20 de marzo 2026

    20.Yo no conocí el pecado sino por la Ley; porque tampoco conociera la codicia, si la Ley no dijera: No codiciarás.Ro.7:7

    “No conocí el pecado sino por la Ley”. El apóstol se refiere a una realidad general: “Por medio de la Ley es el conocimiento del pecado” (Ro.3:20), y también nos enseña cómo y cuándo aprendemos a conocer el pecado por medio de la Ley. Porque si bien todos conocemos la Ley de Dios en cierta medida, no solemos hacernos problemas, porque la mayoría de la gente está adormecida y cómoda en su pecado. Pero debemos tener presente que quien no aprende a reconocer su pecado, tampoco buscará salvarse, sino que acabará por “morir en sus pecados” (Jn.8:21). Es imposible que alguien reciba a Cristo debidamente sin sentir el pecado en forma tan viva, que se considere “muerto a la Ley”(Ro.7:4). Antes de ello no puede recibir la nueva vida en Cristo. Eso es lo que dice la Palabra de Dios.

    Es importante saber cómo y cuándo llegamos a conocer debidamente nuestro pecado. El apóstol dice: “Yo no conocí el pecado sino por la Ley; porque tampoco conociera la codicia, si la Ley no dijera: ¡No codiciarás!” Fue únicamente en conexión con la Ley como pudo reconocer su maldad. Anteriormente no sabía que la codicia en sí misma ya era pecado. Lo que quiere decir con “conocer la codicia” lo indica su propia explicación, es decir: reconocerla como pecado. Así, dice expresamente: “No conociera la codicia, si la Ley no dijera: No codiciarás”. Reconocer que la codicia en sí ya es pecado, es algo que se aprende por medio de la Ley, que dice: “¡No codiciarás!” Y en segundo lugar, en el versículo siguiente se refiere a un conocimiento más profundo del poder que la codicia ejerce sobre nosotros. Conocimiento que obtenemos de la amarga experiencia, porque: “…el pecado, tomando ocasión por el Mandamiento, produjo en mí toda codicia” (v.8).

    Nos damos cuenta de que somos pecadores cuando reconocemos que nuestra codicia, nuestros deseos impuros y egoístas, son verdaderos pecados en sí mismos.

    Pero podemos seguir preguntando: ¿Cuándo y por qué medio aprendemos a reconocer la codicia? Desde la niñez todos aprendimos el Mandamiento que dice: “¡No codiciarás!” Muchas veces lo oímos y leemos, y sin embargo todo el mundo está como dormido frente a la perversidad de la codicia.

    ¿Cómo y dónde obtener el conocimiento del pecado? El apóstol enseña que se lo obtiene de forma muy diferente a cualquier manipulación humana de la Ley de Dios. Dice: “Sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Rom 7:8,9).

    Esto, no significa que San Pablo vivió sin poseer, conocer y guardar la Ley. Desde su niñez había sido instruido en ella, y antes de su conversión fue un miembro tan celoso de la más rigurosa secta judía de su época, que “en cuanto a la justicia que es en la Ley, era irreprensible” (Fil.3:6).

    ¿Qué significa entonces que en un tiempo había vivido sin la Ley, y que más tarde “vino el Mandamiento”? Significa que la Ley en ese tiempo no había estado viva en su conciencia, sino dormida mientras él trataba de cumplirla con su conducta, y no había considerado ni aprendido el Mandamiento que dice: ”¡No codiciarás!”

    Así “vino el Mandamiento” significa que la Ley cobró vida y poder en su conciencia, de modo que él despertó del sueño de su pecado. De pronto, fue conciente del santo celo y fervor de Dios, que lo acosaba y condenaba por más empeño que él pusiera por cumplir la Ley.

    De esa manera, la Ley lo convenció de su pecado. Esto requiere la misericordiosa y reveladora intervención de Dios. Requiere que Dios te visite y te despierte del sueño del pecado. Caso contrario, a pesar de toda tu dedicación a la Ley, jamás podrás reconocer debidamente tus pecados.

    El apóstol confiesa aquí que sólo el Mandamiento de la santa Ley, penetrando al fondo del corazón con la prohibición: “¡No codiciarás!” abrió sus ojos para percibir su maldad, el mal deseo que estaba oculto ante sus ojos. E inmediatamente la persona presumida de intachable, comprendió que era un abominable pecador. Porque cuando la Ley, con las exigencias y amenazas del todopoderoso y santo Dios hirió su ser interior, fue el fin de la autoestima del fariseo Saulo, que hasta entonces había vivido tan contento consigo mismo, por sus grandes servicios y hazañas. Cuando la Ley escudriñó su corazón y le advirtió que no debía tener ni siquiera el menor deseo malo, fue la ruina de su auto justificación. ¡Cuán lejos estaba Pablo de ser libre de todos los pensamientos y deseos pecaminosos! Y cuando intentaba librarse de su maldad interior… resistir y expulsar todos los pensamientos malos, y presentarse ante Dios con un corazón santo, sentía dentro de sí un poder más nefasto que jamás había conocido; sentía que los malos pensamientos y deseos no se dejaban expulsar; antes se volvían tanto más intensos, cuanto más trataba de resistirlos y combatirlos.

    Publicado por editorial El Sembrador