21 de marzo 2026

    21.Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye.1 Jn.5:14

    Es un dañino abuso de la oración cuando pedimos algo no prometido, cuando nuestras expectativas van más allá de la Palabra. Muchos oran y piden cosas que Dios jamás les prometió. Eso es tentar al Señor y engañarse uno mismo.

    Por ejemplo, cuando alguien le pide a Dios el pan de cada día, pero no quiere trabajar; o pide fe, pero no desea oír la Palabra de Dios; o ruega por la gracia de Dios para la santificación, mientras todavía no cree el Evangelio; o implora por poder para manifestar los frutos de la fe, cuando todavía no tiene fe ni ha sido insertado en Cristo; o cuando suplica por una muerte bienaventurada, mientras que en vida jamás se preocupa por recorrer el camino saludable; o cuando reclama incondicionalmente cosas, de las que no se sabe si el omnisciente Dios las considera provechosas o necesarias para él. Todo esto es “tentar” al Señor y engañarse uno mismo (Éx.17:2). La fe y la oración siempre deben tener una clara promesa divina en que fundamentarse, caso contrario son vanas.

    Otros conocen las promesas de Dios sobre las cosas que desean, pero no apelan a esas promesas ni meditan en ellas. No toman en serio a Dios y dejan de lado su Palabra. Viven sin creer ni orar, o apenas oran pero sin creer en la Palabra. Echan su oración al viento, orando fría y mecánicamente. Hasta los creyentes incurren a veces en esto.

    Para orar correctamente, es necesario en primer lugar que la oración no sea un capricho personal, sino que uno tenga presente el Mandamiento y la Palabra de Dios. Que puedas decir: “Padre celestial, tú me has ordenado orar. Estoy haciendo lo que tú mismo me pediste…” Como dijera David: “Mi corazón ha dicho de Ti: ¡Buscad mi rostro! ¡Tu rostro buscaré, oh Jehová!” (Sal.27:8).

    La segunda condición, es que no te acerques a Dios sólo con tus ideas propias; o sea, con lo que tu corazón perverso y engañoso piensa de Dios, de su voluntad y de su relación contigo, sino que utilices las promesas de Dios, las recuerdes bien y se las recalques, de modo que puedas decir: “Estoy orando por cosas que me has dicho que pida. Haz lo que tú mismo prometiste, conforme a tu propia naturaleza y deseo. Dijiste que eres misericordioso, todopoderoso y veraz, que “te alegras haciéndonos bien” (Jer.32:41) y que “esperarás para tener piedad de nosotros”(Is.30:18). Por favor, obra ahora según tu promesa, naturaleza y voluntad y deléitate en ayudarnos…”

    Tus propios razonamientos y sentimientos, así como el diablo con sus tentaciones, tratarán todo el tiempo de quitar esa imagen de Dios de tu alma. Pero no les des siquiera la mínima oportunidad de confundirte. Frecuentemente se necesita luchar con mucho ardor, para permanecer fieles a la Palabra. Por lo tanto, mantén tu vista fija en la Palabra, sin mirar en absoluto a los costados.

    La tercera condición necesaria para orar debidamente, es no presentarse ante Dios confiando en el mérito propio. O sea, no orar en nuestro propio nombre, sino interponer “al Mediador, en quien Dios se complace”; o sea, a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador.

    Y en cuarto lugar, formula tu oración de tal forma que no busques exaltarte a ti mismo, sino a Dios. Que no sea glorificada tu fe, sino la fidelidad de Dios.

    Este fue el arte de los antiguos campeones de la fe, que lucharon en oración con Dios, como desprendemos de muchas de sus experiencias. Cuando el patriarca Jacob se sintió aterrado ante la posibilidad de un ataque por parte de su hermano Esaú y de sus hombres, imploró la ayuda del Señor diciendo: “Dios de mi padre Abraham, y Dios de mi padre Isaac, Jehová, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y Yo te haré bien… Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú..” (Gn.32:9ss).

    Primero Jacob dijo: “Dios de mi padre Abraham, y Dios de mi padre Isaac”, como queriéndo recordarle a Dios las promesas que les había dado a estos patriarcas; es decir, que su descendencia sería muy numerosa, y que el cumplimiento de esas promesas dependía de la vida de Jacob y de sus hijos. ¿Si estos morirían, cómo habrían de cumplirse las promesas? Además, en su referencia a los nombres de Abraham e Isaac, también está implícito el siguiente pensamiento: “Aun siendo yo indigno, recuerda que soy hijo de tus amados siervos Abraham e Isaac”. Y además agregó: “Jehová, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y Yo te haré bien”(v.9b), como diciendo: “Tú mismo me ordenaste emprender este regreso y prometiste hacerme bien. Ahora dependo de la veracidad de tus dichos. Si Esaú nos mata, ¿qué pasará con tu promesa, de hacernos bien?” Esto era como si Jacob le dijera a Dios: “No me importa tanto morir, pero… ¿qué pasaría entonces con tu promesa, tu veracidad, tu nombre y tu gloria?”

    Publicado por editorial El Sembrador