2.Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.Sal.14:3
Tenemos aquí una lección sumamente importante acerca del pecado. El Señor nos da a entender que todos somos pecadores igualmente condenables.
En este sentido, somos todos iguales; tenemos que reconocerlo. Por naturaleza todos nos creemos mejores que los demás y vemos a todo el mundo sumido en corrupción. En primer lugar, los que están espiritualmente dormidos jamás quieren aceptar que ante Dios son tan pecadores como las prostitutas y los criminales. Y en esa fantasía fundamentan su seguridad. Con esa presunción resisten al mensaje de Dios para su salvación, y a la amonestación para su arrepentimiento y conversión.
Pero los creyentes, que ya despertaron de ese sueño espiritual, también comparten algo de esa ilusión. Cuando nos asustamos en vista de nuestra pecaminosidad, y buscamos y hallamos salvación en Cristo Jesús, con frecuencia ocurre que nos olvidamos que todavía arrastramos la depravada naturaleza de Adán. Nos comportamos como si fuésemos de una raza superior a la de los viles pecadores, publicanos y rameras. Esto se manifiesta en la sorpresa que sentimos cuando descubrimos algún escandaloso pecado en nuestras vidas.
Cuando de las profundidades de nuestros corruptos corazones aún surgen perversiones terribles como “malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios y blasfemias” (Mt.15:19); “…inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes” (Gá.5:19-21). Pecados que surgen del corazón humano, como dice Jesús; de la naturaleza carnal, que el convertido todavía carga consigo. Al darnos cuenta de ello, solemos quedarnos asombrados y aterrados, al borde de la desesperación.
Hay ocasiones en las que incluso podemos llegar a vernos como “blasfemos” contra Dios; a veces, aun en la oración, como lo experimentan algunos fieles en tiempos de dificultad. Podemos sentir una terrible indiferencia hacia las cosas de Dios, mientras amamos demasiado las cosas visibles o sentimos una poderosa atracción hacia algún pecado.
A veces no nos arrepentimos suficientemente por una maldad cometida, sino que seguimos porfiados y despreocupados. O en vez de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, le tenemos envidia y hasta odio. Esto sin mencionar el peor pecado: El desprecio de los sufrimientos de Cristo; Oímos como fue maltratado, coronado con espinas, y colgado en una cruz para nuestra salvación y felicidad eterna, y sin embargo le amamos tan poco, y otras cosas nos importan más que su muerte propiciatoria, siendo que son pequeñas e insignificantes en comparación a su sacrificio. Cuando descubrimos esos defectos en nosotros, nos horrorizamos y queremos desmayar. ¿Y por qué? Sólo porque no recordamos que a pesar de haber sido reconciliados con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, todavía llevamos al “viejo hombre” en nosotros; y que ese viejo hombre es tan carnal y depravado, como el del más impío incrédulo. No creímos que por naturaleza éramos tan depravados.
Vimos a otros hijos de Adán, semejantes a nosotros, hundidos en los vicios, rechazando arrogantemente la Palabra de Dios, y burlándose de Cristo. Y eso no nos sorprendió mucho. Pero en cuanto a nosotros mismos, nos conducimos como si fuésemos de otra raza. Y es cierto que los que hemos sido regenerados por Dios poseemos una naturaleza nueva, gobernada por el Espíritu Santo. Pero nuestra parte carnal todavía sigue adherida a nuestro ser, durante toda nuestra vida terrenal, y es tan venenosa y malvada como siempre fue.
Jesús, así como toda la Escritura, nos enseña aquí que el pecado está en la naturaleza de todos nosotros. Es la herencia de Adán, que -nos guste o no nos guste- tenemos todos en común. “No hay diferencia, por cuanto todos pecaron” (Ro.3:23). “Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron. A una se han corrompido. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Sal.14:2-3). Ya en los albores de la historia “vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha sobre la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn.6:5). Así es todo hombre por naturaleza, o sea, por lo que heredó de Adán. Si tomásemos esto debidamente en cuenta no nos asombraríamos tanto, ni nos desesperaríamos cuando percibimos esa maldad dentro de nosotros.
Pero, alabado sea el misericordioso Dios, que precisamente por nuestra condición de perdidos, nos dio a su Hijo por Salvador.
Para perseverar en la gracia de la fe, es muy importante que imprimamos esto profundamente en nuestras conciencias, y tengamos bien presente en nuestras mentes que, debido a Adán, somos todos criaturas depravadas y perdidas. En nuestra naturaleza no hay nada sino pecado, perversidad e impotencia; y Dios, nuestro Señor, nunca tuvo otro concepto de nosotros. Por esa causa, entonces, en el más humillante reconocimiento de nuestra pecaminosidad, debemos acudir al trono de la gracia y orar: “¡Oh Dios, conmigo está todo perdido! ¡Pero no me mires a mí, sino a tu Hijo que se puso en mi lugar!” Y ten siempre presente que Dios Padre está plenamente satisfecho únicamente con su Hijo, y que sólo en Él descansa toda nuestra justicia. Por eso el afecto que Dios nos tiene jamás puede ser alterado por la depravación que existe dentro de nosotros, en tanto que permanezcamos unidos a su amado Hijo, cuya justicia nos cubre y es mucho mayor que toda nuestra culpa. Con esa Justicia agradamos a Dios mucho más que Adán antes de su caída.