2.Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.Mt.6:12b Para muchas almas piadosas este agregado a la quinta petición es algo tan terrible, que los desalienta. Pero se debe a un malentendido; aunque es cierto que debe resultarle terrible a los falsos cristianos, a los que pueden vivir sin reconciliarse y con rencores. Para esas personas este agregado los condena a la perdición eterna. Pero si lo entendemos bien, este agregado contribuye a la seguridad de la fe. Reflexionemos, entonces, en la frase: “Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
Muchos se preguntan si el Señor Jesús realmente quiso decir con esa frase que Él nos perdonará sólo en la medida en que nosotros perdonamos a nuestros ofensores. Y luego concluyen: “Él es Dios, y no un hombre que sólo juzga lo que se ve con los ojos. Y si Dios no perdona más de lo que perdonamos nosotros, ¿cómo podríamos tener la seguridad del perdón?” Para despejar las dudas, veamos cómo lo explicó el propio Señor, al enseñar el Padrenuestro.
Para explicar este párrafo Jesús dijo: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (v. 14-15).
Y en Mateo.18:23-35 el Señor cuenta una parábola para inculcar precisamente esta verdad. Es la parábola del siervo que le debía diez mil talentos al rey y obtuvo la remisión de toda esa gran deuda, pero luego reclamó los cien denarios que le debía un consiervo suyo a él. Ante tal falta de piedad, el rey volvió a exigirle que pague su propia deuda, que era muy grande. Ahora debía pagarla entera e indefectiblemente.
Y Jesús nos explica: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”. Ahí vemos cuál es el verdadero significado del agregado a la quinta Petición.
De esta parábola también aprendemos entonces que la quinta Petición del Padrenuestro no se refiere en absoluto al mundo incrédulo, a las “personas buenas”, que todavía no le rindieron cuentas al rey de su propia conducta. O sea, las personas que no se han reconciliado aún con Dios por medio del arrepentimiento y de la fe, sino que siguen viviendo en su condición natural. No importa lo feliz que se sientan por no tener enemigos en el mundo, y por perdonar a las personas malas las ofensas en su contra. Nada de eso cuenta. A pesar de todo ello serán arrojados a las tinieblas del abismo, si no arreglan primero sus propias cuentas con el Rey (Mt.18:23). Esto es lo primero en lo que hemos de reflexionar aquí.
Todos podemos arrepentirnos y reconciliarnos con Dios, gracias a la gran piedad de nuestro Padre celestial, que nos llama por medio del Evangelio. Pero si luego, en la vida diaria, en el mundo, nos envolvemos en graves problemas con otras personas, dejando a un lado la gracia y la paz con Dios, viviendo llenos de rencor y odio, sin perdonar de corazón las grandes maldades o injusticia sufridas, en ese caso perdemos el perdón que habíamos recibido de Dios. De ser así, sufriríamos una grandísima pérdida por no querer perdonar a los demás, ya que debido a nuestra incredulidad merecemos únicamente la condenación de Dios.
Pero, ¿es posible que Dios juzgue así a las personas débiles, sólo porque no pueden perdonar a gente muy malvada? Sí, no sólo es posible, sino que es exactamente lo que el Señor Jesucristo nos advierte con explícitas palabras en la parábola de los dos deudores (Mt.18:23-35).
Por eso precisamente puso estas palabras en nuestra oración cotidiana.
Nos quiere recordar esta importante verdad.
Es así como son las cosas. Es cierto que Dios castigará también al malvado que nos hizo daño y provocó nuestro odio. Y también es cierto que la sangre de Cristo quitó pecados tan grandes como mi odio. Pero si conservo mi odio, demuestro que soy un impenitente, que no estoy en la gracia del nuevo nacimiento, “porque todo lo que es nacido de Dios, vence al mundo” (1 Jn.5:4). Vence inclusive la mayor maldad del mundo, como nos lo demuestran los santos mártires, quienes se dejaron quemar vivos, con gozo y paz en el corazón. “Y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn.5:4b).
Ante Dios, mis pecados eran una deuda muy grande, que yo jamás hubiera podido pagar. Pero, por pura gracia, Dios borró toda mi deuda. En comparación con la deuda que me fue perdonada por Dios, toda la maldad que me pudo haber hecho otra gente me parece poca cosa. La paz de Dios es para mí un tesoro tan grande y precioso, que por él sacrifico mi orgullo y todo lo demás. Pero, si dejo que el mal me domine, si conservo rencor y odio, pierdo la fe y caigo de la gracia.
Es cuestión de saber reconocer siempre lo grande y grave que es el pecado propio, y lo inmensa y preciosa que es la gracia de Dios. Si mi propia culpa me parece suficientemente grande, la maldad que otra gente comete contra mí me parecerá pequeña. Y si creo que la gracia de Dios es lo más importante para mí, renunciaré contento a cualquier otro beneficio.
Este es el motivo por el cual aún el cristiano más débil y miserable, deprimido bajo su propio pecado y miseria, puede resistir muy fácilmente la prueba de perdonar a otros. En efecto, cuanto más débiles y miserables se ven a sus propios ojos, tanto más fácil les resulta perdonar a otros. Este es el secreto del agregado a la quinta Petición. Es tan sublime, tan hermoso, que sin duda revela la majestad de su Autor.