21.Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.Gn.2:16-17
Vale la pena recalcar que acá, Dios prohibió algo aparentemente muy insignificante. Aquí podemos ver y aprender cómo juzga nuestro santo Dios. Cuando puso al hombre en la mayor y más importante prueba, eligió para ello la menor y más trivial acción en la tierra que uno pueda imaginar. Sin embargo esta prueba habría de extender sus consecuencias sobre todo el mundo. La transgresión a esta orden habría de provocar muerte física, espiritual y eterna.
Estas consecuencias estaban ligadas a una acción tan pequeña, como la de comer del fruto de cierto árbol que se hallaba en medio de la abundante variedad de árboles frutales del Paraíso. Con toda seguridad, con este Primer Mandamiento Dios nos dio una eterna lección a todos, mostrándonos que sus ojos miran el corazón y la obediencia del alma, no el tamaño de la acción. Esto nos muestra que Él quiere ser el omnipotente Señor de todas sus criaturas, de las cuales demanda obediencia absoluta. Si por ejemplo le hubiese ordenado a Adán: “¡No matarás a tu esposa!” O: “¡No torturarás los animales!” el hombre habría advertido un motivo mayor en esa orden. La mente de Adán inmediatamente habría aprobado el Mandamiento de Dios. Y lo habría apoyado por lo razonable que sería ese Mandamiento. De esa forma, la virtud que es la obediencia en sí misma, jamás habría quedado demostrada. El hombre inmediatamente habría pensado que lo más importante era lo que se protegía con el Mandamiento, y habría pasado totalmente por alto lo que Dios realmente quiso ver: La obediencia. Por eso Dios eligió una acción muy pequeña, en contra de la cual la razón humana no encontraría motivos.
Dios decidió actuar así, para probar puramente la obediencia del hombre a su Mandamiento. En este caso, nuestra mente razonaría: “¿Podría Dios sentenciarnos a muerte por una acción tan trivial? El Paraíso está lleno de árboles frutales para que los disfrutemos. ¿Para quién se guardarán los ricos frutos de este árbol?” Nuestra mente no hallaría aquí ningún motivo razonable para obedecer. Lo único que habría que hacer es obedecer. Y fue precisamente eso lo que el Señor quiso enseñarnos desde el principio. No se pueden enumerar los males causados por esa perversa tendencia a mirar el valor de la acción en sí, y no las palabras y el Mandamiento de Dios. Esa tendencia es la fuente de la despreocupación e hipocresía.
Dios ordena (Éx.20): “¡No matarás! ¡No cometerás adulterio! ¡No hurtarás!”
Y cualquiera puede entender que se trata de Mandamientos importantes. Pero cuando dice: “No tomarás el Nombre de Jehová, tu Dios en vano”o: “¡No te enojarás con tu hermano!” o: “No codiciarás”, enseguida se pien sa que son mandamientos menores o triviales, que se pueden guardar o transgredir a gusto.
El que pasa por alto los Mandamientos de Dios, y se fija si la acción en sí parece importante o no, es capaz de quedarse muy tranquilo, a pesar de practicar graves pecados, con tal de guardar las buenas apariencias. Así es como actúan por naturaleza todos los hombres.
Esa mala tendencia a tomar en cuenta sólo la acción y no las sencillas palabras del soberano Dios, no sólo causa mucho perjuicio con relación a sus Mandamientos. Ocurre también en cuestiones de fe. En el Bautismo Dios recibe a un niño y le acredita todos los méritos de Cristo. Pero para la razón esto es una gran insensatez. Porque la razón se fija sólo en el agua y en la ceremonia de un pastor, un ser humano lleno de debilidades. Cuando el niño crece y revela la naturaleza de Adán, uno no puede creer que sea santo ante Dios, ni que los ángeles de Dios se regocijen en él. O si una persona mayor creyó en el Hijo de Dios, y fue bautizada hoy, mañana notará que no le fue quitada la corrupción del pecado; y no que quedó limpio y santo delante de Dios sólo por la justicia de Cristo, que le fue adjudicada. Sin embargo, ahora no ve nada de esta justicia; sólo vé lo que heredó de Adán: su pecaminosidad e impureza. Entonces se deprime y piensa: “Todavía no soy limpio”.
En tal caso, parece que no valen nada las palabras de Cristo: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio” (Jn.13:10).
Es como si el discípulo dijese: “Si yo pudiera convertirme en alguien verdaderamente piadoso y santo, ¡sería salvo! Pero tengo únicamente la justicia de Cristo, y eso no me sirve de nada…” ¿Por qué diría eso? Sólo porque los méritos de Cristo no son sus propias acciones, ¡y no se ven ni se sienten! La salvación fue prometida por verdad y por ahora no se la puede ver. Pero los discípulos no tienen mayor Dios que lo que Dios ha dicho. Si ellos habrían hecho grandes obras, tendrían algo en que apoyarse. Para los que piensan así, lo que hizo, sufrió y dijo Jesucristo no vale nada. No es nada comparado con sus propias acciones. Así opina la naturaleza corrupta. Por eso es necesario estar bien atentos cuando Dios dice algo, para descubrir las cosas importantes que suelen ocultarse debajo de apariencias triviales. Qué lo aprenda todo el mundo, de una vez por todas: Dios liga una gran prueba, a una acción muy pequeña, ¡Como comer de la fruta de un árbol! Cuánta muerte y maldición produjo esa pequeña acción a todo el mundo, sólo por causa de la Palabra del Señor. No nos fijemos en el valor de la acción en sí misma, sino sólo en la Palabra del Señor.