2.Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia.Ro.5:3
Debemos prestar atención a la palabra “sabiendo”, pues precisamente de este “saber” depende que una persona sea capaz de gloriarse en la tribulación.
Nadie es de por sí “gozoso en la tribulación” (2 Co.7:4), si no sabe algo más de lo que se ve y se siente en ella. La tribulación misma no es algo alentador. Y los cristianos no son de piedra, como para no sentir las penosas impresiones del dolor. Particularmente los salmos de David dan testimonio de la sensibilidad de los santos en materia de sufrimientos. Si solamente tengo en cuenta lo que se ve y se siente durante el sufrimiento, ciertamente no puedo gloriarme en la tribulación. Siempre tendría razones para estar deprimido y desesperado.
Por eso es necesario que “sepamos” algo más. Que sepamos, por lo menos en parte, lo que la tribulación significa, y también algo con respecto a lo que ella produce en nosotros. Algunos cristianos quedan muy desanimados y desconsolados frente a un accidente o una adversidad temporal. Así sucede normalmente con los que no saben más acerca de la tribulación, que lo que ven y sienten. No debe ser así con nosotros. Los cristianos debemos ver más allá de lo que perciben nuestros ojos naturales. Nosotros sabemos algunas cosas exclusivamente porque nuestro Padre celestial nos las reveló. Si no vemos nada consolador en el sufrimiento, significa que no creemos en lo que nuestro Padre celestial dice acerca del mismo. Reflexionemos un poco en lo que nuestro Señor Jesucristo nos enseña al respecto. En primer lugar dice que nada nos sucede -ni siquiera la caída de un cabello de nuestra cabeza- sin la expresa voluntad de nuestro Padre en el cielo. De modo que cada sufrimiento o adversidad, grande o pequeña, nos ha sido asignada por nuestro piadoso y sabio Padre celestial. ¿Puede haber algo más consolador? ¿Y qué más dice acerca del propósito de todas esas amargas pruebas que nos envía? El apóstol nos dice en nuestro texto, qué produce la tribulación. Pero veamos primero los propósitos de Dios cuando nos disciplina.
Dice en Pr.3:12: “Jehová al que ama castiga”. ¡Recordemos bien esa palabra! Lo mismo dice el apóstol: “Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos” (He.12:7). En efecto, el apóstol le da tanta importancia a esta señal de adopción, que agrega palabras dignas de reflexión: “Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos” (v.8). Qué fuente inagotable de aliento en todas las tribulaciones, podemos tener al recordar estas dos grandes verdades: Primero, que todo lo que nos sucede, bueno o malo, grande o pequeño, nos fue enviado por nuestro Padre celestial; y segundo, que cualquier pérdida o disciplina que nos asusta y preocupa a los que vivimos por la fe en nuestro Señor Jesucristo, es un testimonio del cuidado paternal de Dios sobre nosotros. Es una señal de nuestra adopción y de nuestra preparación para el cielo. Las plagas de los que todavía no están convertidos se deben únicamente a su depravación. Y para ellos hay algo todavía peor esperándolos, si no se arrepienten. Pero si buscaron la gracia y la salvación por medio de la fe en Cristo, pueden consolarse sabiendo que en todos sus sufrimientos cuentan con la benignidad de Dios. ¿Acaso no es una rica fuente de consuelo saber esas cosas?
Aparte de eso, otro gran motivo de consuelo es considerar los efectos saludables del sufrimiento. El apóstol dice que “la tribulación produce paciencia”. La palabra “paciencia” no se debe interpretar sólo como dócil resignación al sufrimiento. En el original, esa palabra significa ante todo “firmeza, perseverancia en todo lo bueno, madurez y constancia en el cristianismo, y fidelidad hasta el fin”. Tales son las virtudes que el sufrimiento produce en los cristianos. Por otro lado, el sufrimiento hace que los infieles abandonen sus principios, que protesten contra Dios y lo maldigan. Y entre los que han recibido la Palabra con alegría, pero sólo superficialmente -los que tienen pocas raíces la tribulación hace que dejen la fe. Pero los que realmente echaron raíces en el Evangelio de Cristo, con la tribulación se vuelven tanto más firmes, profundos y serios en la piedad.
Lo que el apóstol señala aquí se puede ver muchas veces en una congregación cristiana. Por ejemplo, a veces un cristiano joven y poco experimentado, a pesar de tener verdadera vida espiritual, todavía es bastante vacilante e inseguro. La sensualidad y el amor al mundo lo llevan lejos del camino recto. Los hermanos en la fe se preocupan y se preguntan: ¿En qué terminará esto? Pero de pronto Dios acude en ayuda y le impone una pesada carga a esa alma despreocupada y vacilante. Puede ser una prolongada aflicción, una amarga pérdida para toda su vida, un continuo problema de salud, pobreza material o una humillante y persistente tentación. Y de ahí en más, esa alma anteriormente sin firmeza y convicción, se vuelve mucho más piadosa y firme; estudia más profundamente las enseñanzas de la Biblia, lucha con mayor fervor en la oración, desconfía cada vez más de sus propias ideas, etc., etc. La tribulación produce perseverancia; y especialmente, paciencia.
Otro cristiano, al que todo le salía bien, se vuelve impaciente y lleno de pretensiones. Ante la menor adversidad se quejaba y protestaba contra Dios y los hombres. Pero a través de un largo período de sufrimientos se volvió tan paciente y adoptó una actitud tal de contentamiento, que terminó pensando que Dios y la gente eran demasiado buenos con él. Para seguir siempre el camino que Dios nos traza, hace falta paciencia en un sentido superior. Si deseamos perseverar en todas las pruebas de la lucha espiritual, necesitamos una paciencia muy especial, como lo declara el Señor Jesucristo: “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (Lc.21:19). Y para nuestro consuelo podemos recordar que las tribulaciones producen esa clase de paciencia.