2.Ahora, aparte de la Ley, se ha manifestado… la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en Él.Ro.3:21-22
Estas palabras responden a una importante pregunta. Cuando las almas sedientas de gracia oyeron mucho acerca de la justicia salvadora de Dios, generalmente tienen una pregunta más apremiando sus corazones, esta pregunta es: ¿Cómo, cuándo, y por qué medio puedo llegar a participar de esta justicia de Dios? Todo el mundo fue redimido y sin embargo no todos los hombres reciben esta bendición. ¿Cómo puedo saber que tengo parte en la justicia de Dios?
Aquí tenemos la respuesta y es exactamente la misma respuesta que da toda la Escritura: “La justicia de Dios es por medio de la fe en Jesucristo”. Es la seguridad en lo que Jesucristo hizo por nosotros, eso es la “fe en Jesucristo”. La justicia de Dios es para todos –dice el apóstol- y es recibida por todos los que creen. Esta es la respuesta de Dios. Tú puedes pensar o sentir lo que quieras en tu interior; la Palabra de Dios afirma “a los que creen en Jesucristo”- “por medio de la fe en Jesucristo”…
Y enseguida cobra importancia otra pregunta, es decir: ¿Qué es la fe? ¿Qué se entiende por “fe en Jesucristo”? Nunca obtendrás una respuesta más segura a esa pregunta, nunca una descripción más acertada de la fe salvadora, que cuando prestes atención a los pasajes de la Biblia en que el propio Señor Jesucristo reconoce la fe de alguien como la fe salvadora. En esos pasajes en que Jesús dice: “Tu fe te ha salvado” (Lc.7:50) o algo parecido, puedes ver qué es la fe salvadora. Observa a las personas que recibieron este testimonio de Jesús. En todos los casos hallarás lo mismo. La persona absuelta era un pecador, que con todo el esfuerzo que había hecho por cumplir la Ley, no había logrado justificarse ni encontrar paz. Por el contrario: Había llegado a sentirse cada vez más infeliz y frustrado. Pero después, al oír el Evangelio de Cristo, se dirigió a Él y suplicó por una gracia inmerecida.
La gente conocía el testimonio de la Ley y de los profetas acerca de Cristo. Después vino Juan Bautista y lo señaló como el Cordero de Dios.
Cristo y sus apóstoles predicaron el Evangelio. Sin embargo quienes confiaban en sí mismos y en su propia justicia, no lo aceptaron. Sólo los pecadores cautivos y frustrados se sintieron atraídos por Cristo. Entonces ocurrió lo que dice San Juan (Jn.1:12): “A todos los que le recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Por la fe, estas personas llegaron a ser hombres nuevos, con sus corazones, mentes y fuerzas completamente convertidos. Habían “renacido” (1 Jn.3:9), de manera que por el resto de sus vidas se adhirieron a Cristo y fueron seguidores suyos.
Eso es lo que aprendemos en toda la Escritura. Y de ahí sabemos qué es la fe salvadora. No es solo conocimiento intelectual de Dios, de Cristo y del Evangelio. Tampoco que des por cierto lo que dice la Biblia y hables de ello. Sino que, luego de reconocer tu pecado y afligido porque todos tus propios esfuerzos por justificarte, fueron en vano, ahora te sientas cautivado por el Evangelio de Cristo, y por la justicia que Dios te ofrece. Ahora ya no puedes prescindir de ese Evangelio, antes, sientes contínuamente hambre y sed de esa gracia en tu alma.
Cuando realmente puedes creer y asimilar ese Evangelio, te invade una profunda paz, gozo y amor en tu corazón, y nace el deseo de obedecer a la Ley de Dios; un íntimo espíritu de adopción ahora clama ¡Abba: querido Padre mío! Y cuando no puedes creer que poseas la gracia de Dios, nuevamente te sientes abatido, hambriento y sediento de la misma. Si ese es tu estado interior, eres muy diferente a todos los incrédulos. Porque así es la fe salvadora. Y aunque ahora te deleitas en la Ley de Dios y te aflige cualquier pecado, y gustosamente quisieras ser totalmente santo, tu conducta todavía puede estar lejos de ese ideal! A veces tu espíritu todavía suspira de agonía y estás a punto de desesperar; y otras veces te sientes espiritualmente frío y muerto.
A pesar de todos estos cambios de ánimo, aún sigues siendo justo por el mérito de Cristo, con la justicia que Dios te provee sólo mediante la fe en su Hijo Jesús. Por eso a la justificación de Dios se la llama aquí: “La de la fe en Jesucristo”, y en Ro.4:11: “La justicia de la fe”. Esta justicia nunca se llama la justicia de cualquier otra virtud o gracia, como por ejemplo: “La justicia de la santificación”, o “la justicia de la humildad, o la justicia de la caridad”. ¡No! sólo: “La justicia de la fe”.
Queda claro que la justicia salvadora no consiste en ninguno de los frutos del Espíritu, sino en la justicia del propio Hijo de Dios. Se trata de una justicia que recibimos únicamente por la fe. No consiste de la propia fe, pero siendo que la recibimos por medio de la fe, se llama “la justicia de la fe”.