisible? ¡Cuán secretamente asumió nuestra forma humana! Cuán profundamente oculta estuvo su gloria, “¡en semejanza de carne de pecado!” (Ro.8:3).

    Por cierto, la verdadera fe debía tener suficientes fundamentos para estar segura. Por eso los ángeles del cielo, se manifestaron visiblemente cuando Él nació; por eso Él hizo públicamente cosas que solo Dios puede hacer; por eso se transfiguró y mostró su gloria a sus discípulos, y desde el cielo Dios Padre dijo claramente: “¡Este es mi Hijo amado!” (Mt.3:17).

    Grandes señales indicaron claramente que en Él se cumplían todas las profecías mesiánicas; Él dijo: “Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados” (Jn.9:39). Para que los incrédulos y orgullosos, los que se guían por las apariencias y creen saberlo todo, sean castigados con ceguera espiritual. Fue la voluntad de su Padre que Él sea semejante en todo a nosotros, y llevara nuestras cargas; por eso Él fue la persona más rechazada del mundo: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is.53:3). Fue menospreciado; la mayoría de la gente no lo quiso, y escondían su rostro de Él.

    Qué absurdo le parece todo esto a la razón humana: Que el Hijo de Dios haya nacido en un establo, con los animales, y haya crecido en una aldea sin importancia, al punto que Natanael preguntó inocentemente: “¿De Nazaret puede salir algo bueno”? (Jn.1:46). El Hijo de Dios en este mundo fue más pobre que las aves del cielo, porque ni siquiera tuvo una vivienda propia, donde reposar. Él fue agraviado y afrentado; jueces injustos le escupieron en la cara; el gobierno corrupto ordenó que lo torturasen, y brutales soldados lo abofetearon y se divirtieron haciéndole sufrir. Después fue colgado en una cruz, a las afueras de la ciudad. Sus verdugos y la gente que pasaba, burlándose, le decían: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz… sálvate a ti mismo” (Mt.27:40). Finalmente Él gritó: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” Y encomendando su espíritu al Padre, murió, y fue sepultado. ¿Dónde podía la gente ver en Él algo de la majestad divina, algo del poder y la gloria del Creador? ¿Puede haber algo más absurdo en todo el mundo, que sostener que ese hombre era el Hijo de Dios?

    Pero Él también resucitó de entre los muertos, tal como lo había predicho. Y demostró que estaba vivo, apareciéndose a lo largo de cuarenta días a muchas personas. En una ocasión después de haber resucitado, apareció ante más de 500 discípulos que estaban reunidos (1 Co.15:6). Y ascendió al cielo, a la vista de muchos testigos. Así fue como el Todopoderoso estuvo oculto bajo una apariencia débil, en la persona de Jesús.

    Y pensemos ahora que: “Como Él es, así somos nosotros en este mundo”.

    Como es la cabeza, así son los miembros del cuerpo; como el esposo, así es la esposa. Si el esposo es pobre y miserable, también la esposa es pobre y miserable. Pero bajo esta apariencia miserable, se oculta la gloria de Dios; bajo la pobreza, las inmensas riquezas divinas; bajo el pecado e imperfección, la perfecta y eterna justicia. Por eso es necesario que no nos dejemos engañar por lo que vemos y sentimos. Parecía imposible que Jesús fuera el Hijo de Dios; del mismo modo, puede parecernos imposible que seamos hijos de Dios, “sus elegidos, santos y amados” (Col.3:12). ¿Pero, no deberíamos contentarnos con estar ocultos con Él, la cabeza de la Iglesia, durante el tiempo presente? ¿No deberíamos contentarnos con caminar con Él a lo largo de este valle de lágrimas, en estado de humillación?

    En este mundo, tenemos la infalible Palabra de Dios, que nos asegura que solamente por medio de la fe en Cristo llegamos a ser hijos de Dios, justificados y puros ante Él. Y debemos creer esto tan firmemente, como si ya estuviésemos ahora mismo en el cielo. Sí, tan cierto como que Dios no puede mentir. Creer que ciertamente es así, aunque no sintamos en nuestro interior ni la más mínima señal de que sea así.

    La principal razón por la cual todo esto está oculto en nuestras vidas, es porque el reino de Cristo es un reino de fe; y nuestro camino, un humillante camino estrecho para los empedernidos hijos de Adán. Cristo siempre hará juicio en este mundo, de modo que los que ven, sean cegados; y los que se contentan con no ver, vean. Esto es así para que todos los que se acercan a Cristo, y siguen a nuestro “Gedeón”, sean personas que se contenten con aquello que Él decida darles. Así como la tropa de Gedeón no fue elegida según su voluntad, sino a través de un proceso de prueba de parte de Dios. Con el fin de hacerle humilde, Dios ordenó a Gedeón que, de los más de 30.000 hombres que se habían presentado a pelear, llevara consigo al combate solamente a 300, a los que tomaron agua lamiendo, como lamen los perros (Jue.7). De manera semejante, sólo si eres como un perro, o sea: solamente si descartas lo que te parece importante e impresiona tus sentidos, podrás seguir a Cristo. Pero tal vez tú quieras ver, sentir y experimentar el dulce amor de Dios, de modo que todo vaya bien en tu vida, y resulte claro y evidente que Dios te ama; estar siempre firme en la fe y la piedad; ser siempre exitoso y bendecido en la sociedad.

    Quizás quieras que todos los cristianos estén limpios y sin defectos, demandas que primero no tengan ninguna debilidad, ni discordia, ni falta, y recién entonces los consideras cristianos. Pues mira, si quieres tener tu vida en Dios y no te contentas con tenerla oculta, incluso a veces toda cubierta de pecado y desdicha… entonces no sirves para este combate y es mejor que sigas tu propio camino. Los que son del Crucificado deben contentarse con andar a través de la oscura y densa neblina de la fe. Muchas veces deben contentarse sin ver ni sentir nada de la gracia de Dios, durante largos períodos, casi como si estuviesen totalmente abandonados…

    Publicado por editorial El Sembrador