20 de noviembre 2026

    20.Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo.Gá.3:25

    Dijo Martín Lutero: “El cristiano no es alguien que no tenga pecado, sino alguien a quien no se le culpará ningún pecado”. Esto no quiere decir que el cristiano tenga permiso para pecar; pero si cae en pecado, no será juzgado según la Ley. Si tuviéramos que ser juzgados y rendir cuentas ante la ley de Dios, nadie sería salvo. Si así fuera, tendríamos que abandonar completamente la esperanza de obtener vida eterna. Pero, en ese caso, el Evangelio de Jesucristo sería una mentira. Cristo habría muerto en vano, y todos los creyentes morirían en pecado. Pero la Escritura dice: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro.8:3). Y: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gá.3:13). “… venida la fe, ya no estamos bajo ayo”, o sea: ya no estamos bajo la Ley. Por eso, a los que creen en Cristo, Dios no les culpa ningún pecado.

    Tanto el rey David como el apóstol Pablo, afirman claramente que es “bienaventurado aquel a quien Dios no culpa de pecado” (Sal.32:2; Ro.4:6-8). Recuerda que no dice: -Bienaventurado el que no tiene pecado-. Sino: “A quien Dios no culpa de pecado”.

    Pero no sólo hemos sido liberados de la Ley, de manera que Dios ya no nos culpa de ningún pecado. Además de eso, se nos ha adjudicado justicia; una justicia que no se basa en nuestra deficiente buena conducta, sino que es muy superior: Es la perfecta y eterna Justicia de Cristo. Dice la Escritura: “Pero el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Ro.10:4). “Como David también habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras” (Ro.4:6).

    Esto significa que, ante los ojos de Dios, no sólo estamos libres de todo pecado, sino al contrario, somos perfectamente justos. Así es, somos justos y agradamos a Dios en todo momento, al creer en Cristo como nuestro Salvador. Por medio de la fe estamos “en Cristo,” y nada puede impedir que Dios nos ame, con todo el amor de su corazón. Nos hemos vestido con Cristo, con todo lo que Él ha hecho por nosotros, y por eso ahora Dios ve en nosotros solamente a su amado Hijo.

    Lutero continúa diciendo: “¡Mira qué inmensas riquezas obtenemos por medio de la fe! Podemos vivir en paz, porque se nos dan todos los méritos de la perfecta obediencia y del sacrificio de Cristo. Su justicia y sus méritos pasan a ser nuestros, como si nosotros mismos hubiésemos cumplido la ley y sufrido el castigo de Dios, en lugar de Cristo. Él no hizo todo eso para sí mismo, sino para nosotros. Él no necesitaba nada de eso. No, Cristo ha obtenido ese tesoro para nosotros, para que Él mismo sea nuestro, por medio de la fe. Como Cristo es mío y yo soy suyo, ninguna ley puede acusarme más, porque no puede acusarlo a Él. Y si la Ley intenta acusarme, me defiendo y le respondo: -“Por qué me acusas? He cumplido todo lo que exiges y más aún (en Cristo, mi Redentor). Y aunque todavía hay pecado en mi carne, tengo mi justicia en Cristo. Él es mi Salvador, y con sus méritos cubre todas mis faltas. Su santidad también es la mía”. De esta manera, la Ley no puede hacer nada en mi contra.

    Pero si me miro a mí mismo, todavía encuentro mucha impureza en mi vida. En eso la Ley tiene razón. Ella dice: -“¡Has pecado!” Pero si sigue adelante y dice: -“Porque has pecado Dios debo condenarte”-, no debo darle la razón, porque en ese caso caería en la desesperación. Pero si respondo que no seré condenado por mi pecado, tengo que tener un buen fundamento en el cual basarme. ¿Dónde encontraré ese fundamento? No en mi propia vida, sino en Cristo. A Él lo puedo invocar como Abogado y presentarlo ante la Ley. Él puede decirle: “Soy inocente. No me puedes acusar de ningún pecado. “Cristo es puro y santo, y Él me dio su Justicia”. A esto se refiere la Escritura cuando dice: “Habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo” (Ro.7:4). O: “El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree”. Y: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro.10:4; 8:1).

    Por esto decimos que a los que creen en Cristo no se le culpa de ningún pecado. Oh, tendríamos que detenernos y pensar en nuestros grandísimos privilegios; pensar si son reales o no. Porque sólo hay dos alternativas: Todo esto es verdad, o es pura mentira. ¿Es cierto que no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús? ¿Aún son pecadores? Sí, pueden caer y ser arrastrados por el pecado. ¿Pero, es cierto que no serán acusados, porque ya no están bajo la ley, sino bajo la gracia? ¿Es cierto que no serán juzgados según la ley si confían en Cristo como su Salvador? Si es así, esta es una maravillosa y sorprendente verdad. ¡Sí, una sorprendente verdad!

    ¡Y es verdad! Tan cierto como que la Palabra de Dios no puede mentir. Es cierto, a pesar de todos los diablos; a pesar de todos los falsos santos, que confían en sus obras; es cierto, a pesar de lo que opine nuestra razón. Es cierto, aunque todavía no hayamos percibido nada de eso con nuestros sentimientos.

    Por eso, podemos consolarnos y alegrarnos, en medio del valle de lágrimas de esta vida. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo ha establecido aquí en la tierra un reino tan bendito, que en el los pecadores ya no son culpables sino santos, aceptados y amados por Dios.

    Publicado por editorial El Sembrador