21.En esto conocemos que somos de la verdad.1 Jn.3:19
Quien pretende ser cristiano, pero no tiene la certeza del perdón de sus pecados y no la procura, sino que se resigna a la incertidumbre con respecto a su salvación, no está espiritualmente despierto. Puede ser un hipócrita totalmente dormido, o al menos un cristiano somnoliento. Una novia que se da por satisfecha con un novio que no le asegura su amor, no está realmente enamorada.
Es una señal característica de la incredulidad negar abiertamente que uno pueda tener la certeza del perdón de los pecados. El que no tiene verdadera fe califica como arrogantes a los que sí están seguros de su salvación. Comenta Lutero: “Cuando los santos de la clase de Caín oyen el testimonio de fe de un cristiano (que exalta la certeza del perdón de Dios), se persignan, se oponen con pies y manos, y dicen: Dios me guarde de la presunción de sostener que ya soy un amado hijo de Dios. ¡No! antes quiero humillarme y admitir que soy un miserable pecador. ¡Y Dios premiará al humilde..!”
Pero la Escritura dice: “Sabemos que hemos pasado de muerte a vida” (1 Jn.3:14). “Sabemos que somos de la verdad” (1 Jn.3:19). “En esto conocemos que permanecemos en Él, y Él en nosotros” (1 Jn.4:13). “Sabemos que somos de Dios” (1 Jn.5:19). “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo” (1 Jn.5:20). Está claro que los cristianos “conocemos” y “sabemos” que somos hijos de Dios; que poseemos el perdón de pecados y la vida eterna.
“Por eso”- vuelve a decir Lutero- “hemos de empeñarnos en erradicar de raíz ese error tan destructivo, en el que cae todo el mundo, y que consiste en pensar que nadie puede saber con seguridad si está o no está en la gracia”.
Este engaño no viene del intelecto, sino del porfiado corazón. Y no surge por falta de claridad de la Palabra de Dios, porque toda la Biblia enseña claramente que sí podemos estar seguros de nuestro perdón y salvación en Cristo.
Quienes no poseen ni procuran tener esa certeza de la gracia de Dios, tratan de negar esta posibilidad. Pero también es una mala señal si alguien no niega que se pueda tener esa certeza, pero no se empeña por obtenerla lo antes posible, sino que se queda en la incertidumbre. Es muy diferente si alguien que procura tal certeza, no la obtiene inmediatamente (en ese caso, no debe desesperarse). Pero negarse a procurar la certeza de la gracia de Dios, o postergarla, siempre es señal de indiferencia.
También es posible que un sincero cristiano, que tiene la sed verdadera de la gracia de Dios, todavía tenga grandes flaquezas en su fe, y a veces pueda estar inseguro con respecto a su perdón. Acertadamente dice Lutero: “El perdón de los pecados tiene dos aspectos: Por una parte, un perdón oculto en Dios; por otra parte, un perdón revelado al alma”.
Cristo ya le había concedido el perdón a la pecadora que se postró a sus pies, aun antes de decirle: “Tus pecados te son perdonados” (Lc.7:48). Así también el alma sedienta de la gracia de Jesús obtiene el perdón antes de saberlo o creerlo. Porque son “¡bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia!” (Mt.5:6).
Pero la comunicación se completa recién cuando el alma alcanza la certeza del perdón. Mientras esto no ocurra, no hay un verdadero reinado de Dios en el corazón. “Porque el reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Ro.14:17). Mientras esto no ocurra, el creyente no tiene el poder, el amor ni la gratitud que corresponde ni puede andar piadosamente en la presencia de Dios.
Los creyentes obtienen la misma Justicia de Cristo por medio de una fe débil, que por medio de una fe fuerte; pero no obtienen la misma santificación. Porque la santificación, el poder y los frutos del Espíritu, siempre dependen de la certeza y fortaleza de la fe. “Porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza” (Neh.8:10).
Por lo tanto, ¡qué importante es que todas las almas sinceras obtengan la plena certeza de la gracia de Dios! Todo el que procure esta bendita certeza de la fe, ¡preste mucha atención al modo correcto de lograrla! La única forma de obtenerla es aferrándose a la Palabra de Dios. Con la fe del corazón debemos repetirnos a nosotros mismos lo que Dios nos promete en Cristo.
Uno de los padres de la Iglesia dijo: “¡Cuán firme y seguro puedo estar, pero solamente mientras repito lo que Dios nos ha prometido!” San Pablo declara que “la fe viene por el oír” (Ro.10:17). La verdadera certeza de la fe sólo se encuentra en lo que Cristo ha hecho, y que Dios nos ha revelado en su Palabra. Sólo ahí encontramos el consuelo, la felicidad y la certeza de la gracia de Dios.
Y tenemos disponible este consuelo aun antes de considerarnos dignos de que Dios nos permita creer; o sea, mientras sentimos que todavía nos falta demasiado, como enseña Cristo con el ejemplo del hijo pródigo, que todavía estaba “lejos” cuando su padre lo sorprendió con su bondad y piedad inmerecidas. Sólo cuando alguien halló así en Cristo y en su Palabra la paz del alma, puede también hallar en sí los frutos de esa fe; nunca antes. San Juan dice: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Jn.5:10).
Siempre debe surgir primero la certeza de la fe (por medio de la Palabra de Dios), antes de que se manifiesten sus cualidades y sus frutos.