20.Porque separados de mí nada podéis hacer.Jn.15:5
En el idioma original, este texto enfatiza que nada podemos hacer sin Cristo; pues dice Absolutamente nada. No debemos olvidar que nuestro Señor nos dice: “Sin mí nada pueden hacer, absolutamente nada”.
Y nos ha dado un ejemplo que es una clara ilustración de nuestra absoluta dependencia de Él: La rama cortada y separada del tronco; el pámpano que cae sobre la tierra, y se seca. Lo imposible que esa rama dé frutos.
Jesucristo dice: “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn.15:4).
Es como si dijera: -Todas las decisiones y esfuerzos, las oraciones y luchas, son inútiles, si no están injertados en mí. A no ser que permanezcan en mí, no van a dar ningún fruto-. Por eso el apóstol dice: “No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2 Co.3:5). Si ni siquiera somos capaces de pensar acertadamente, mucho menos seremos capaces de hacer lo bueno.
El mismo apóstol dice que Dios nos tiene que dar hasta la voluntad buena y honesta: “Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil.2:13). Y Dios hace su obra en las vidas de las personas que se han rendido ante Él, reconociendo luego de muchos esfuerzos inútiles, que no son capaces de nada. Cuando oyen la voz de Jesús y se convierten a Jesús, Él los vivifica con la vida que está en Él. Pero si insisten en luchar en sus propios esfuerzos, seguirán bajo el poder del mal.
Un joven cristiano se lamentaba por su debilidad e impotencia para hacer la voluntad de Dios. Entonces, otro más experimentado le dijo: “¿Por qué te quejas? Es totalmente imposible que salgas victorioso mientras sigas luchando”. Y como eso sonó muy herético (hereje) el hombre mayor aclaró: “Quiero decir: mientras tu ego todavía tenga confianza en su propia capacidad, y se esfuerce por vencer”.
Es que tenemos que comprender primero que somos nulos. Entonces el Señor viene y nos pregunta: -¿Aún tienes que comprobar si alguna de tus capacidades es suficiente? ¿Todavía piensas que puedes hacer algo por ti mismo? Y si respondemos de todo corazón: -Señor, reconozco que estoy perdido. Entonces el Señor dice: -Bien, ahora puedo rescatarte de la perdición, y poner tus pies sobre una roca, para que estés firme.
De manera que toda la vida y el poder para producir frutos depende de permanecer en Cristo. Sólo así podemos tener en nuestros corazones la íntima certeza de que Dios es nuestro Amigo, que Él nos ha perdonado todos nuestros pecados. Por eso Cristo es tan indescriptiblemente importante y necesario para mí. Gracias a Él, Dios no me inculpa ningún pecado. Vivo tan libre de culpa como si nunca hubiese pecado, como si la ley nunca hubiese sido dada.
Soy rescatado del mundo impío y deseo vivir para mi Salvador. Lo confieso con palabras y obras. Ahora hago con placer lo que antes era muy difícil para mí. Si antes no podía orar correctamente contra el mal, ahora ruego en fe y en el nombre de Jesús. Ya no tengo la intención de vencer para justificarme a mí mismo. Antes, quería poder para vencer al mal para salvarme a mí mismo; y por eso no era oído por el Señor. Ahora tengo todo lo que necesito en la gracia de Dios, que se me ofrece en Cristo. Y hago buenas obras solamente para demostrarle gratitud y glorificarlo.
Tengo que reconocer que no he sido librado de la carne pecaminosa y corrupta. Pero sigo creyendo que el verdadero poder para producir los frutos reside en mi unión con Cristo. Él me dice: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedir todo lo que queráis y os será hecho” (Jn.15:7). Y lo que no recibes estando unido a Cristo, encomiéndalo a su sabiduría y voluntad. Si Él quiere, Él puede convertirte tan santo y puro como un ángel. Pero Él sabe mejor, qué es lo conveniente para nosotros. Puede que tú digas: “Pero el Santo Dios no puede aceptar el mal. Debe ser culpa mía que no recibo la fuerza para vencer este o aquel mal”. Sin dudas, la falta está en ti…
El problema es que nosotros vivimos confiando en nuestras propias fuerzas y no en la gracia. Por eso el Señor permitió al diablo zarandear a Pedro. Y por eso dejó que un mensajero de Satanás abofeteara al apóstol Pablo, para que él no se gloríe en sí mismo. Y le dijo: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co.12:9). En esos momentos era más saludable que Pablo conociera la debilidad, en vez de poder.
¿O quieres vivir en la vanidad, en un espíritu superficial y mundano, en lugar de permanecer firmemente unido a tu Salvador? ¿Aún quieres llevar una correcta vida cristiana por ti mismo? Entonces, esa es la falla: los frutos disminuirán inmediatamente. Y el Señor dice: “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn.15:4). Igual que si vivieras en incredulidad o bajo la esclavitud de la ley, así no podrás producir frutos.
Tal vez pienses que es en vano permanecer en Cristo. Sabes que tu fuerza de voluntad es muy débil. ¿Qué hacer? ¿A quién acudir? Jesús es el que tiene todo el poder en el cielo y en la tierra. Sólo Él puede aplastar la cabeza de la serpiente. Él vino para destruir las obras del diablo. Por eso, tan sólo procura estar más estrechamente unido a Él y obtener una fe más incondicional en Él.