21.Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.Jn.21:17
Seamos honestos con nosotros mismos y examinémonos ante el rostro de Jesús, para ver si podemos compartir esa confesión del apóstol Pedro. El Señor también nos pregunta a cada uno de nosotros, a los que leemos esto: “¿Tú…, me amas?” ¡Respondámosle qué sentimos realmente! No tratemos de ordenarle a nuestro corazón a que ame a Jesús, porque no se puede forzar ese amor. Sólo puede ser generado en nuestra alma. Entonces la pregunta es: ¿Conocemos verdaderamente a Jesucristo? ¿Llegó a ser Jesús el mayor consuelo y tesoro de nuestra alma, de modo que no podemos vivir sin amarlo, y sin sentir hambre y sed de su bendición?
Las respuestas a estas preguntas diferirán mucho. Los que tienen la ilusión de ser santos, los que viven satisfechos consigo mismos, y aún no se consideran completamente perdidos, tampoco amarán verdaderamente a Jesús. Algunos sinceros creyentes pueden responder como Pedro, profundamente emocionados: “¡Sí, Señor, Tú sabes que te amo!” Otros en cambio se asustan ante esa pregunta de Jesús, y sólo responden tímidamente: “Señor, Tú sabes que no te amo suficientemente. Tú también conoces mi gran frialdad, la dureza de mi corazón y mi indiferencia…”
Pensemos por un momento en estos últimos ¿Qué debiera hacer un cristiano, cuando no siente otra cosa que una gran frialdad? Y supongamos que alguien no llegó a amar realmente a Cristo, sino que sintió poco interés y se mostró bastante indiferente ante el Señor, porque todo su “amor” no fue más que su propio esfuerzo bajo la Ley. Y si un día, esa persona despierta y ve su verdadera situación. ¿Qué debe hacer? Alabada sea la eterna gracia del Señor Jesucristo, que contestó personalmente a esta pregunta. De lo contrario, nunca podríamos llegar a la plena certeza por nosotros mismos.
En dos ocasiones separadas, el Señor Jesucristo habló claramente de personas como las que hemos mencionado. Una vez les advierte que han dejado su primer amor (Ap.2:4). Y en la otra ocasión dice: “Yo conozco tus obras. Que no eres frío ni caliente. Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Ap.3:15-16).
¡Alabado sea Dios, porque nos deja ver lo que piensa de esa gente! ¿A quién habríamos de creer, sino a Dios mismo? Pues bien, ¿qué dice? Sus propias palabras están a la vista de todos en Apocalipsis 2:1-5 y 3:14-22. Lo primero que tenemos que observar es que Él está hablando a personas que no se preocupaban mayormente por su situación espiritual. Por el contrario, decían: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad” (3:17). Por eso les dirige una seria amenaza, diciendo: “Vendré pronto a Ti, y quitaré tu candelero de su lugar” (2:5); y: “Por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (3:16). Pero en toda la Biblia no encontramos ni un solo ejemplo donde Dios haya hablado con severidad, o haya amenazado a las personas que se reprenden y condenan a sí mismas. Notemos la inmensa gracia de nuestro Señor: Le hace una terrible advertencia a la iglesia tibia de Laodicea, hasta amenaza con escupirla de su boca, pero también agrega las profundamente dulces palabras: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo. ¡Sé pues, celoso y arrepiéntete! (3:19). ¡Ah, Señor mío y Dios mío! ¿Fue esa tu intención al utilizar un lenguaje severo? ¿Todavía amabas a esa iglesia tibia e indigna? Siendo así, realmente podemos amarte a Ti, que tienes ese corazón y esa intención, aun cuando a veces empleas un lenguaje tan duro. Ahora entiendo por qué aterrorizas a veces nuestro corazón: ¡Porque nos amas! “Yo reprendo y castigo a todos los que amo”. Tú sólo deseas salvarnos. No quieres que nos perdamos. No quieres que nos alejemos de Ti, ni que desesperemos.
Para tener ese amor al Señor Jesucristo, primero debo llegar a conocerlo. Él me tiene que cautivar. Nuestro corazón es muy perverso. Nos resulta muy difícil librarnos de amores que debemos desaprobar; y nos resulta muy difícil amar lo que deberíamos amar. El amor recibido produce amor correspondido. Nunca aprenderemos a amar a Jesús ordenándoselo a nuestro corazón. Solamente conociendo profundamente el amor de Jesús seremos cautivados por Él. “A quien se le perdona mucho, el tal ama mucho” (Lc.7:43-47).
Cierta vez un anciano Pastor visitó a una persona que estaba al borde de la desesperación. Ésta se lamentaba que a la pregunta de Jesús: “¿Me amas?”, no podía responder otra cosa que: “Señor, Tú sabes que no te amo como debería amarte”. El anciano Pastor le respondió: “Por lo visto, sólo puedo aconsejarte que le devuelvas inmediatamente esa pregunta a Jesús, preguntándole: “¿Y Tú, Señor, me amas a mí?” Porque no es tu amor a Cristo lo que te ayudará, sino sólo Su amor a ti. Como dice San Juan: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn.4:10). Después de que el anciano maestro había hablado de esa manera, aquel hombre abatido prorrumpió en lágrimas de gozo, diciendo: “Ahora también yo puedo decir: “¡Señor, Tú sabes que te amo!”