21 de julio 2026

    21.Él es… el que sana todas tus dolencias.Sal.103:3

    Este texto es muy consolador, y además se refiere a la otra gran ayuda que necesitamos contra el pecado. Luego de recibir el perdón de Dios, necesitamos ayuda para mantenernos libres del pecado. Y el Señor efectivamente desea concedernos esa gracia.

    Él “sana todas tus dolencias”. Esto es tan seguro, como que te ha perdonado todos tus pecados, y como que tú efectivamente has recibido este perdón. Tan cierto como que eres un amado hijo de Dios, estás unido a tu Salvador, y posees el Espíritu Santo.

    Por ser un cristiano, tu mayor deseo es librarte de los defectos que todavía tienes. No existe mayor angustia para ti que la de tus propias debilidades y transgresiones. Tu pena más profunda te la causan tu pecado y tus defectos personales. Si no tienes esa manera de pensar, a la par de tu fe, todavía no sabes lo que es la verdadera fe.

    La fe salvadora, la fe en Jesús, también es fe santificadora. Pues, aunque hayas tenido muchas experiencias espirituales, y entendido teóricamente todos los artículos de la doctrina de la fe, y pienses que eres un creyente, no obstante, si tus pecados no te afligen más que cualquier otro mal en el mundo, tu “fe” no es más que una ilusión imaginaria.

    La Escritura dice expresamente: “Los que son de la carne, piensan en las cosas de la carne. Pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu” (Ro.8:5). Y también: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Ro.8:9).

    A los que tienen el Espíritu de Cristo les es imposible no pensar en cómo ser santos y semejantes a Él. Éste es su mayor anhelo, y en el mismo grado sufren por sus defectos, puesto que el Espíritu de Cristo no puede vivir en paz y armonía con la carne. Y es igualmente imposible que la carne, la naturaleza pecaminosa en nuestro seno, pueda estar en unión con el Espíritu.

    Por eso San Pablo también confiesa de sí mismo: “Según el hombre interior, me deleito en la Ley de Dios. Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la Ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Ro.7:22-23).

    Pero en segundo lugar, también se requiere que entendamos correctamente que significa que el Señor sana nuestras dolencias. Algunos sostienen que podemos llegar a estar plenamente libres de las mismas; tan libres de ellas como lo fue Cristo, y como seremos en el cielo. Pero no es así. Esto es una ilusión. Es cierto que Dios quiere sanar todas las veces nuestras dolencias y enfermedades espirituales. Éstas, sin embargo, siempre pueden volver.

    ¡Que nadie se descuide! Vimos que San Pablo tuvo que sufrir una ley en sus miembros, batallando contra la Ley en su mente, al punto que algunas veces lo llevaba cautivo. ¡No! La recuperación espiritual se realiza de la misma manera que la física. En su recuperación física el paciente siempre puede sufrir una recaída; caer, accidentarse, o contraer el mismo mal de nuevo. Dios no nos dio ninguna inmunidad contra las dolencias físicas. En lugar de eso, llenó el mundo de remedios y nos dio médicos para curar toda clase de enfermedades.

    De esa manera sucede también con la vida espiritual. Aquí, en esta vida, Dios nunca nos libra definitivamente de nuestros defectos. Pero todo el tiempo quiere ser nuestro médico, como dice expresamente: “Yo soy Jehová, tu Sanador” (Éx.15:26b).

    La iglesia de nuestro Señor Jesucristo en este mundo no es más que un enorme hospital, en el que todos padecen sus males. Ahí no se encontrará ni un solo santo, a nadie que no se vea acosado por algún pecado. Y para colmo, somos demasiado impotentes para librarnos por nuestros propios medios. Porque si estuviésemos en condiciones de hacerlo, todos los cristianos sin duda lo harían inmediatamente.

    Nuestro único consuelo es que el propio Señor quiere ser nuestro médico, y sanar todo el tiempo todas nuestras dolencias. Notemos que el Salmo no dice: “Dios es el que sanó…”, como si lo hubiese hecho una sola vez, para siempre, sin la necesidad de sanarnos más veces. ¡No! Aquí dice: “Él es el que sana…”

    Ocurre y debe seguir ocurriendo continuamente. Y procede así a fin de castigar, afligir, golpear y “matar” primero a nuestro viejo hombre. Y luego, cuando imploramos por gracia, para volver a consolar, reanimar y restaurarnos.

    Entonces también despierta una nueva fuerza de voluntad en nosotros, para conducirnos con más cuidado. Es tan consolador oírle a Él mismo decir: “Ved ahora que Yo, Yo soy, y no hay dioses conmigo. Yo hago morir, y Yo hago vivir. Yo hiero, y Yo sano”(Dt.32:39). Tomemos al propio David como un ejemplo de esto.

    Además de sus defectos menores de cada día, David caía a veces en graves errores espirituales. En cierta ocasión, cayó en una codicia impura tan intensa, ¡que tomó la mujer de su prójimo! Y miren: El Señor lo reprendió e hirió, pero también lo restauró y sanó.

    En otra ocasión cayó en soberbia, por la que hizo censar a su pueblo (2 S.24:2). Y observen: El Señor lo hirió, pero también lo volvió a sanar. Entonces compuso este salmo: “¡Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios! Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias” (Sal.103:2-3).

    Publicado por editorial El Sembrador