20.Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.1 Co.5:8
Nuestra sagrada Pascua, Cristo, no debe ser “comida” con levadura de malicia y de maldad, ésto si no queremos correr el riesgo de ver extirpada nuestra alma del Israel o del pueblo de Dios. ¿Qué es esto? ¡Suena terrible y nada evangélico!
¿Tiene esta afirmación fundamentos en la dulce doctrina de la gracia, dentro del Nuevo Testamento? ¡Claro que sí! ¡Despertemos de nuestro engaño! Muchos leen con ligereza las palabras del apóstol que repudian la vieja levadura, como si no se dirigiesen a nosotros, sino sólo a los israelitas en Egipto. ¡Pero no! Este es un texto para todos y cada uno de nosotros.
¿Qué significan estas palabras? Sencillamente que quien desea celebrar la Pascua de la resurrección de nuestro Señor, quien quiere participar de la victoria y salvación de Cristo, debe participar honestamente, y no presentarse ante el Señor con hipocresía o falsedad. Es precisamente esta falsedad en asuntos espirituales, lo que causa la exclusión del Israel de Dios.
Ananías y Safira por ejemplo fueron extirpados de la primera iglesia del Nuevo Testamento, cuando quisieron aparecer más generosos de lo que realmente eran, mintiendo al Espíritu Santo (Hch.5:1-11).
La levadura de malicia y de maldad no es la profunda depravación e impureza moral de mi naturaleza humana, inherente mi carne nuestra carne y sangre pecaminosas; esa maldad que aún tiene todo sincero cristiano, y que le molesta y alarma. La levadura es la mentalidad corrupta que pretende mezclar fe e incredulidad, luz y oscuridad, el servicio a Cristo y a Belial, a Dios y al mundo.
Deducimos esto de nuestro texto. La palabra que el apóstol emplea para referirse a la maldad, no sólo significa tener una naturaleza mala, sino efectivamente cometer pecado, practicar iniquidades y vicios. “Malicia” es distorsionar tanto la doctrina, como la conducta, con acciones perversas y pecados secretos. Esto se entiende mejor frente a las palabras que expresan la actitud opuesta, o sea, los “panes sin levadura, de sinceridad y de verdad”.
Lutero explica esa frase de la siguiente manera: “Sinceridad es pensar y actuar de forma correcta y cristiana, movido por un corazón piadoso y por buenas intenciones frente a los demás. Es no pensar en hacerle daño o mal a alguien. Es proceder como uno quisiera que otros procedan con nosotros. Vivir en la “verdad” es no andar con vueltas, falsedades, trampas ni fraudes, sino hablar y vivir honesta y correctamente, de acuerdo a la Palabra de Dios”.
El contexto y la causa de esta exhortación, revelan claramente el sentido de las palabras del apóstol. En 1 Co.5 san Pablo menciona y censura el deplorable estado de la Iglesia de Corinto. Seguían contando entre sus fieles a algunos que manifiestamente vivían dominados por perversidades. Había entre ellos un caso de fornicación muy grosera: ¡Una persona convivía con la mujer de su padre! Pero eso no era todo, sino que también estaban envanecidos. Se jactaban de su luz espiritual y de sus apóstoles. Vivían tranquilos y no se preocupaban por nada, como si todo estuviese en orden.
Por eso el apóstol los reprende diciendo: “Se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción”? En cuanto a este estado de cosas, comenta: “No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? ¡Limpiaos, pues, de la vieja levadura!” Este es el contexto.
Vemos entonces que “la levadura de la malicia y de la maldad” es esa actitud falsa, con la que una persona pretende ser salva y cristiana, quiere “celebrar la Pascua”, tener parte con Cristo y con el pueblo de Dios, yendo a la “tierra prometida”, pero al mismo tiempo conservar sus viejos pecados favoritos y llevarlos consigo en el camino. A estos pecados se entrega; los oculta, defiende, y no piensa abandonarlos. Esto es querer celebrar la Pascua con la levadura de la malicia y de la maldad. Contra esto advierte el apóstol.
Quien desea participar de la Pascua, debe eliminar la vieja levadura. Los judíos debían revisar minuciosamente toda la casa y eliminar cualquier masa leudada. Les estaba terminantemente prohibido (con el riesgo de perder sus almas), comer pan leudado en la Pascua.
De igual modo, el que quiere tener parte con Cristo y participar de su gran redención, debe tomar este asunto en serio. Debe procurar honestamente la redención de todo pecado y de toda injusticia. No debe buscar permiso para pecar, sino solamente perdón y liberación del pecado.
Esto es lo que el apóstol enseña también con respecto al segundo acto del rito pascual, la aspersión de la sangre. Dice: “¡Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura!” (He.10:22). Notemos: “Con corazón sincero”; o sea, con un corazón, que procura honestamente ser sólo del Señor y renunciar a todo lo que le desagrada a Él.