2.Mis delicias son con los hijos de los hombres.Pr.8:31
El principal error introducido en la humanidad por la serpiente, cuando se produjo la caída en el pecado, hace que en vez de confiar en Dios como nuestro Amigo y Salvador, le tengamos miedo, como si Él fuera un implacable juez; como si fuera un cruel señor, que sólo demanda nuestro servicio. Pero el Señor es diferente. Su único deseo es hacernos bien. Por eso desea vivir entre los hijos de los hombres aquí en la tierra. Aquí tiene un inmenso hospital, lleno de gente desdichada, suspirando en su desgracia. Y su deleite es estar aquí, como dice nuestro texto.
Cierta vez Jesús sintió hambre y envió a sus discípulos al pueblo a comprar alimentos. En eso, llegó una mujer de la ciudad, una samaritana cargada de pecados. Jesús entabló una conversación con ella, y despertó su conciencia.
Ella entendió quién era el que le decía: “¡Dame de beber!” (Jn.4:10). Con la conciencia alertada, pero con el alma llena de esperanza, la mujer corrió al pueblo, a llamar a los hombres de Samaria, para que fueran a la presencia de Jesús. Luego llegaron los discípulos con la comida, diciendo: “¡Maestro, come!”
Pero Él ya no necesitaba comer. Su hambre había sido satisfecha. Había encontrado a pobres pecadores para salvar, y por eso dijo a sus discípulos: “Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis” (v.32). ¡He ahí el corazón del Salvador! ¡Observa ahí cómo tiene su delicia con los hijos de los hombres! Esa es su comida, su descanso y placer: Hacerles el bien. Por eso le encanta vivir entre los hijos de los hombres. Y esta delicia no es algo raro o pasajero en Él, sino un afecto eterno y esencial, con respecto a la humanidad.
Desde el principio del mundo, un siglo proclamó Su amor al siglo siguiente, y un milenio al otro.
El fundamento es profundo. Dios creó al hombre a su imagen. Lo creó para que fuese su hijo, la criatura de su compañía y de su deleite. Cuando creó al hombre, al señor de esta tierra, no lo hizo como a las demás criaturas, con la omnipotente orden: “¡Haya!” Por amor al hombre, como su auténtico Creador, formó su cuerpo del polvo de la tierra con toda diligencia y cuidado. Luego sopló en él el aliento de vida, de su propio santo ser “y fue el hombre un ser viviente” (Gn.2:7). Ni bien fueron creados los primeros seres humanos en el Edén, el amado Salvador ya estuvo con ellos, entre los árboles del jardín. Y después de la caída, por causa de nuestro pecado y desgracia, su deseo de vivir entre nosotros se tornó realmente fuerte y vehemente. ¿Eres capaz de creer que efectivamente es así? Recién entonces su eterna y divina compasión hacia nosotros comenzó a manifestarse en todo su vigor. La obra maestra de su creación había caído en las manos de su enemigo. Dios es amor y su corazón no podía soportar eso.
Si pudiésemos viajar en el tiempo hasta los días del Antiguo Testamento, veríamos cómo el misericordioso Salvador habitaba con sus pobres pecadores, en una tienda durante el éxodo por el desierto. Lo veríamos ir al encuentro de la desdichada Agar, la sierva egipcia de la casa de Abraham, para hablarle bondadosamente (Gn.21:17). Lo veríamos ir a los llanos de Mamre (Gn.13:18; 15:1); de allí a Betel (Gn.28:19), y de allí a Peniel (Gn.32:30) y Horeb (Éx.3:1-2), donde se le apareció a Moisés en medio de una zarza ardiendo. Luego en la maravillosa nube y en la columna de fuego, en la que mostraba su presencia y guiaba a su pueblo (Ex.13:21; Nm.14:14). Imaginémoslo cubriendo y guiando a Israel con una nube durante el día, y con una luminosa columna de fuego durante la noche, por un período de 40 años, a fin de dirigir a un pueblo rebelde por el desierto, ¡como una luz en la oscuridad, y para protegerlo contra el calor del sol, como con un escudo! ¡Ciertamente, quien hizo eso debe deleitarse muchísimo con los seres humanos! Más adelante lo veríamos en Ofra, donde Gedeón encuentra al bendito Salvador sentado debajo de una encina (Jue.6:11); y luego en el templo de Jerusalén (1 R.8:10; 2 Cr.5:7-14).
Pero ahora tenemos a Dios más cerca, porque asumió carne humana. ¿Pues, qué vemos en el pesebre de Belén en navidad? ¡Un niño! Sí, un Niño que es Dios hecho hombre; Dios en el pesebre; Dios en pañales; Dios en el pecho de una madre humana. Aquí se asombra la mente, flaquean las rodillas y se estremece el corazón. El milagro es demasiado grande para que lo comprendamos…
Para Aquél que dijo: “Mis delicias están con los hijos de los hombres” no fue suficiente haber estado con nosotros así como estuvo con el pueblo de Israel. Eso no fue compartir verdaderamente con los hijos de los hombres. Para Él, aquella fue una relación demasiado distante; una comunión muy abstracta.
Por un lado el Dios santo y todopoderoso; por el otro los pobres mortales…
Existía un abismo demasiado profundo. Así que Él mismo se hizo un ser humano, un miembro de nuestra especie, un hermano nuestro. Contamos esto como si no fuera nada. No obstante los serafines estuvieron contemplando desde las alturas por dos mil años este abismo de amor, sin poder divisar su fondo, ¡y no cesan de maravillarse ni pueden dejar de cantarle sus aleluyas, desde su más profunda admiración! “El Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (Jn.1:1-14). O sea, asumió nuestra naturaleza humana, sin por ello dejar de ser Dios. ¡Ah, qué maravilla de la gracia!
¿Y qué le movió a hacer esto? Ningún otro motivo que su deleite en los seres humanos: “Mis delicias están con los hijos de los hombres”, dice Él. ¿Y de dónde proviene esa delicia? De su propio “corazón”. Y con esto llegamos al final. Más allá no podemos ver ni saber nada. ¡Tanto amó Dios a la humanidad!
Amó porque amó. Más no podemos decir ni explicar.