2 de noviembre 2026

    2.Bienaventurado el varón que soporta la tentación.Stg.1:12

    Muchos piadosos hijos de Dios, suelen desanimarse porque se sienten fuertemente tentados a pecar. Dicen: “Sé que si caigo en pecado y me arrepiento, Dios me perdonará, por amor de su Hijo Jesucristo. Pero me pasa algo peor: Siento atracción y amor por el pecado. Y eso es terrible”. A quien piensa así, le pregunto: -¿Amas tu amor por el pecado? ¿Estás feliz y contento por sentir esas pasiones impuras?- Si tu respuesta es: “¡No, en absoluto! ¿Cómo podría amar mis pasiones impuras? Al contrario, ¡Yo las detesto!” Fíjate bien: Ese “yo” que detesta tu “amor por el pecado”, es tu verdadero yo. Es “el nuevo hombre”. Lo que llamas “amor por el pecado”, la Biblia lo llama “la carne con sus pasiones y deseos”. Lo que sientes es el amor que tu carne tiene hacia el pecado. ¿Cómo sentiríamos una tentación, si no sintiésemos las pasiones y deseos de la carne?

    Lo que tienes que cuidar es no consentir con la tentación, no aprobarla, no aceptarla como estilo de vida, ni practicarla voluntariamente. No, resiste al diablo y a los malos deseos de tu carne, orando y fortaleciendo tu fe. Sea como sea, no dejes de acudir al trono de la gracia, ni de confiar en la misericordia de Cristo. Siempre tienes perdón y vida eterna en Cristo, más allá de lo mal que te pueda ir en tu lucha contra las tentaciones, incluso si llegaras a verte a ti mismo dominado por la tentación, y –como dijera Lutero- “el diablo tuviera su pie sobre tu pescuezo”… O sea, si momentáneamente pareciera que el pecado se impone y domina tu vida, y que la gracia y el poder de Dios desaparecieron completamente.

    Estar quieto y callar ante Dios en medio de la negra oscuridad, es la sabiduría de los que alcanzaron madurez espiritual. Es un maravilloso don de la gracia de Dios. Porque lo que Dios hace con sus amados hijos en tan angustiosa situación, es un proceso profundo, oculto a simple vista. Los que se guían por las apariencias y confían en los sentimientos, necesariamente deben desesperar primero, para poder recibir la verdadera fe. Precisamente, uno de los objetivos de la tentación extrema, es que abandonemos todo otro consuelo, o fuente de ayuda, aparte de Dios. La situación debe tornarse tan difícil, que abandonemos toda esperanza en nosotros mismos, y recurramos únicamente al Ser Supremo. Tenemos que llegar a depositar toda nuestra esperanza, únicamente en el poder y en la misericordia de Dios.

    A esa clase de tentaciones se refieren las palabras de Santiago: “Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (1:2-3). Y: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida” (1:12). Está hablando de tentaciones al pecado, porque dice: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”(1:13).

    Pero prestemos atención a las palabras: “Bienaventurado el que soporta la tentación”. O sea, el que no se rinde, el que no practica el pecado, ni cae en desesperación debido a sus faltas, sino que recurre una y otra vez al trono de la gracia, en busca de misericordia y ayuda, orando sin cesar: “No me dejes caer en la tentación”.

    El apóstol Pedro también nos enseña a reaccionar así, cuando somos tentados por el diablo. Dice: “Resistidle firmes en la fe” (1 P.5:9). ¡Observa! Dice: “Firmes en la fe”. Cuando alguien ya no cree en la gracia de Dios y en la misericordiosa ayuda divina, entonces también deja de orar y de esperar en el Señor. Se rinde ante el enemigo. Pero, si por el contrario, alguien quiere esperar la ayuda del Señor, debe prepararse para una larga y paciente espera. Por lo menos a nosotros nos suele parecer que es mucho tiempo. Incluso, a menudo pensamos que es en vano seguir esperando ayuda de parte de Dios. Nos dan ganas de decir: “¡Basta ya! Es inútil seguir tratando de resistir. Lamentablemente tengo que reconocer que el diablo me ha vencido…” Y si uno acepta eso, entonces, como he dicho arriba, inmediatamente deja de orar.

    Frecuentemente la pereza de nuestra carne, hace que desistamos de la oración, si no obtenemos ayuda enseguida; o que “tropecemos” y nos alejemos de Cristo, si Él no nos ayuda de la manera que nosotros quisiéramos.

    Dios se convertiría en un mentiroso, si nos defraudase con respecto a sus promesas de oír nuestras oraciones. En su santa Palabra Él nos asegura: “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Sal.50:15). Su honra y su veracidad desaparecerían, si Él no actuase de acuerdo a estas promesas. Por eso, grábatelas en lo profundo de la mente, y recuérdalas en la tentación.

    Es prácticamente imposible que quien ha aprendido a desesperar de sí mismo, y a confiar solamente en Dios, sea confundido en las tentaciones, por más terrible que parezcan. Porque el Señor en persona, con su fidelidad, misericordia y poder, es el fundamento de nuestra esperanza.

    Publicado por editorial El Sembrador