20 de febrero 2026

    20.Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.Mt.5:13

    ¡Ah, si todos los cristianos entendiesen el peligro que enfrentan cuando cosechan la aprobación y la amistad del mundo, cuando el mundo impío finge piedad y bondad hacia ellos! Porque ahí existe el peligro de que se queden espiritualmente atontados y dormidos, volviéndose indiferentes en la fe, iguales al mundo y sin vigor espiritual.

    Lamentablemente eso es lo que sucede, en mayor o menor grado, en muchos lugares. Y da pena ver cómo la sal pierde su “sabor” bajo tales condiciones. Esas personas inventan entonces una versión propia de la “fe”: Un cristianismo moderado, cómodo y fácil; un cristianismo de pomposas ceremonias y algunas impresionantes obras de solidaridad humana, que el mundo aprecia y sabe elogiar. Pero ignoran la necesidad del arrepentimiento ante Dios y del nuevo nacimiento espiritual. A eso no le dan importancia. Pero, ¡escuchemos lo que dice el Señor! “Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”.

    Si por agradar a los hombres el cristiano se entrega al mundo y pierde el poder del Espíritu, de modo que ya no puede censurar la maldad ni con palabras ni con ejemplos ni puede seguir testificando su fe en Cristo, entonces ya no sirve más como discípulo. Debe ser “echado fuera”; debe ser excomulgado, “y hollado (pisado) por los hombres”. Si permanece impenitente, no sólo merece el desprecio de Dios, sino también el de los hombres.

    El cristiano “secularizado” se vuelve extremadamente flexible y tolerante en cuestiones de fe y moral. Por complacer a todo el mundo, aprueba y se acomoda a cualquier cosa, y fortalece, al menos con su silencio, los modos de vida pecaminosos e impíos que más bien debería censurar. Significa que “la sal ha perdido su sabor”, que “la luz quedó debajo del almud” (Mt.5:15). Y la causa de todo es que esa persona quiere vivir en paz y amistad con todo el mundo.

    En realidad, la causa es más profunda. Tiene importantes deficiencias en la vida espiritual, en el conocimiento del pecado y en la relación con el Salvador. Pero. si esta vida se renueva y Cristo vuelve a ser lo más precioso, también el celo del Espíritu será más fuerte que la amistad o el odio del mundo.

    “¡Tened sal en vosotros mismos!”, dice el Señor (Mr.9:50). Con eso se refiere al celo del verdadero amor, que sólo el Espíritu de Dios puede producir. No se refiere a la astucia natural ni a la amargura de una mente enojada. Debemos ser deliberadamente amables, dulces y gentiles en nuestras amonestaciones, y ponernos en guardia contra todos los modales rudos e inapropiados, cuando abordamos algo tan delicado como la vida espiritual de alguien. Lo mejor es que estemos inspirados por sentimientos de amor y humildad, que se manifiesten espontáneamente. Pero no dejemos que nuestro cuidado y nuestra humildad se conviertan en una cualidad estéril, que no produce nada; que por no lastimar los sentimientos de los demás y por querer mantener la paz con todos, dejemos que las almas de nuestros semejantes se vayan al infierno, sin siquiera tratar de advertirles con una sola palabra. ¡Pensemos en la eternidad! “¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!”, dice Dios (Mt.19:19). Y el apóstol repite: “¡El amor sea sin fingimiento! ¡Aborreced lo malo, seguid lo bueno!” (Ro.12:9). Y también: “¡Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal!” (Col.4:6).

    Podemos testimoniar el valor y la seriedad del cristianismo por medio de amonestaciones amables y fraternales y también por medio de nuestra conducta.

    Un cristianismo que no irrita los ojos del mundo, como la sal, y puede contar con su aprobación y alabanza como de algo aceptable, indudablemente es un cristianismo “desvanecido”, sin sal, sin poder y sin función. Nuestro Señor Jesucristo advierte: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” (Lc.6:26). Y lo mismo hace el apóstol Santiago, cuando dice: “La amistad del mundo es enemistad contra Dios”. (Stg.4:4).

    ¡Detengámonos a reflexionar en esas palabras! No podemos negar su vigencia. Son el veredicto de Dios. Si el mundo nos alaba sólo incidental y ocasionalmente, es diferente. Eso le puede ocurrir a cualquier cristiano, de acuerdo a las palabras del apóstol: “… por honra y por deshonra; por mala fama y por buena fama…” (2 Co.6:8). Pero si todo nuestro modo de vida y nuestro comportamiento en general le complace al mundo, esto es contrario a las palabras y al ejemplo de Cristo y de sus apóstoles. ¡Por favor, pensemos en esto, no sea que “corramos” (que pretendamos ser cristianos) en vano! Los años pasan rápido, y la muerte muchas veces llega cuando menos la esperamos. Y ¿no te parece que sería algo indescriptiblemente trágico, que te sorprenda yendo por el camino equivocado?

    Publicado por editorial El Sembrador