20.Vosotros también, poniendo toda diligencia… añadid a vuestra fe virtud.2 P.1:5
Si pensamos bien en todas las preciosas promesas que Dios nos dio, ¡casi nos podríamos morir de pena al compararlas con la terrible frialdad con que las recibimos! No siempre demostramos nuestra fe llevando una vida piadosa.
Dios nos dio todo lo necesario para vivir en comunión con Él, de manera que no tenemos la necesidad de ser siervos del pecado, por causa de nuestra debilidad.
Tenemos las más grandes y preciosas promesas de Dios mismo, del que no puede mentir ni defraudar; promesas dirigidas a todos los creyentes, dándonos ahora ya la seguridad de que fuimos hechos partícipes de la naturaleza divina, y de que viviremos con Él eternamente (2 P.1:4). Pensando en el poco tiempo que nos queda para vivir aquí, en la carne, ¿acaso no deberíamos procurar con todo empeño vivir sólo para Aquel que nos ha dado todo eso? ¿Tratar de agradarle solamente a Él, y contribuir a su exaltación? Esforcémonos entonces por agregar virtud a nuestra fe. ¡Ah! ¡Ten esto presente, tú que eres un agradecido hijo de Dios! Pídele a Dios que perdone tu negligencia y que te dé la gracia de comenzar de aquí en más una vida mejor.
Cuando el apóstol habla de añadir a nuestra fe virtud, con la palabra “virtud” se refiere al santo celo, al poder y la disposición a hacer el bien. El apóstol desea que nuestra fe no esté muerta; que no sea un simple ejercicio intelectual, un conocimiento sin mayores consecuencias ni una tranquilidad somnolienta. Espera que por creer las gloriosas promesas de Dios, nos comportemos -en todas nuestras relaciones- en una forma que vaya con la clase de gente privilegiada y agraciada que somos. En relación con esto, constatamos muchas veces algo tan extraño como deplorable. Hay almas que parecen haber llegado realmente a una nueva vida, pero al mismo tiempo parece que esas personas no saben que la gracia que recibieron debe ser aplicada en la vida para la mortificación del “viejo hombre”. Pasan completamente por alto éste o aquel mal hábito, como si no supiesen que todo lo pecaminoso en la carne debe ser crucificado y mortificado. Si estas personas, no obstante, poseen realmente algo de vida espiritual, el síntoma arriba mencionado siempre revela una somnolencia o indolencia espiritual, y es precisamente de esa indolencia que el apóstol quiere despertarnos, al demandar que agreguemos a nuestra fe “virtud”; o sea, celo, poder y acción. Él mismo escribe en cuanto al propósito de esta epístola: “Amados, esta es la segunda carta que os escribo, y en ambas despierto con exhortación vuestro limpio entendimiento” (2 P.3;1) ¡Ah! ¡Ojalá todos los que lean esto lo tomen a pecho y analicen si no existe alguna condición similar en ellos! Algún deber cristiano que todavía descuidan, algún pecado que todavía no han extirpado, etc. Porque en estos dos puntos debe manifestarse la verdadera piedad, es decir: En que hagamos todo el bien posible en nuestra vocación, y en que huyamos del pecado carnal y lo crucifiquemos. Así tú, que crees en Jesús y disfrutas de su perdón, pero reconoces que tienes aun una mente terca y un corazón porfiado, no lo tomes a la ligera; mortifícalo y no lo complazcas; antes sigue el ejemplo de tu Salvador, “quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P.2:23).
Tú que eres creyente y disfrutas del perdón, pero sientes todavía alguna codicia carnal dentro de ti, ¡cuídate! Escucha las palabras del apóstol: “¡Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales, que batallan contra el alma!” (1 P.2:11). Tú que eres creyente y disfrutas el perdón, pero tienes el corazón tan embargado de materialismo, tan preocupado con tu trabajo, tus terrenos o tus negocios, que hablas y piensas en eso en primer y en último lugar, ¡por favor reflexiona! Eso es una señal muy sospechosa, de que no eres debidamente sobrio y vigilante, y si no combates esa cizaña, acabará por asfixiar la buena simiente en tu alma, de manera que te volverás un cristiano falso. Harás algunos ejercicios formales, ritos y ceremonias religiosas; serás espiritual de la boca para afuera, pero en realidad ¡de corazón te habrás convertido en un materialista! Tú que eres creyente y posees todas las gloriosas bendiciones que Dios nos concedió en Cristo, ¿acaso puedes permanecer indiferente viendo a tus semejantes yendo tranquilamente a la eterna condenación, sumergidos en la muerte espiritual…? ¿Puedes ver eso sin siquiera hacer un mínimo esfuerzo por despertarlos? ¿Sabes hablar con ellos de todo, pero guardas silencio respecto a su desgracia por venir? ¡Ah, despierta, por favor! Ruega a Dios que te dé ese sincero amor que te impulse en todo tiempo a obrar el bien… a buscar la oportunidad y la forma de servir a tus semejantes, ¡para que también ellos se salven! Tú que eres creyente y tienes la gracia, pero ves a tu pobre hermano afligido, y teniendo los medios para socorrerlo sin embargo cierras tu corazón, ¿cómo puedes pretender que el amor de Dios permanezca en ti? ¡Mortifica tu carne mezquina, que desea guardar todo solamente para sí!
De todos estos ejemplos puedes entender lo que significa, cuando decimos que la fe produce “virtud”, santo poder y celo. Ahora el apóstol exhorta: “Pongan toda diligencia… ¡en añadir a su fe virtud!” ¡Ruega a Dios que su Santo Espíritu te enseñe a creer y a vivir de modo que Su amor se manifieste en toda tu vida! Dios nos perdone, por amor de Jesús, todas nuestras deficiencias y nos anime con el poder de las grandes y preciosas promesas que nos ha dado, ¡y que estas nos lleven a una verdadera santificación!