20 de septiembre 2026

    20.Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.Fil.4:7

    Quien desea seguir siendo un cristiano bajo las diferentes experiencias de la vida, y conservar y afirmar la paz de Dios en su corazón, debe ante todo mantenerse diligente y sinceramente en contacto con el Evangelio de la paz. Ésta es la fuente verdadera de la paz de Dios.

    Únicamente el Evangelio de Jesucristo puede sostenernos continuamente durante las aflicciones y preocupaciones hacia las cuales nuestra perversa razón y conciencia, nuestros sentimientos y Satanás quieren arrastrarnos todo el tiempo. Contra todas estas perturbaciones de nuestra paz no tenemos otra defensa que la Palabra y el Sacramento. Ahí está el Consolador, El Espíritu Santo que nos consuela en la vida y cuando llega la muerte. Él nos dice: “¡No temas! Ten buen ánimo. Si sientes tu pecado, recuerda que Jesús es tu justificación y que ahora vives en el Reino en el que no se te culpa más de pecado. Ya no estás más en el reino de las obras meritorias, con las que se pretende anular la gracia, sino en el reino de gracia que anula las obras. Por los méritos de Jesús estás reconciliado para siempre con Dios, quien juró que jamás te repudiará”.

    Esta es la trompeta de la paz del Reino de Dios, que debe sonar siempre en nuestros oídos y corazones, si queremos disfrutar de algo de paz aquí. Pero, aparte de la Palabra necesitamos al Señor mismo, a Él hemos de rogar diligentemente que nos envíe su Espíritu Santo al corazón.

    Un antiguo creyente recomienda: “Cada mañana cuando el cristiano despierta, y muchas veces durante el día, debe suspirar rogando a Dios: Que tu paz que sobrepasa a todo entendimiento, guarde mi corazón confiado en Ti, contra toda falta de paz que pudiese inquietarme debido a la tiranía del diablo, a la maldad del mundo y a otras adversidades”.

    ¡Qué bueno sería que la paz de Dios domine más los corazones y las mentes de todos los cristianos! Primero, porque es la entrañable voluntad del piadoso Dios para con nosotros. Él no quiere que pasemos nuestros días en oscuridad y pena. Hemos sido comprados a un precio muy alto, y somos muy preciosos a la vista de Dios porque estamos gloriosamente revestidos de Cristo. Por todo esto debiéramos disfrutar de una gran paz creyendo en Él.

    El apóstol dice francamente: “Dad gracias en todo. Porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Ts.5:18). Y Jesús mismo dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn.10:10).

    Esta paz, fue uno de los objetivos principales de toda la obra redentora de Cristo, como lo dice también el profeta: “El castigo de nuestra paz fue sobre Él; y por sus llagas, fuimos nosotros curados” (Is.53:5). Y: “El efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” (Is.32:17). De modo que cuanto más alegría y paz uno tiene por la fe en Cristo, tanto más lo quiere Dios, y queda glorificado y exaltado Cristo, quien es el fundamento de esta paz y esta alegría.

    Aparte de Él, el creyente no tiene más alegría en la tierra. En este mundo perverso, en el que no tiene sino luchas y tribulaciones (a causa de la maldad de su propia carne, del diablo y de los incrédulos), hace falta que el cristiano esté bien equipado con la sublime e imperturbable paz de Dios en su corazón.

    Al concluir su discurso de despedida a sus discípulos la noche previa a su muerte, Jesús dijo: “Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn.16:33).

    La sincera voluntad de nuestro Salvador es que tengamos paz por medio de la fe en Él, aunque nadie mejor que Él sabe lo pecaminosos e indignos que somos. Él desea que tengamos paz con Dios. Sufrió y murió para adquirirnos esa paz. Y Él nos alienta y habla en forma cariñosa, a fin de que por medio de Él obtengamos la paz. Entonces, ¿por qué no descansamos muy contentos y confiados en su promesa, como niños en el regazo de su madre?

    Es precisamente esta paz lo que más nos fortalece y guarda nuestros corazones unidos a Cristo. Esta paz nos da la vida espiritual: El deseo y la fuerza para realizar todo lo bueno. Recordemos lo que dice el texto: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil.4:7). Y también lo que dice el profeta Nehemías: “El gozo de Jehová es vuestra fuerza” (8:10b).

    Cuando por fe en Jesús tengo paz con Dios, puedo hacer y sufrir cualquier cosa. Cualquier persona puede odiarme; a mí me basta la seguridad del amor de Dios. Puedo sufrir una pérdida material, pero me siento feliz con el tesoro celestial. Cuando por el contrario, no tengo la paz de Dios en mi corazón, soy débil y vulnerable ante cualquier tentación. Por eso es muy cierto, que todo cristiano debe tener bien presente que la paz de Dios guarda el corazón, y que “el gozo de Jehová es nuestra fuerza”.

    Publicado por editorial El Sembrador