20.¡No hablarás falso testimonio contra tu prójimo!Éx.20:16
Este es un Mandamiento que la mayoría no toma en serio. Es difícil hacerle comprender a la gente su importancia.
Los Mandamientos quinto, sexto y séptimo tienen la ventaja que también las autoridades civiles censuran las transgresiones contra los mismos, y que casi todo el mundo las denuncia. Pero los perjuicios que se causan con ese pequeño miembro que es la lengua… ¿qué daño pueden hacer? Generalmente se trata apenas de unas pocas palabras confidenciales a un amigo.
El que rompe una cerradura y despoja al prójimo de su dinero, va a parar a la cárcel; y el que derrama sangre, es condenado a prisión; a tales personas se las puede acusar realmente de ser criminales. Pero quien solamente habla… quien en una conversación íntima calumnia a su prójimo, despojándolo de algo que vale más que el dinero; sí, de lo que muchas veces es más valioso que la propia vida… es decir, la buena fama y el honor, esa persona no es considerada como un criminal; ni se la castiga con prisión.
Se dice que: “Fueron apenas unas pocas palabras”. Eso dice la gente. Pero la Sagrada Escritura lo califica de otra manera. Para Dios el ladrón y el calumniador están en la misma categoría. Dijo el sabio: “Que nadie te llame chismoso, y no tiendas lazos con tu lengua; porque sobre el ladrón vendrá la confusión, y la condenación sobre la doble lengua”. Y: “El ladrón y el mentiroso, ambos heredarán perdición” (Eclesiástico 20:25).
Analicemos ahora el octavo Mandamiento y veamos cuál fue la voluntad e intención del Señor cuando ordenó: “No hablarás falso testimonio contra tu prójimo”. Advertimos aquí nuevamente la bondad divina para con el hombre.
Cuando Dios, nuestro piadoso Padre celestial, puso el fundamento general para la convivencia de los hombres en la tierra, quiso preservar y defender especialmente cuatro preciosos tesoros. En primer lugar, nuestra vida física; en segundo lugar, el matrimonio y la familia; en tercer lugar, nuestras posesiones terrenales; y finalmente, nuestro buen nombre y honor.
Normalmente estimamos mucho nuestra fama, reputación y honor. Pero no solemos tener en cuenta que también los demás valoran su reputación y quieren respeto. Por eso, este Mandamiento se dirige tan seriamente a ti, como a cualquier otra persona. Aquí, como en los demás Mandamientos, estamos todos incluidos. Nadie queda exento de las demandas de ningún Mandamiento.
No interesa quién eres; debes someterte a este Mandamiento: “No hablarás falso testimonio contra tu prójimo”. Nuestro Creador quiere que no destruyamos ni quitemos las posesiones materiales de nuestro prójimo; y también quiere que no destruyamos ni lo despojemos de su honor y buena reputación, para que pueda conservar el respeto de su pareja, hijos, empleados, vecinos, etc. ¡Acordémonos siempre de esto!
¿Qué ordena este Mandamiento? Primero ordena que peses con suma seriedad cada palabra y concepto que emitas acerca de tu prójimo, no sólo ante un tribunal, sino también en todas tus conversaciones. De modo que no des motivo innecesario para pensar mal de él. Más aún: también has de dejar de lado toda actitud falsa y engañosa, y poner el mayor esfuerzo en decir la pura verdad.
Este Mandamiento se viola, ante todo, en los juzgados, cuando alguien acusa a su prójimo falsamente; o cuando el acusado trata de ocultar la verdad con mentiras; o cuando un testigo declara mal, o dice demasiado o muy poco; o cuando un abogado defiende deliberadamente una declaración falsa; o cuando un juez pronuncia intencionalmente un fallo equivocado.
Pero este Mandamiento se transgrede también fuera de los juzgados, en la vida diaria, cuando alguien desacredita a su prójimo falsamente. Puede hacerlo sin darse cuenta, o a propósito, por maldad, inventando calumnias o repitiendo rumores difamatorios. O con su silencio, con expresiones dudosas, o un simple encogimiento de hombros, insinuando algo malo del prójimo.
A veces se difama casi imperceptiblemente, declarando solamente una parte de las palabras o acciones de alguien, induciendo a una falsa interpretación. Esto puede ocurrir en forma tan secreta, que sólo el omnisciente Dios puede detectarlo.
Además, cuando tenemos presente la forma en que nuestro Señor Jesucristo nos explicó los Mandamientos, es decir, que Dios nos ordena amar al prójimo como a nosotros mismos, y que le hagamos todo lo que quisiéramos que él nos hiciese a nosotros, entonces comprendemos lo acertado de la explicación que dio Lutero acerca de este Mandamiento, cuando dijo que “debemos temer y amar a Dios y no mentir, traicionar ni calumniar a nuestro prójimo. Más, debemos disculparlo, hablar bien de él, e interpretar todo en el mejor sentido”.