20.Estando nosotros muertos en pecados.Ef.2:5
Notemos la palabra que el apóstol emplea para describir nuestro estado natural: la breve pero expresiva palabra “muertos”, “-muertos en pecados-”. Es un término profundo, calamitoso, que revela todas las consecuencias de la caída: “El día que comieres del árbol de la ciencia del bien y del mal, ciertamente morirás” (Gn.2:17). Desde el día que Adán desobedeció, se fue la vida recibida de Dios. El hombre se convirtió en un cadáver espiritual. Como Jesús mismo dijo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt.8:22).
Muchos piensan que ese dicho fue demasiado duro, y que no se le debe dar al término el significado pleno que generalmente tiene. Sin embargo, nadie debe ni siquiera sospechar que el Señor Jesucristo se valió de una expresión exagerada. Aquí Él conjugó la muerte corporal y espiritual, combinando las dos clases de cadáveres. ¡Estudiemos esto más de cerca! Quedaremos asombrados al notar el significado que tiene la palabra “muertos”.
A una persona físicamente muerta se la reconoce porque ya no percibe nada. No ve, no oye, ni siente nada. No puede hacer ni el más pequeño movimiento, a pesar de poseer los mismos órganos -ojos, oídos, boca, manos, pulmones, etc.- que las personas que están vivas. Pero, una persona espiritualmente muerta puede tener todos los sentidos sanos y activos. Puede tener una inteligencia clara, un corazón sensible, mucho conocimiento, principios nobles, hermosas palabras y acciones. Sin embargo, le falta la vida en Cristo, la comunión con Dios, el amor a Dios, a su voluntad, a su Palabra, a su gracia… Ve, oye, reconoce y siente muy vívidamente todo lo terrenal, lo que corresponde a los sentidos. Pero no percibe nada de lo que pertenece al Espíritu de Dios.
Veamos algunos ejemplos. Esa persona puede leer, entender y creer -en cierto sentido- la Palabra de Dios. También puede leer y oír de los juicios condenatorios de Dios contra él, y no obstante seguir muy tranquilo. Lee y oye acerca del Reino de Dios, acerca de la gracia y la paz y la bendita comunión con Dios, pero eso no provoca en él ninguna reacción. Está sin aliento, como un cadáver. Su corazón sólo adora a ídolos, a las cosas vanas y materiales.
Lo único que le preocupa es la respuesta a las preguntas: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? ¿Qué podemos ver, oír, disfrutar? Pero Dios… ¡qué importa Dios! ¿Qué quiere Dios? Eso no le interesa. Es cierto, tiene cierta fe en la veracidad de la Palabra de Dios. Tal vez jamás dudó de ella. Tiene cierto testimonio interior con respecto a eso. En la Palabra de Dios oye el juicio condenatorio contra toda persona que no nació de nuevo, y no sabe nada de un nuevo nacimiento con respecto a sí mismo, pero eso no lo inquieta en lo mínimo. En esta Palabra de Dios lee acerca de dos caminos: El camino ancho que lleva a la condenación, en el que andan muchos; y el camino angosto que lleva a la vida y en el que andan pocos. Pero, ¡nunca le preocupa por cuál de los dos caminos está caminando él, ¡aunque aún piensa que la Biblia es la Palabra de Dios! ¿Por qué, entonces, no teme? Pues, porque “está muerto”. Aquí vemos lo que significa estar espiritualmente “muerto” en transgresiones y pecados.
Y ¿cómo vive físicamente el ser humano cuando está espiritualmente muerto? El apóstol dice: “Anduvisteis (en vuestros delitos y pecados) en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”. Primero dice: “siguiendo la corriente de este mundo” (Ef.2:2). Va con la corriente, hace lo que hacen los demás, se adapta al mundo, a la mayoría, y a sus costumbres. Si ellos se vuelven más degenerados, él se corrompe con ellos. Si el mundo pule sus costumbres, él también trata de vivir una vida más virtuosa.
Puede adoptar diferentes conductas, más liberales o más conservadoras, para seguir perteneciendo al mundo incrédulo, a la mayoría que va por el camino ancho.
Pero ¿acaso el mundo se gobierna a sí mismo? ¿Acaso es él quien realmente decide las cosas? ¡No! Dice el apóstol. Quien determina el curso a este mundo es “el príncipe de la potestad del aire”. Cristo también lo llama: “El príncipe de este mundo” (Jn.12:31; 16:11).
Y el Señor no nos está mintiendo al usar esta expresión. Nunca debemos olvidar que existen dos reinos espirituales y dos príncipes luchando por las almas humanas: Cristo y Belial; Miguel y el dragón, la Serpiente y la Simiente de la mujer, el hombre fuerte armado y el más fuerte. (Lc.11:2122). En Apocalipsis 12:7 leemos: “Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles”.
Esta lucha continúa actualmente y seguirá mientras exista este mundo. El Reino de las tinieblas consiste de mentiras y homicidios, engaño, maldad y muerte. Como dijo Jesús: el príncipe de este mundo “ha sido homicida desde el principio. Es mentiroso y padre de mentira” (Jn.8:44). Y los súbditos en ese reino son los ángeles caídos y todos los seres humanos incrédulos, en la tierra y en el infierno. Pero, la constitución del Reino de Cristo es verdad y gracia, justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Como dice la Escritura: “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro” (Sal.89:14). Y los súbditos de este reino son los ángeles buenos y todos los creyentes, en el cielo y en la tierra.