21 de enero 2026

    21.Mientras Pedro aún hablaba estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso.Hch.10:44

    El Espíritu Santo no llega ni obra en nuestras almas sino a través de ciertos medios. Para ello son necesarios los Medios de Gracia: ¡La Palabra predicada y los Santos Sacramentos! Si deseas tener al Espíritu, su obra y sus dones en tu corazón, aplícate a la Palabra, ¡a la Palabra del Espíritu! ¡Léela, escúchala, recuérdala, habla y canta acerca de ella! ¡Y pide a Dios que su Espíritu te ilumine! Él no se quedará lejos.

    En muchos lugares hay personas pensando en el Espíritu Santo; más aún, suspirando y rogando por Él y por su obra, pero jamás lo obtienen de hecho y en verdad; nunca reciben la paz, el amor ni la certeza de la fe. Permanecen todo el tiempo en la misma vacilante condición, suspirando y ansiando lo que nunca hallan. El problema con ellos es que no escuchan la Palabra, sino que elaboran sus propias convicciones. Meditan y suspiran, pero no usan la Palabra. ¿Cómo van a recibir vida espiritual de esta manera? En Gá.3:5 el apóstol dice claramente que obtenemos el Espíritu solamente por el oír con fe. Y en Hechos de los Apóstoles cap.10 (v. 44) leemos que mientras San Pedro hablaba, el Espíritu cayó sobre los que oían sus palabras. ¿Qué habían hecho para que eso ocurriera? Absolutamente nada más que tan sólo escuchar. Se quedaron en silencio, y solo prestaron atención. Entonces descendió el Espíritu a sus corazones y obró en ellos arrepentimiento, fe, amor, vida y valor, convirtiéndolos en personas totalmente diferentes.

    ¡La Palabra, la Palabra, usar la Palabra! Ese es todo el arte y secreto referente al origen, cultivo, crecimiento y a la conservación de la vida espiritual. No es cierto lo que sostiene alguna gente equivocada, que tal o cual cristiano puede creer y vivir en forma tan valiente porque él mismo tomó la decisión y se afirmó muy bien en la gracia. No, si ahora tiene fe y vida espiritual eso es obra del Espíritu, y no de su propia voluntad. Que uno pueda creer y llevar una vida consagrada no se debe a la decisión personal ni al esfuerzo propio, sino que es el resultado de alimentar el alma más asiduamente con la Palabra divina. Si se descuida eso, la vieja naturaleza inmediatamente volverá a surgir, y la vida realmente espiritual se extinguirá. En efecto, observa a quien ha descuidado por algún tiempo la Palabra de Dios, y descubrirás, que quedó muy poco de vida espiritual en él. Y si no obstante pretende estar en la fe y vivir en paz con Dios, aún sin haber escuchado su Palabra, puedes estar seguro que eso no es obra el Espíritu Santo. En resumen, es sólo por medio de la Palabra de Dios que el Espíritu de Dios mora y obra en el corazón humano. Cabe aclarar también que no todos los que estudian la Palabra de Dios obtienen de ella el Espíritu y la vida. Muchas personas estudian la Palabra, pero no sacan provecho de ella. Como podemos ver en los miles de teólogos y religiosos que confían en su propia justicia; esos “escribas y fariseos” que abundan en nuestros días… ¿Qué se requiere entonces? Se requiere que, además de estudiar y escuchar la Palabra de Dios, tengamos bien presente que sigue estando en las manos de Dios el que recibamos sus beneficios. Se requiere que estudiemos la Palabra de Dios conscientes de que ante su Santidad podemos comparecer sólo con la humildad, el temor, el respeto, y la confianza que Él mismo nos inspira cuando nos habla y con lo que nos dice. Por lo tanto recuerda que está en el poder de Dios y que depende solamente de su gracia el que recibas su bendición. Solo Él puede darte su Espíritu Santo (Lc. 11:13). San Pablo dice: “No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2 Co.3:5). No somos competentes para pensar en lo que nos dice el Evangelio, mucho menos para creerlo, guardarlo y vivir de acuerdo a ello. No tenemos la capacidad natural para interpretar la verdad correctamente y lograr que ejerza su poder salvífico y santificador en nuestros corazones y conciencias. No, todo esto nos resulta imposible, si no nos lo concede el Espíritu Santo. Todo esfuerzo propio sin la comunión del Espíritu Santo, es en vano.

    Es fundamental que cada cristiano lo sepa y siempre lo recuerde, incluso en los tiempos de paz y tranquilidad, para que -a pesar de nuestro conocimiento y estudio de la Palabra- no estemos muertos interiormente. Y tanto más necesario es cuando, por el contrario, vivimos en medio de un pueblo enemigo y en perpetua guerra espiritual, en un momento particularmente peligroso de la historia, en el que las fuerzas del bien y del mal emergen poderosamente; en el que compiten las campañas de evangelización y la difusión de las más abyectas aberraciones; las conversiones y las apostasías. Por todo lo cual es imprescindible que tengamos los ojos bien abiertos, que permanezcamos firmemente adheridos al gran Pastor y Obispo de nuestras almas; que guardemos sincera y cuidadosamente su Palabra y que muy especialmente retengamos la grandiosa y bendita doctrina principal de Cristo y de su obra salvadora en toda su claridad y pureza: La justificación del pecador por la fe. Es necesario ser siempre “pobres en espíritu” y puros en la fe como los niños, no permitiendo nunca que el cántico nuevo se nos vuelva viejo, tedioso y rutinario.

    Necesitamos ser sinceros con nosotros mismos y con el Señor, adaptando nuestros pensamientos, palabras y acciones a su santa voluntad, sabiendo que el Señor está cerca. Es necesario conocer cada vez mejor los enemigos y peligros de nuestras almas, para evitarlos. Es necesario conocer los pasajes bíblicos que nos enseñan como nuestro astuto enemigo trata de destruir nuestra vida espiritual y eterna, para poder rechazarlo, usando las armas de Dios.

    Es necesario orar frecuentemente, tanto a solas como acompañados; con y por los otros. Y ante todo, hasta el final debemos orar por la comunión del Espíritu Santo.

    Publicado por editorial El Sembrador