21 de febrero 2026

    21.(Dios…) nos ha dado preciosas y grandísimas promesas.2 P.1:4

    Al principio Dios creó a los seres humanos a su propia imagen, “conforme a su semejanza” (Gn.1:26), para que fuesen sus hijos y herederos. Y a pesar de la profunda caída de la humanidad, le dio al ser humano las mayores y más preciosas promesas: Que seremos semejantes a su eterno Hijo, “hermanos” suyos, y “coherederos” con Él de la gloria eterna en el cielo.

    Para cumplir este gran objetivo, el mismo día de su caída Dios le dio al hombre la mayor promesa de todos los tiempos; la promesa que incluye a todas las demás, como el grano incluye la semilla: ¡La promesa de un Salvador! La Simiente de la mujer, que habría de destrozarle la cabeza a la serpiente. Dios renovó esa promesa continuamente: Primero a los patriarcas, luego a los profetas; y la representó a los ojos del pueblo de Israel con innumerables sacrificios de animales, ofrecidos en sus servicios de adoración. Estos sacrificios sólo anunciaban la gran promesa de una futura expiación.

    El Antiguo Testamento está lleno de las promesas de un Salvador. Podemos tener un cuadro de ellas al recordar los nombres con que fue anunciado. Los más importantes son: Simiente de la mujer, Destructor de la cabeza de la serpiente, Bendición de Abraham, Raíz de Isaí, Hijo de David, Redentor, Señor de Israel, Rey de Sion, Gran Profeta, Consuelo de los gentiles, Testigo fiel, Maestro y Conductor del pueblo, Luz de los gentiles, Mano del Señor, Ungido de Jehová, Libertador proveniente de Sion, Pregonero de justicia y Rosa de Sharon, entre otros.

    Y en cuanto al oficio de este Salvador prometido, Isaías profetizó expresamente: “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Is.53:6b). “Llevará las iniquidades de ellos” (v.11). “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje” (v.10). “Por su llaga fuimos nosotros curados” (v.5). Y Zacarías dijo: “Por la sangre de tu pacto… Yo he sacado tus presos de la cisterna” (9:11). El salmista lo proclama: “Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad” (Sal.68:18); y Oseas anticipa su triunfo: “¡Oh muerte, Yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol!” (Os.13:14). E Isaías declara: “Por su conocimiento justificará mi Siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos”(Is.53:11). Y “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, y nacido bajo la Ley, para que redimiese a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gá.4:4-5). Entonces el ángel Gabriel le anunció a una virgen en Nazareth su nacimiento, su Nombre y el propósito de su venida: “Llamarás su Nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt.1:21). Así, cuando llegó el momento en que habría de cumplir su gran misión, “la noche en que fue entregado”, Él mismo, hablando de su sangre, dijo que la derramaba “para la remisión de los pecados” (Mt.26:28). Tiempo después, una multitud de evangelistas salió por el mundo, dando testimonio “con lenguas de fuego” (Hch.2:3), diciendo que “la sangre de Jesucristo, Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado” (1 Jn.1:7).

    Recordemos las grandes y preciosas promesas que Dios hace a cada creyente individualmente. Todos los que se sienten deprimidos y culpables ante Dios, e invocan el Nombre de Jesús, suplicando el perdón de sus pecados, obtienen la segura promesa de que todos sus pecados son arrojados “en lo profundo del mar” (Mi.7:19); y “no serán recordados más” (Is.43:25); que son limpios a los ojos del Señor, de modo que el propio Dios los declara “blancos como la nieve”; que todas sus culpas quedan tan lejos de ellos, “como queda lejos el oriente del occidente” (Sal.103:12); que la misericordia de Dios es tanto mayor que su pecado, “como la altura de los cielos sobre la tierra” (Sal.103:11); que el creyente es “acepto en el Amado” (Ef.1:6); que ya no está bajo la Ley, sino “bajo la gracia” (Ro.6:14); que”la Ley ha sido nuestro ayo (tutor) para llevarnos a Cristo” (Gá.3:24), pero desde que vino el Evangelio para llevarnos a la fe en Cristo, ya no estamos más bajo ese ayo (v.25). Todas estas palabras ciertamente pueden llamarse “grandísimas y preciosas promesas”.

    Notemos, por favor, que se llaman “promesas” a pesar de que lo prometido ya es una realidad. Jamás debemos olvidar que lo recibimos todo solamente confiando en lo que dice el Señor. Así, cuando no vemos otra cosa que el pecado que todavía llevamos adherido; cuando sentimos que estamos bajo la Ley, que ella todavía nos condena, que ante Dios somos abominables… tenemos que mantener nuestros ojos fijos en lo que nuestro gran Dios hizo y dijo. De lo contrario, muy pronto estaremos sufriendo las consecuencias de nuestra torpeza.

    Debemos tener el Evangelio tan grabado en nuestra alma, que a pesar del pecado que vemos en nosotros podamos decir: “A la vista de Dios estoy libre de pecado. Soy perfectamente limpio y santo. Ante Dios ya no existe mi pecado, porque Él sabe lo que vale la sangre de Cristo. Ya no hay “ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús” (Ro.8:1). Aunque no poseo justicia propia, soy perfectamente justo a los ojos de Dios, que sabe lo que vale la justicia de Cristo que me cubre. Todo se basa en la eterna promesa de Dios respecto a su Hijo.

    Publicado por editorial El Sembrador