20.Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades.Sal.103:2-3
Tal vez digas: “Yo también podría creer en el perdón, si no fuese por cierto pecado que cometí. ¡Pero ese pecado es demasiado grave y alevoso para que me sea perdonado!”
¿Quizás tienes un pecado secreto en tu corazón? Entonces es verdad que creer en el completo perdón es difícil, pero notemos bien lo que dice el salmo: “Él es quien perdona todas tus iniquidades”.
Es cierto que existe un pecado fatal, que nunca obtiene perdón. Y ese es “la blasfemia contra el Espíritu Santo” (Mt.12:31b). Pero los culpables de este pecado, tampoco suelen confesarlo y buscar el perdón.
Nuestro Señor Jesucristo declara categóricamente que ese es el único pecado que jamás será perdonado. Con relación a todos los demás dice: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres”, y enseguida menciona la única blasfemia exceptuada (Mt.12:31a). Por lo demás, aun para pecados tan graves como otras blasfemias y las más horrendas iniquidades, hay perdón. Recordemos que el propio Señor declara solemnemente: “Si vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán emblanquecidos, si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is.1:18). ¡Detengámonos aquí! Ante semejante declaración de parte de nuestro misericordioso Dios, ¿acaso no habríamos de acatar su voluntad y tomar en serio sus palabras, aunque nuestra mente no lo comprenda y nuestro corazón no sienta nada de ese perdón? ¿O vamos a luchar contra Dios y rechazarlo, negándonos a creerle, aunque nos dio una promesa tan grande y tan consoladora? Con eso nos haríamos culpables del terrible pecado de acusar a Dios de mentiroso. Después de oír esto, ¿querrá alguien todavía alejarse de su Dios, en una equivocada actitud de fría y terca incredulidad?
Tal vez alguien diga: “Hubo una vez cuando yo también creí en el perdón y lo recibí; pero volví a pecar. Dios no puede seguir perdonando perpetuamente, ¿o sí puede?” Respondo: Es por cierto un pecado muy grave, volver a pecar después de haber obtenido perdón y paz. No obstante, prestemos atención a las palabras del salmo. No dice: “Él es el que ha perdonado todas tus iniquidades”, como si lo hubiese hecho una sola vez en el pasado. ¡No! Dice: “Él es el que perdona”, o sea: el que perdona incesantemente. Si no siguiese perdonando perpetuamente, su perdón no nos aprovecharía, porque entonces ni un alma se salvaría. Todo estaría irremediablemente perdido, siendo que nuestra carne peca continuamente, y cometemos transgresiones todo el tiempo. Aquí cabe el precioso comentario de Lutero: “El pecado está permanentemente adherido a nuestra carne; mientras vivimos en este mundo, no dejamos de cometer faltas y ofensas. Por eso necesitamos el eterno y firme perdón de Dios. Esto es así para que no volvamos a caer bajo su ira por culpa de nuestros pecados, sino podamos permanecer siempre, y a pesar de todo, bajo la gracia en virtud del perdón.” Esta es la eterna alianza del Señor, y es la razón por la cual el pecado no nos puede condenar.
Tomemos aquí al propio David como ejemplo. Durante mucho tiempo él había vivido bajo la gracia de Dios, y disfrutado sus favores en forma extraordinaria. Ya desde muy joven recibió la Palabra de Dios y la iluminación del Espíritu Santo. Fue un humilde pastor de ovejas, escogido y ungido para ser rey del pueblo de Dios. Luego fue bendecido con grandes victorias sobre sus enemigos. Y tuvo mucha gloria en Israel. Más aún: También fue un gran profeta del Señor. ¡Pero miren! Al mismo tiempo cayó en dos de los mayores pecados: ¡Adulterio y asesinato! Se cargó entonces con “pecados rojos como la grana”. Y notemos: Fueron cometidos por una persona muy iluminada y que conocía la gracia. No obstante, ¡obtuvo nuevamente perdón! Recibió de boca del profeta Natán una maravillosa absolución, inmediatamente después de haber confesado su pecado al Señor (2 S.12:13b).
¿Y qué había hecho a fin de reconciliarse con Dios y obtener su perdón?
Absolutamente nada. Ni siquiera la menor parte.
Sólo después de mucha resistencia, finalmente fue conducido por medio del dolor y la amonestación al arrepentimiento. Y en medio de su vergüenza se presentó ante Dios, para confesarle su culpa. Y entonces, inmediatamente recibió el perdón. Él mismo confiesa: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová, y Tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal.32:3,5).
¿Comprendes ahora en qué consiste la eterna alianza de Dios? Significa que ningún pecado puede condenarnos.
Aunque recayésemos en pecado después de haber disfrutado la gracia e iluminación de Dios, podemos recobrar inmediatamente su perdón. Lisa y llanamente podemos sacar la siguiente conclusión: “Si David tuvo tanta iluminación y gracia, y sin embargo pecó en la forma más malvada, pero se arrepintió y Dios le perdonó, yo tampoco debo desesperar, ni alejarme de Dios ni siquiera por un momento. También yo puedo y debo estar seguro de que Él me perdona. No debo agregar a todos mis pecados la blasfemia contra Dios, al contradecir su Palabra que me ofrece y asegura el perdón por medio de la fe en Jesucristo. Si no la creyera, estaría sosteniendo que Dios hace diferencia de personas, porque perdonó a David y no a mí” (Ro.2:11). Si él, no obstante sus graves pecados, obtuvo gracia, yo no debo desesperar tampoco. Menos aún, si tengo presente que el propio Dios declara: “Vivo Yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ez. 33:11).