21.Bendeciré a Jehová en todo tiempo. Su alabanza estará de continuo en mi boca.Sal.34:1
Así dice David, quién fue puesto a muchas y duras pruebas. Y lo mismo puede decir cada cristiano quién posee las bendiciones de Cristo, mostrándose siempre agradecido y contento. A esto también nos anima el apóstol, cuando dice: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Ts.5:18). Este es el deber más fácil y bendito de los hijos de Dios, el de comenzar la vida celestial ya aquí en el presente, alabando y engrandeciendo a nuestro Dios; cantando y exaltando a nuestro Padre celestial, por lo misericordioso que es y por el bien que nos ha hecho, hace, y hará.
¿Quién puede contar todos los motivos que tenemos para alabar a Dios? Es importante darse cuenta a tiempo que la ingratitud es un pecado que tiene muchas graves consecuencias. “La ingratitud seca la fuente de la bondad de Dios”. Es una especie de embeleso, que no permite ver las cosas buenas que se posee.
La persona ingrata cruzará por la vida como la más desdichada, como una víctima de perpetua disconformidad, que le niega la gloria a Dios y es una carga para sí mismo, aunque fuese la criatura más afortunada del mundo.
Por cierto, quien posee lo mínimo en esta tierra, todavía tiene grandes motivos para alabar, dar gracias y engrandecer a Dios continuamente. Porque tener la mera oportunidad de ver y conocer algo de las gloriosas obras y cualidades de Dios, debe llenarnos de su alabanza. “La tierra está llena de tus beneficios, oh Jehová” (Sal.104:24). El cielo y la tierra están llenos de su gloria. La persona menos afortunada tiene sobradas razones para alabar a Dios, aunque fuese sólo por lo que Él es en sí mismo.
¿Cuánto más, entonces, los que conocemos en nuestros corazones su inmensa gracia y misericordia, y hemos sido privilegiados con su perdón y con el maravilloso llamado al Reino de Cristo? ¿Cómo no habríamos de alabar a Dios, los que hemos sido bendecidos con la iluminación del Espíritu Santo, los que aprendimos a conocernos a nosotros mismos y a nuestro Salvador y llegamos a ser hijos de Dios? Y además, seguramente disfrutamos muchos beneficios materiales y visibles de Dios. Tenemos su Palabra, escrita y predicada, y el pan para el cuerpo; en fin, todo lo que hace falta para nuestro peregrinaje terrenal.
¿Cómo no habríamos de agradecer y amar entonces a Dios? Si por el contrario ignoras u olvidas todo eso, te muestras descontento e impaciente, y en cambio te amargas por pequeños reveses, eso revela una ingratitud que no puede quedar impune. El cristiano es una criatura feliz y agradecida.
Si hemos entendido que la ingratitud es un pecado muy peligroso y destructivo, queda todavía una pregunta que responder. ¿Cómo hemos de obtener corazones que valoran debidamente todas esas cosas buenas que Dios nos da, y le agradecen y alaban por ello? Pues bien, habrá que hacer lo que ordena el apóstol: “¡Despiértate, tú que duermes!” (Ef.5:14). Contemplar francamente a Dios ante nuestros ojos; eso es lo que hay que hacer. Las personas que antes fueron desagradecidas, porque estaban espiritualmente muertas, comenzaron a exaltar y alabar, después que les fueron abiertos los ojos para ver a Dios y todas las bondades que Él les concedió y les concede diariamente. Por eso David quiso despertar su alma para alabar a Dios, y se dijo a sí mismo: “¡Y no olvides ninguno de sus beneficios!” (Sal.103:2).
Pensamos que si Dios no nos da ningún beneficio, no necesitamos agradecerle. Sin embargo, hemos de alabar y adorar a Dios por lo que Él es en sí mismo, aunque no nos dé nada a cambio, así como nos sentimos atraídos por una persona importante, aunque no recibamos nada de ella. Pero, en los hechos, la verdadera gratitud a Dios nace en nuestro corazón solamente después de que hemos recibido su inmenso don, la maravillosa gracia de la salvación de Cristo. Esto conmueve profundamente al duro corazón humano y crea un nuevo corazón. Por eso, nunca podemos esperar que alabe verdaderamente a Dios quien no ha conocido esa inmensa gracia; ha sido salvado del poder de la muerte y del diablo, y regenerado por el Espíritu de Dios. Los muertos no alaban; y a no ser que una persona nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios, ni en el futuro ni en el presente. Está espiritualmente ciega. No ve la gran gloria de Dios. Y tratar de infundirle a tal persona sincera alegría y gratitud, sería como tratar de entibiar la nieve y el hielo.
Es inútil tratar de cambiar el corazón del impío, de reanimarlo e infundirle gratitud, mientras éste no reconozca la gracia de Dios, revelada en Cristo Jesús. Pero es muy fácil agradecer al Señor, cuando gustamos y vemos lo bondadoso que es Él.
Sí, entonces hasta nos rebelaríamos si alguien nos prohibiría alabar y agradecer a Dios. No le resultó difícil a los hijos de Israel alabar y exaltar a Dios cuando Él los había conducido en seco por el Mar Rojo y había ahogado a sus enemigos. ¡Ah no, entonces fue muy fácil! Sintieron la irresistible necesidad en sus corazones de engrandecer y alabar a Dios. ¡Cómo cantaron entonces acerca de lo que el Señor había hecho y les había mostrado! (Éx.15). La clave para tener un corazón agradecido y que alaba a Dios, es verlo a Él y a su obra, en la persona y la vida de Jesucristo.