20 de agosto 2026

    20.Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley.Gá.4:4

    Este es el fundamento eterno de nuestra liberación de la Ley. Dios sometió a su Hijo a la Ley “para que redimiese a los que estaban bajo la Ley”. (v.5). Observemos bien lo que dice este texto ¡Nosotros, pobres almas sentenciadas por la Ley, fuimos redimidos por Dios Hijo! ¡Alabémosle y exaltémosle eternamente!

    El santo apóstol escribió estas palabras con mucho cuidado y profunda inspiración. Por eso, requieren atenta reflexión. Primero dice: “Cuando vino el cumplimiento del tiempo”, o sea: cuando se cumplió el tiempo señalado por Dios Padre. Cuando el gobierno tutelar del Antiguo Testamento llegó a su fin, y todos los símbolos y las promesas de las profecías debían cumplirse.

    Por eso, las palabras “…cuando vino el cumplimiento del tiempo”, dirigen nuestras miradas a la larga cadena dorada de promesas dadas por Dios, que dio con ejemplos e ilustraciones en todo el Antiguo Testamento… comenzando con la primera promesa, dada el mismo día de la caída: La promesa de la Simiente de la mujer, que habría aplastar la cabeza a la serpiente. Este texto dirige nuestra mirada a las promesas y símbolos, en el elaborado culto que los levitas ofrecían a Dios. Vemos a miles de sacerdotes ofreciendo a lo largo del Antiguo Testamento millares de animales en sacrificio. Ellos anunciaban y representaban al gran Sumo Sacerdote, y al gran Sacrificio propiciatorio que Él ofrecería. Ciertamente, esto fue un testimonio muy fuerte y claro, repetido mil veces por Dios. Frente a esto tienen que esfumarse y desaparecer todas nuestras dudas y opiniones contrarias. ¿Qué somos nosotros frente a esos miles de símbolos y promesas, dados por Dios mismo, durante una época tan larga?

    ¿Y qué dicen esas promesas y sacrificios de animales, en el culto simbólico que se ofrecía a Dios? En Hebreos 10:1,4-5,7 leemos: “Porque la Ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan… porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual entrando (Cristo) en el mundo, dice (al Padre): Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo… he aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”.

    De esa forma habla el Hijo de Dios al entrar al mundo. “En el rollo del libro está escrito de Mí”. “El texto sagrado del Antiguo Testamento habla de Mí. Dice que Yo cumpliré tu voluntad, oh Dios; que no te agradaron los animales que se sacrificaron a Ti, ¡Oh Padre! ¡No! Por eso me has preparado un cuerpo. Y era a este cuerpo mío, al que todos esos animales simbolizaban. Mi cuerpo será el sacrificio que sí aceptarás, oh Dios…” ¡Ah, quiera Dios abrir nuestros sentidos, para entender un texto tan indescriptiblemente glorioso! Aquí vemos el fundamento de nuestra liberación de la Ley. Esta es la explicación de las palabras: “El fin de la Ley es Cristo”. (Ro.10:4). Y “¡He aquí, el Cordero de Dios!” (Jn.1:29).

    Dios envió a su Hijo “nacido de mujer y nacido bajo la Ley”. Desde el comienzo, particularmente desde el octavo día cuando fue circuncidado de acuerdo a la Ley, Jesús cumplió perfectamente todas las demandas de la Ley, por nosotros. La Ley demanda muy razonablemente que amemos a Dios de todo corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente; y que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Sin embargo nadie de nosotros puede cumplirlo.

    Entonces vino Cristo y lo cumplió en nuestro lugar. Amó a Dios de todo corazón y con toda su alma. Su comida fue “hacer la voluntad del que lo había enviado, y acabar su obra” (Jn.4:34). Jesús también amó al prójimo como a sí mismo, al punto que entregó su vida por sus hermanos, e incluso por sus enemigos (Ro.5:7-8,10). Y el apóstol afirma categóricamente que Jesús lo hizo por nosotros, “para que redimiese a los que estaban bajo la Ley”. ¡Pensémoslo bien!

    Para nuestro gran asombro descubriremos que no necesitamos guardar la Ley para conseguir el favor de Dios y la salvación de nuestras almas ¡No! La gran piedad de Dios para con nosotros le impuso esa obligación a otra persona: A Jesucristo, nuestro Mediador y cumplidor de la Ley. Pues “de tal manera amó Dios al mundo, que (por él) ha dado a su Hijo unigénito”.

    La caída en el pecado arruinó tanto nuestras vidas, que no quedó ni una mínima parte en nosotros sin ser envenenada y contaminada con maldad.

    Ninguna persona, en toda la humanidad, podía cumplir la Ley de Dios. Todo dentro de nosotros se opone a sus Mandamientos. Eso lo sienten profunda y amargamente los que saben de la santidad de Dios, y luchan y se empeñan en cumplir la Ley. Por amor de su eterna verdad y justicia, Dios no podía quitar ni una sola jota o tilde de la Ley. Por eso, toda la humanidad yacía bajo una terrible maldición, de la que somos conscientes diariamente.

    Entonces Dios fue movido por su inmensa piedad y amor a los seres humanos, y tomó la misericordiosa decisión de enviar a su propio Hijo, a cumplir la Ley por nosotros. Tales pensamientos están comprendidos en este precioso texto: “Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, a fin de que redimiese (liberase) a los que estaban bajo la Ley”. Esta es la razón por la que Dios no nos mira ni nos juzga más de acuerdo a la Ley, por lo que: “ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro.8:1). En Cristo, unidos a Él por la fe, somos tan agradables a Dios, como si no hubiésemos pecado ni una sola vez.

    Publicado por editorial El Sembrador